LOCALISMO Y UNIVERSALISMO: EL AYER Y EL HOY DE LA ILUSTRACIÓN.
Francisco Javier Gea Izquierdo
La ilustración -Enlightment, Iluminisme, Aufklärung- es un fenómeno muy complejo y vasto y, por tanto, difícil de definir, aunque creo que, desde el punto de vista que aquí vamos a adoptar, el punto de vista de la historia de la ideas, la mejor definición que cabe aducirse por su claridad y concisión se debe a Inmanuel Kant con su ensayo Wast ist Aufklärung?(1783):
Aufklärung ist der Ausgang des Menschen aus seiner
selbst verschuldeten Unmündigkeit. Unmündgkeit ist
das Unvermögen, sich seines Verstandes ohne Leitung
eines anderes zu bedien.
Esto es, "la ilustración es la salida de la humanidad de su culpable minoría de edad, que consiste en la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la dirección de otro".
Hecha esta pequeña aclaración, no deja de sorprender y de dar que pensar el que, por ejemplo, en una obra breve pero enjundiosa como el DTV-Atlas zur Philosophie, al trazarse la cartografía de la ilustración europea no se indique ningún lugar de Portugal o de España, y tan sólo se mencione uno de Italia, a saber, Nápoles, ciudad de donde procede Giambattista Vico. Los demás lugares que indican la procedencia de los grandes ilustrados europeos se encuentran al norte de Burdeos y Ginebra, ciudades respectivamente de Montesquieu y de Rousseau.
La situación no puede contrastar más con lo que sucedía durante la Edad Media, como puede comprobarse en el mismo Atlas, en la que hay al menos nueve centros de filosofía escolástica en la Península Ibérica de cierta relevancia, esto es, casi el doble de los que se señalan en territorio alemán y
británico.
En efecto, como movimiento de renovación social, política, cultural, científica y filosófica, en ocasiones incluso con visos revolucionarios, la ilustración en un fenómeno que se origina en Gran Bretaña a finales del Sg. XVII, con eventos tales como la Gloriosa Revolución de 1688, que supuso el exilio del rey Jaime II ante su intento de restaurar allí el catolicismo, religión que profesaba, y la Declaración de Derechos (Bill of Rights) que aprobó el Parlamento inglés en 1689 y que establecía la superioridad de la ley, esto es, del propio parlamento, sobre el rey. Como dice el historiador Paul Langford, "la Declaración de Derechos anulaba claramente el derecho hereditario que formaba la base de la restaurada constitución de 1660 y lo reemplazaba por la voluntad nacional expresada a través del Parlamento". Gran Bretaña, además de anticiparse políticamente en un siglo a Francia, reúne una auténtica pléyade de intelectuales ilustrados entre los que cabe mencionar a John Locke, Isaac Newton, Adam Smith o David Hume, por citar sólo a algunos.
Francia, por su parte, posiblemente no contribuye con menos que Gran Bretaña a la formación de lo que podríamos llamar la conciencia ilustrada europea. Es el país en el que más relumbre adquiere la ilustración, en el que el aspecto revolucionario de la misma adquiere mayor evidencia, el que posiblemente posee la mayor capacidad de irradiación hacia el resto de Europa -de hecho, a España la ilustración que llega es sobre todo la francesa-, en el que se crea ese proyecto tan característico del movimiento que es la Enciclopédie ou Dictionnaire raisonné des Sciences, des Arts et de Métiers, y en el que aparece la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), que aprobó la Asamblea constituyente francesa y que posteriormente vio sucesivas versiones. Amén de esto, son intelectuales ilustrados franceses de primera fila D´Alembert, Diderot, Montesquieu, Voltaire e incluso el ginebrino Rousseau, aunque en parte sus supuestos intelectuales son diferentes.
En Alemania, a su vez, la ilustración llega mas tardíamente y con menos fuerza que en las dos naciones anteriores, y cae dentro de los más tranquilos márgenes del despotismo ilustrado, que como pocos encarna Federico II de Prusia, pero arraiga como movimiento con caracteres originarios y creativos, aunque sólo sea porque aporta la reflexión posiblemente más profunda y completa sobre el movimiento en su conjunto, especial aunque no únicamente con la obra de Inmanuel Kant, que de por sí vale como todo un movimiento filosófico.
Estos son los tres países europeos en los que la ilustración prende con más fuerza, además de en la avanzada y liberal Holanda, en los que esta es un movimiento autóctono y creativo. Estos son, no en vano, los tres países en los que José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas hacía residir la esencia de Europa. Junto a ellos, hay que incluir a los Estados Unidos de América con el mismo derecho o más, cosa que un tanto sorprendentemente tiende con cierta frecuencia a olvidarse aquí en un claro rasgo de eurocentrismo. En efecto, los Estados Unidos aporta documentos tan ilustres como la Declaración de Independencia, adoptada por el Congreso Continental de Filadelfia el 4 de julio de 1776, y como su Constitución, promulgada por la Convención Federal de 1789, y que es la constitución en vigor más antigua de cuantas hay hoy. Como nación, este es el único país no sólo del continente americano, sino de todo el mundo que puede considerarse se constituye ex nuovo a partir de las ideas e ideales ilustrados.
II
¿Y qué hacíamos mientras tanto aquí al respecto? Pues no mucho, la verdad. El movimiento ilustrado fue algo básicamente foráneo que prendió con dificultad y por poco tiempo. Aquí contamos con Carlos III, venido de Nápoles, como representante del despotismo ilustrado (y en parte también con su antecesor Fernando VI) y durante su reinado(1759-1788) hubo un cierto tipo de desarrollo general, especialmente claro en cuestiones relativas, por ejemplo, a infraestructuras, arquitectura y relaciones internacionales, que hacen de él uno de los períodos más interesantes de nuestra historia. Sin embargo, estos avances, hechos básicamente a semejanza del modelo francés y que no verían acabar el siglo, ni tuvieron posteriormente continuidad ni afectaron sustancialmente al ámbito de las ideas y el saber, que es el que aquí más nos interesa.
En efecto, se puede decir sin ambages que en el siglo XVIII no hay en España filosofía de una cierta relevancia en absoluto, lo cual es una condición necesaria de cualquier movimiento ilustrado de cierta entidad, que el ensayismo en términos generales es de vuelo muy corto -tal es así que sus máximos representantes tienen que ser Fray Benito Feijoó, como representante del movimiento de los novadores de la primera mitad del siglo, y Gaspar Melchor de Jovellanos en la segunda mitad del siglo, que la literatura no da ni para andar por casa, al menos considerada desde la perspectiva de hoy, otra cosa eran los gustos de la época, de manera que el autor más interesante del siglo es posiblemente Diego Torres de Villarroel, que no tiene nada de ilustrado, siendo como es un barroco tardío más contemporáneo en el plano intelectual a un Quevedo que de un Voltaire.
Es interesante en esta época la disputa intelectual que hubo entre los intelectuales que propugnaban una cierta modernización y los que ya entonces pensaban que bien que bastaba con las sempiternas esencias patrias. Durante la primera mitad del siglo hubo ya un movimiento en ciencia y filosofía, el de los llamados novadores, de los que ninguno fue "filósofo o físico de verdadera talla", al que luego siguió, durante la segunda mitad del siglo, un número más nutrido de intelectuales ilustrados. En el otro bando, en el de los escolásticos rancios y tardíos, en el de los tridentinos de siempre, en el de los propugnadores de la España imperial y eterna, las posiciones no variaron, como era de esperar, ni poco ni mucho. A mi me parece palmario cuál era el bando que tenía razón, pero no quiero incidir ahora tanto en este punto como en el hecho de que esa polémica ni por uno ni por otro lado alcanzó un excesivo nivel intelectual, un nivel tal como el que se precisaría, por ejemplo, para que fuese de interés en otros países europeos.
No es pues de extrañar, ante tal panorama, que Carlos Fuentes haya venido a decir en su Geografía de la novela que en la literatura española hay una profunda depresión que va, en el mejor de los casos, el de la poesía, desde el barroco tardío, de una Sol Juana Inés de la Cruz por ejemplo, hasta el modernismo que inaugura Rubén Darío. Así las cosas, parece que puede afirmarse que el intelectual característicamente ilustrado en España es Francisco de Goya y Lucientes, aunque aún estaba lejos el tiempo en que comenzaría a pensarse en el pintor como en un posible intelectual, al igual que lo puede ser el literato.
Por otro lado, pasando del aspecto político del iluminismo conocido como despotismo ilustrado al aspecto revolucionario, lo que supuso en la política española algo así como el equivalente a las reformas constitucionales de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos fue la Constitución de 1812 de las Cortes de Cádiz, la cual supuso en múltiples aspectos un hito en nuestra vida política al proclamar la soberanía nacional, la monarquía constitucional, la separación de poderes -legistativo (las Cortes), ejecutivo (el Rey) y judicial (tribunales independientes)-,pero que tristemente tuvo una duración de un par de años, hasta la triunfal vuelta en 1814 del funesto Fernando VII. Como se ve, el empeño de la revolución española liberal burguesa no pudo ser, prácticamente, ni más tardío, pues ya había vencido del siglo XVIII, ni más breve ni menos fecundo si lo comparamos con el de nuestros vecinos.
III
En este marco hay que considerar la obra de José Martínez de Mazas Retrato al natural de la provincia y término de Jaén(1794). Sorprende de esta la diversidad de temas que abarca, que desde luego hoy sería impensable que fuese llevada a cabo por una sola persona, y como ejemplos de los cuales cabe mencionar desde una descripción histórica y geográfica de Jaén y su provincia, de sus campos, villas, zonas y monumentos, hasta un estudio del atraso social y económico de la misma, pasando por un censo de su obispos desde los tiempos de la Reconquista. En la obra hay ciertamente un esfuerzo por llamar a la actualización, mejora y modernización de diversas tradiciones agrícolas, comerciales y empresariales, muy en la línea, ciertamente, de lo que eran las sociedades económicas de amigos del país, de las que dice Gonzalo Anes lo siguiente: "Sus informes y proyectos fueron aplicados muy parcialmente y, de hecho, sólo contribuyeron a crear un ´estado de opinión´ favorable a los principios de la burguesía, aunque, en la práctica, pudieron ser utilizados por los privilegiados del antiguo régimen en defensa de sus propios intereses".
También hay determinados elementos de crítica tanto del centralismo de la Corte como de la propia sociedad jiennense, que sin ser especialmente agudos o acerbos, merecen al menos destacarse. De la Corte puede leerse lo siguiente:
"Es el vientre y el corazón de todo este gran cuerpo político. Todas la sangre de los otros miembros va a parar a él, pero no vuelve a salir con proporción, y las pobres ciudades, y demás pueblos que no tienen por otra parte de donde reponerse (...) van caminando infaliblemente a su ruina. Pendóneseme el que llevado del sentimiento ingiera oportuna, o importunamente estas reflexiones, que son precisas; y estoy bien cierto de que dirigidas por mejor mano, con más peso y autoridad agradarían a nuestro Soberano; porque desean el alivio de sus vasallos..." (op. cit., 337-8).
He aquí una crítica a la Corte, que muestra el tipo de talante ilustrado de la obra: políticamente, por así decirlo, muy moderado. Desde luego, en algunos de los grandes autores barrocos españoles, que desde luego en nada precursaban el espíritu de la ilustración, encontramos críticas más contundentes.
Y con respecto a la sociedad de Jaén, he aquí unas palabras que han resistido el paso del tiempo mejor de lo que desearíamos:
"Jaén fuera muy feliz si se contentara con los bienes de que la dotó la naturaleza. Con un poco más de economía y aplicación tenía cuanto necesita el hombre para vivir cómodamente" (op. cit., 419).
Sin embargo, también aquí me da la impresión que se ve, junto a la apelación a un poco más de industriosidad, el trasfondo de un horizonte demasiado estrecho, un exceso de localismo.
De todas formas, donde entiendo que falla más el impulso ilustrado del Deán de Mazas es en los aspectos teóricos. Si los aspectos prácticos de la obra, por su parte, aunque sin muestra sin radicalidad alguna, pueden considerarse ilustrados, los aspectos teóricos y doctrinales me parecen directamente antiilustrados, incluso desde los parámetros de la alicorta ilustración española. Creo que el siguiente ejemplo será suficientemente ilustrativo de lo que quiero decir. En el censo de los obispos de la ciudad, el último pero no el no menos alabado -"en varios capítulos de este libro se ha dado noticia de su liberalidad" (op. cit., 479), el Excelentísimo Señor Don Agustín Rubin de Zeballos, natural de Dueñas en el Obispado de Palencia, y poseedor de la Gran Cruz de la Real Distinguida Orden Española de Carlos III, resulta que era a la sazón el Inquisidor General del Reino y uno de cuyos logros más notables fue el de sabotear la difusión en España de una de las obras colectivas fundamentales de la ilustración francesa, La Encyclopédie Méthodique.
Por lo que respecta al caso de la Encyclopédie Méthodique, cuesta este mismo historiador lo siguiente: "El santo oficio, al ver en la gaceta el anuncio de que se admitían nuevos suscriptores a la Enclyclopédie, adoptó medidas de urgencia por parecerle intolerable el hecho y, a pesar de la intervención de Camponames para evitarlo, la inquisición se incautó de los ejemplares no distribuidos en junio de 1788, enfrentándose abiertamente al consejo de Castilla, ya que la suprema regalía de ordenar el examen de libros y conceder permiso para su publicación correspondía sólo a éste" (op. cit., 467). Poco después sería el propio Santo Oficio el que apremiaría al Consejo de Castilla para dar vía libre a la publicación de la traducción española de dicha obra, convenientemente expurgada, claro es (vide op. cit., 470).
Ante los esfuerzos de algunos ilustrados como Jovellanos que propugnaban quitar de la esfera de influencia de la Inquisición la posibilidad de censurar y prohibir libros ajenos a temas propiamente religiosos, y del propio Gobierno por pasar esas competencias al Consejo de Castilla, cuenta Gonzalo Anes que "parecía indicar el inquisidor (...) que debería el santo oficio volver por sus fueros y entender en la censura de toda clase de libros" (op. cit., 464). La Inquisición dieciochesca no era la de otrora, pero como escriben recientemente García de Cortázar y Gonzales Vesga: "Si el Santo Oficio no ahogó la libertad de creación, pronto conseguiría amordarzar el pensamiento ilustrado, que se autocensura y ha precavido, como manifiestan los escritos de Jovellanos, Iriarte y Moratín, y ese escaso 10% de libros reprobados". Y tras mencionar algunos de los nombres ilustres de los que fueron condenados o reprobados por el Santo Oficio, añaden: "Tanta persecución impregnó a la élite pensadora de un sentimiento de desánimo e inferioridad; si bien la Inquisición no cerró España, como dirían los represaliados, impuso a muchos la sensación de vivir un encierro" (ibidem).
En resumen, el perfil de la ilustración española no es especialmente acusado ni sus aportaciones especialmente brillantes, salvo en el caso de la obra de Goya, si se la quiere considerar como tal, lo que a mí me parece incontrovertible, y, por otro, lado de unas cuantas extraordinarias expediciones científicas y navales -como la del genovés Alejandro Malaespina y José Bustamante entre 1789 y 1794, que duró 62 meses, pero cuyos resultados, al caer Godoy en desgracía, sólo aparecerían publicados cien años después-, y desde luego no está a la altura de otras naciones europeas y occidentales, lo que no empece para que políticamente sea un período muy atractivo de nuestra historia. Amén de una reflexión filosófica escasa y de cortos vuelos, hay un exceso de localismo, que se compadece mal con el carácter universalista que entraña el propio movimiento. Con todo, la obra del Deán de Mazas que concita este congreso puede tomarse como un ejemplo del perfil de la ilustración española. Cabe recordar aquí lo que dice Carlos Fuentes respecto de nuestra cultura: "La cultura española, de Cervantes a Buñuel, se ha hecho a contratiempo. Mientras que las tradiciones inglesa y francesa, en términos generales, se hicieron al ritmo de la modernidad, la tradición española se hizo en contra de lo que la negaba" (op. cit., 80).
La ilustración como momento histórico europeo es ya agua pasada, y desde luego no se trata aquí de tratar de resucitar el pasado, pero aún estamos lejos, incluso si consideramos los países supuestamente más avanzados, de haber dado el salto de una época de ilustración a una época ilustrada, por usar la distinción de Kant, esto es, de una época en la que se haya pasado del dicho al hecho. La historia, por lo demás, se muestra más sinuosa e impredecible de lo que imaginaban los ilustrados, que preveían poco menos que el progreso rectilíneo de la razón, y los propios ideales ilustrados han resultado ser también más vidriosos de lo el pensamiento diechiochesco suponía, como han mostrado con brillantez, entre otros, Max Horkheimer y Theodor Adorno. Con todo, no estará de más que aquí y ahora recordemos muchas de aquellas ideas e ideales ilustrados y tratemos de contribuir a que esté más presentes en nuestra sociedad, y no solamente porque nos hallemos dentro de un paradigma social e intelectual posilustrado que recibe el sonoro nombre de la posmodernidad, sino por la más perentoria razón de que en algunos lugares, como este, aquellos nunca llegaron a arraigar.