II CONGRESO “LA ILUSTRACIÓN:
PABLO DE OLAVIDE Y SU ÉPOCA
Jaén, del 21 al 23 de
febrero de 2003
UNED y Real Sociedad
Económica de Amigos del País
“La ciudad ideal: Entre la razón de Estado y la
fe. El Rey, el Intendente y la Inquisición.
Dra.
Mª Cruz García Torralbo. UNED.
Introducción
La
creación de nuevas poblaciones en España, acometida por el rey Carlos III hay
que enmarcarla en los profundos cambios que experimentó la Nación española con
el advenimiento o instauración de la nueva monarquía de los Borbones. No hay,
por tanto, que verlas simplemente como el fruto indepediente de la labor de
Estado de un monarca ilustrado, antes bien, como el resultado de la
transformación continuada que se imprimió desde la Corona a la estructura
política, social, religiosa, laboral, etc. de España.
Como
todos sabemos, el cambio de dinastía se originó porque el último austria,
Carlos II, había muerto sin herederos, por lo que dejó estipulado en su
testamento como heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. Pero las
potencias extranjeras, unidas en la Gran Alianza de la Haya, temen la unión de
España y Francia y rechazan al heredero legal, decantándose por Carlos de
Austria. Estalla la llamada Guerra de Sucesión entre los partidarios de uno y
otro aspirante al trono hasta la victoria de Felipe V, durando la guerra de
1702 a 1714.
La
confusión creada con el clima bélico que se vivía en España con la Guerra de
Sucesión fue aprovechada por Felipe V para acometer la reforma de las
estructuras estatales heredadas de los Austrias. Basándose en el derecho de
conquista y en que uno de los atributos de la Corona es la imposición y
derogación de leyes, acomete las deseadas reformas que se van completando con
los sucesivos monarcas.
Así,
pues, el siglo XVIII abre a España las puertas de una nueva y capital etapa en
nuestra historia con los decisivos cambios que se operaron:
-
cambio de dinastía
-
reestructuración del país, con la reforma fiscal y la creación de una única
contribución, creación de las Secretarías de Estado y Despacho y las
Intendencias, mejora del Ejército, elevando su prestigio, etc.
-
apertura del pensamiento y cultura europeos
-
inicio de la industrialización
-
mejor aprovechamiento de los recursos de ultramar
-
reformas en agricultura y comercio.
Todos
estos cambios que introdujo Felipe V y continuó su hijo Fernando VI, prepararon
el camino a Carlos III, quien los consolidó, mejoró y aumentó según los casos
hasta conformar un país que en nada se parecía ya al heredado de los Austrias.
Ubicado,
pues, en este marco de reformas el fenómeno de la colonización, debemos
contextualizarlo en la secularización del pensamiento y en las tendencias
racionalistas que inundaban a la Nación en aquel tiempo. Para ello debemos
repasar un capítulo importante -importantísimo- de la política interna de la
Corona: las relaciones entre el Estado Español y la Santa Sede:
En
España, el papel del clero, de la Iglesia, era de capital importancia como para
dejarlo fuera de juego en los nuevos tiempos. Sin embargo, y aunque hubo clérigos
de mentes lúcidas que mostraron un pensamiento a la altura de las ideas y
corrientes europeas, lo cierto es que en su mayor parte el clero español se
puso en guardia ante las novedades que se avecinaban y que podían poner en
peligro su situación de privilegio e inmunidad. Además, hay que tener en cuenta
que habían pasado los tiempos de lucha contra el protestantismo y la herejía y
que la evangelización americana había perdido el ímpetu glorioso de los
primeros tiempos, ya dos siglos.
Los
roces con Felipe V fueron continuados y tensísimos pues Clemente XI había
apoyado claramente al otro candidato al trono y Felipe V nunca se lo perdonó.
Con una sistemática represión a los obispos seguidores del austria y la
expulsión del nuncio apostólico. Las dificultades se pronunciaron cuando el
futuro Carlos III, a la sazón rey de Nápoles, invadió los Estados pontificios.
La cosa se pone fea para el papa, Clemente XII, que se ve obligado a firmar el
Concordato del 26 de septiembre de 1737, por el que Felipe V se reserva la
potestad de nombrar cargos eclesiásticos de importancia, inicia la presión
fiscal al clero, presenta obstáculos serios a los aspirantes al sacerdocio,
prohibe al papa imponer pensiones en las parroquias y, finalmente, ordena la
sujeción a Hacienda de los bienes eclesiásticos igual que los laicos. Llevaban
a cabo las conversaciones, por Clemente XII el cardenal Ferrao, y por Felipe V
el cardenal Troyano Acquaviva. Con todo, nunguno quedó satisfecho y las
conversaciones continuaron, ahora ya con Benedicto XIV.
Fernando
VI considera que el tema de las relaciones de España con la Santa Sede es “el
negocio más grave e importante de la Monarquía”, y procuró eliminar la acritud
con que se había visto cargado en tiempos de su padre. Así, tras 16 duros años
de negociaciones se consigue firmar un nuevo concordato en 1753:
-
Las rentas de los obispados vacantes y los expolios pasaban a obras pías.
-
El patronato Real se hacía cargo de todas las canongías, prebendas y
beneficios, excepto de 52 para la Santa Sede.
-La
Corona pagaría 5.000 escudos anuales en concepto de sostenimiento de la
nunciatura apostólica
-
Las gracias a particulares y dispensas matrimoniales, por las que Roma se
embolsaba muy buenos dineros, quedaban igual.
Aunque
en el papel suponía un paso decisivo y victorioso sobre el poder temporal de la
Iglesia, lo cierto es que en la realidad su fruto fue más bien escaso puesto
que la Iglesia nacional se encargó de socavar los resultados que pudieran
perjudicarle.
Con
Carlos III se profundiza en estas medidas y concesiones papales, pero no se
alcanza el nivel de retirada de la Iglesia de los asuntos terrenales de otros
países europeos. No obstante, la publicación del “Tratado de la Regalía de
Amortizaciones” en 1765 compendia y fija la posición del Estado Español frente
a la Iglesia.
En
lineas generales, en todo este tiempo puede decirse que el clero secular
español no estuvo a la altura a los tiempos, por su falta de preparación y
formación, mientras que el clero regular fue atacado sistemáticamente con las
medidas desamortizadoras de los sucesivos monarcas, reprimiendo el trabajo que
hubieran desarrollado muy bien por su formación si se les hubiera dado opción a
tomar posiciones. Al clero bajo, al de los pueblos, se le pide que arrime el
hombro en la labor del Estado, que colabore con el fomento económico, en la
educación del pueblo por el trabajo. Al estar en contacto en los pueblos y
ciudades con las gentes, en el medio rural, etc, eran pieza importantísima en
la educación, por el asecendiente que tenían sobre las gentes. Se les
consultaba para los censos, se les pedía su colaboración para llevar a cabo las
reformas, se les estimulaba a que participaran en las sociedades económicas de
Amigos del País, se les instaba a que se formaran y se instruyeran para poder
ayudar a los demás. Con su ayuda se fue introduciendo, poco a poco, en las
mentalidades pueblerinas que era más importante generar empleo que dar limosna.
Así se estimulaba a recoger a los mendigos e indigentes para su formación e
introducción en el mundo productivo. Las primeras medidas represivas sobre todo
a los gitanos, que había dictado Felipe V, se suavizan con Carlos III que con
su Pragmática de 1753 ordena que se dediquen a la agricultura abandonando sus
costumbres errantes y fijando su residencia.
De
este modo, en todo el país fue cundiendo la idea de que era mejor trabajar y
fundar una familia y procrear que engrosar las filas de clérigos, que, además
acaparaban los pocos bienes que había y cuestionaban las decisiones reales en función
de los intereses particulares de Roma. De este clima de general desacreditación
del poder temporal de la Iglesia y de este ambiente de hostilidad entre los
defensores del regalismo y los del papado, da buena muestra la expulsión de los
jesuitas de todas las tierras de la Corona española ordenada por Carlos III el
2 de abril de 1767. Con anterioridad habían sido expulsados de Portugal en
1759, de Francia en 1764, y de Nápoles y Parma también en 1767. Por fin,
Clemente XIV disolvió la Compañía en 1773. Sólo Federico II de Prusia y
Catalina la Grande de Rusia acogieron a los jesuitas en sus reinos.
En fin, tenemos, pues, que la labor
regeneradora de España de Carlos III abarca a todos los estamentos sociales,
buscando que desde la nobleza hasta los grupos más marginales se incorporen al
proceso de reformismo social.
La
ciudad ideal
En
este esfuerzo por la reformación total del país, desde sus cimientos hasta la
Corona, aparece la empresa por antonomasia que compendia su espíritu: la
experiencia de las nuevas poblaciones. Presentado el proyecto por Gaspar de
Thurriegel con el informe favorable de Pablo Antonio de Olavide, es aprobado
por Real Decreto en febrero de 1767 y nombrado a Olavide superintendente de la
nuevas poblaciones que se creen.
Hay
estudiosos que ven el proceso colonizador de Sierra Morena como una obra
extraordinaria, salida de pronto de una mente preclara como la de Carlos III o
de Olavide por arte de ciencia infusa, o algo parecido. Sierra Morena no se
eligió por capricho ni las nuevas poblaciones se fueron ubicando aleatoriamente
en sus lugares, a gusto de los promotores, sino que obedecen a un estudiado
plan de colonización, como todo lo que hacía la Corona Ilustrada. Se había
informado, se tenía constancia por los intendentes e inspectores, que existían
zonas en la Mancha y en Andalucía, sobre todo en el eje Madrid-Cádiz, en que el
despoblamiento, rayando el desierto humano, favorecía el bandolerismo y el
pillaje, y enormes extensiones de tierras permanecían incultas.
Esto
no era nuevo. Toda Castilla, y la provincia de Jaén en concreto, siempre mostró
a lo largo de la historia un gran déficit poblacional. Ya doña Juana la Loca
mandó cédulas en 1508 ordenando fundaciones en la Sierra de Jaén, y bajo su
hijo El Emperador se llevaron a cabo las fundaciones de Mancha Real y
Valdepeñas de Jaén, en 1537 y 1579, que junto a Villares, Carchel, Carchalejo y
Cambril constituyen un importante núcleo de colonización interior. En el siglo
XVII, aunque no se fundan ciudades, se crean barrios en las ciudades que contra
la tónica dominante de recesión, conocen un crecimiento urbano como Sevilla,
Granada o Ronda. En el siglo XVIII, Goyeneche, ministro de Felipe V, ordenó la
creación de Nuevo Batzán, en Madrid, entre 1709 y 1713. También se acometió la
ordenación del territorio de la huerta murciana, y todos estos ejemplos
sirvieron como base a los proyectos colonizadores de Fernando VI y su ministro
Ensenada, abriendo el camino a las realizaciones urbanísticas que emprendió
Carlos III y a su afan de atajar el despoblamiento.
El
Siglo de la Ilustración está plagado de nuevas fundaciones poblacionales en
toda España, así como en América. Se crearon nuevas poblaciones agrícolas como
las que estamos tratando, nuevas poblaciones industriales como San Fernando de
Henares, nuevas poblaciones portuarias como la Barceloneta o Águilas, nuevas
poblaciones para protección de costas como Nueva Tabarca, nuevas poblaciones
para protección de caminos como Villarreal de San Carlos, y nuevas capitales y
sitios reales como Aranjuez. Y en todas ellas la monarquía ilustrada mostró
continuidad con los intentos de corregir la despoblación que desde siempre
habían mostrado las tierras de la Corona en España.
Pero
sobre todo, y con ser importantísimo el celo repoblador de los monarcas, lo más
importante que aporta Carlos III es el ensayo que se llevó a cabo para crear en
estas nuevas poblaciones de Sierra Morena el ideal de sociedad que el
pensamiento ilustrado preconizaba. Ideal de sociedad y modelo urbano unidos
permitirían mostrar poblaciones ajenas a las ataduras sociales, económicas y
religiosas que arrastraban por su historia las ciudades españolas existentes.
Por
lo demás, la creación de las nuevas poblaciones de Carlos III, se ajustaba a
los paradigmas urbanos que desde Hipódamo, seguidos por la castramentación
romana, los proyectos de expansión conquistadora y los fines centralizadores de
cohesión, asimilación e integración territorial, se habían dado en España como
heredera urbana de Occidente. Todos estos conceptos, concretados en la
evolución formal en damero, eran comunes y profundamente arraigados en la
mentalidad y en la cultura española, y sobre todo en los planteamientos
fundacionales de la Monarquía, puesto que a ella le estaba dado un lugar de
honor en la fundación de nuevas ciudades desde la antigüedad.
Estas
evidencias urbanizadoras basadas en el concepto de ciudad ideal de los
tratadistas antiguos y medievales -Hipócrates, Aristóteles, Polibio, Higinio,
Vegecio, Vitruvio, Eximenic y Santo Tomás- retomadas por los renacentistas y
barrocos -Alberti, Filarete, Leonardo da Vinci, Durero, Scamozzi, Cataneo - y
potenciadas por las utopías sociales de los ilustrados y neoclásicos -Boullée,
Ledoux y Fourier- se pueden rastrear en todas las ciudades fundadas con el
deseo de conseguir el entorno físico perfecto para las necesidades del ser
humano. Se habla y se escribe mucho respecto a las plantas ideales de los
pueblos de las nuevas poblaciones, como si hubiera sido un invento de Carlos
III o de Olavide, ideas destinadas en exclusividad a Sierra Morena, llevadas a
la práctica como salidas de una idea luminosa que tuvo la Ilustración española.
Y nada más lejos de la realidad. El deseo de conseguir una ciudad ideal ha
movido a los urbanistas y arquitectos de todas las épocas a concebir una serie
incesante de modelos teóricos llevados en la mayoría de los casos a la
práctica, y en los que el trazado de sus calles en damero -o trazado reticular,
o trazado en malla, como ustedes quieran- ha sido común a casi todos ellos. Este
trazado cuadrangular arrastrado desde la Edad Media en las “bastidas” fue el
más utilizado en la España Cristiana, como síntesis de la idea aristotélica de
ciudad, ampliada con la idea agustiniana de “ciudad de Dios”, en la que todo
trazado está previamente bien planteado, aunque bien es verdad que el concepto
de “ciudad ideal” quedó en el barroco limitado a los tratados de urbanismo,
pues se perdió el rigor clasicista haciendo que la ciudad se desarrollase de
manera más desordenada y espontánea, llegando otra vez con el Neoclasicismo a
retomar la idea de una ciudad perfecta, ideal.
El
equipo ilustrado de Carlos III, que por eso se llamaba ilustrado, conocía
perfectamente este asunto por los tratados de urbanismo y arquitectura que se
leían en toda Europa, y decidieron conseguir esta “ciudad ideal” de los libros
en las nuevas poblaciones que se iban a levantar para repoblar aquella
desvencijada España del XVIII o aquel maltrecho Imperio americano en el que
ingleses y franceses pretendían hincar el diente.
Con trazado reticular, orientadas según los
puntos cardinales, con un espacio central en donde se concentran los tres
símbolos del poder -eclesiástico, político y económico- y con unas funciones de
organización territorial, sea en España sea en el Nuevo Mundo, lo que se
pretende es la ordenación del espacio exterior que permita una forma de vida
plenamente satisfactoria, lo mismo que el hombre lleva pretendiendo desde la
Antigüedad. Es decir, existe una línea sin solución de continuidad desde
Mileto-Zaragoza-Santa Fe-Panamá-La Carolina, por poner unos ejemplos espaciales
y temporales sucesivos que nos atañan.
Así
pues, cuando se inició el proceso de colonización americano tras la conquista,
éste fue el modelo urbano exportado para la creación de ciudades americanas. En
este modelo tiene especial importancia la planta del convento asignada a las
manzanas esquineras de la trama urbana, de manera que al experimentarse el
desarrollo urbano los conventos nucleicen a la nueva población quedando en el
centro de los nuevos barrios. Todo porque fue a las órdenes religiosas a las
que se les encomendó la tarea de cristianizar aquellas tierras. En Sierra
Morena éste será un factor inexistente de desarrollo urbano a tener cuenta por
la prohibición del artículo 77, aunque el plano respete los supuestos de la
malla derivaba de los ejes perpendiculares, y será el trazado de la iglesia el
factor dominante del urbanismo dieciochesco en las nuevas poblaciones. Este
será el único punto diferente en el urbanismo entre las ciudades fundades en
América y las ciudades fundadas en Siera Morena.
Otro
factor a tener en cuenta es el de la ubicación de los pueblos. Si bien Olavide
hubo de desplazarse a la Peñuela en agosto del 67 para elegir los lugares a
repoblar, es bien sabido que, grosso modo, habían de ubicarse a lo largo del
eje viario Madrid-Cádiz, por lo que en principio éste sería uno de los ejes
dominantes en la trama cuadrangular urbana de las nuevas poblaciones. El otro
vendría significado por la existencia de algun camino hacia aldeas anexas,
aunque siempre de menor embergadura que el eje viario principal. La cuadrícula
resultaría del reparto de suertes a los colonos a uno y otro lado de estos
ejes. Como vemos, la fidelidad al modelo tradicional de orientación cardinal y trazado
ortogonal es patente, con la salvedad de la existencia de conventos, y
naturalmente, perdida la función defensiva de su topografía -por eso no se
construyen en cerros- y de su urbanismo -por eso no se amurallan.
Pues, bien, en este diseño reticular de las
nuevas poblaciones hay que hacer constar que no hubo arquitectos ni artistas.
No hubo arquitectos porque la creación de ciudades se debía, conforme a la
tradición, a los ingenieros militares. Este sistema de trabajo arrastrado desde
siempre, utilizado por los RRCC, practicado por el Emperador y consolidado
desde Felipe II contemplaba en su plantilla un militar, un ingeniero, un
maestro mayor de obras, un delineante y otros especialistas menores, y es
fácilmente comprobable cómo la ingeniería militar estaba íntimamente unida a la
arquitectura militar, y por extensión a la arquitectura de urgencia, como era
el caso de la construcción de las nuevas poblaciones.
Definida
perfectamente ya en el XVII la diferencia entre arquitecto y maestro de obras, tanto
en su plan de estudios como de prácticas, era más difusa la línea divisoria
entre arquitecto militar e ingeniero, máxime teniendo en cuenta que era la
formación personal del arquitecto la que añadía el adjetivo a la arquitectura,
por lo que solían ser el mismo sujeto. Los ingenieros militares o arquitectos
militares atendían más a la técnica y a la ciencia que al arte, papel reservado
a la arquitectura artística como disciplina humanista que era, por lo que
fueron los ingenieros militares los encargados de levantar las nuevas
poblaciones. Ya lo decía el fuero: las construcciones deben ser simples,
sencillas, como a casas de labradores se refiere, sin adorno superfluo ni arte.
Ideas recogidas de Boullée para quien su ideal era la sencillez y austeridad en
las clases pobres, y de Ledoux, que había promovido un estilo funcional en el
que era de capital importancia la sencillez aplicada a solucionar las
condiciones sociales de los trabajadores, jornaleros y los más desfavorecidos.
Ideas, al fin y al cabo, que preconizaba el arquitecto favorito de Carlos III,
Sabatini, cuando decía que las construcciones deben ser pulcras, es decir, sin
adornos superfluos ni gastos ostentosos.
Si
en tiempos de Felipe II primaron los ingenieros a la italiana en la construcción
de campaña, al lado de los militares que dirigían la misión, con Carlos III se
observa claramente que el cambio de dinastía no se había operado vanamente con
Felipe V. Ahora la Corte estará influenciada por Francia en todos los órdenes
de la vida y aunque por su experiencia napolitana Carlos III demostraba una
profunda filia a lo italiano, sus raíces borbonas le llevaban a ampararse en
sujetos de clara tendencia francófona. No hay que perder de vista en ningún
momento las construcciones versallescas de esta monarquía en las que los
arquitectos -aunque fueran italianos- cumplían las directrices galas de
trazados, plantas y artes suntuarias.
Aquí,
en las nuevas poblaciones, como no hacía falta servirse del arte, ya lo decía
el fuero, no vinieron los arquitectos a trazar las viviendas agrícolas, sino
que, como si de un campamento militar se tratara, se fue cuarteando el suelo
indicado y se fueron levantando las casas simples, sencillas, con dos plantas y
amplios corrales como a toda vivienda agrícola corresponde. Pero, ¿qué pasó con
las iglesias? Solo hay que repasar la correspondencia entre los militares, los
intendentes y los ingenieros que intervinieron en el proceso edilicio de las
nuevas poblaciones para ver que en un primer tiempo la construcción de las iglesias
fue un gran desastre, como lo fue el de las viviendas de los colonos.
Concebidas
como campamentos militares, las nuevas poblaciones se vieron abocadas a la
improvisación, no porque se aproximara el enemigo, sino porque se echaron
encima los colonos sin que estuvieran construidas; es más, sin que estuvieran
elegidos los terrenos. Tan grande fue el celo propagandístico de Thurriegel que
empezaron a llegar contingentes humanos sin que, en muchos casos se hubiera
elegido la ubicación de los mismos. Además, se les vino encima el invierno y
aquellas pobres gentes se vieron hacinadas en barracones militares con sus
familias, en condiciones infrahumanas y sin que llegaran los peltrechos ni la
intendencia. Olavide se las veía y se las deseaba para acoplar a todos, y los
militares que dirigían la campaña comenzaron a dar síntomas de debilidad ante
la crudeza de la misión, exigiendo doble paga porque sus competencias se veían
desbordadas por el trabajo de campo que se veían obligados a realizar.
Con
más trabajo que medios y con la ayuda de los propios colonos se fueron
levantando las casas y antes de un año de su entrega ya presentaban signos
visibles de deterioro. Se desplomaban las tapias, se rajaban las paredes o se
hundían los techos. Aquel campamento de ladrillo de adobe y teja se venía
abajo. Las construcciones religiosas, que por mandato de los directivos e
ideólogos del asunto, eran lo primero que había que construir, no corrieron
mejor suerte. Más que iglesias, aquellos primeros centros religiosos eran naves
con una pequeña espadaña encima para la campana, y por su precariedad y
materiales poco indicados, se desplomaban en poco tiempo.
¿Tuvo
que ver en el proceso de ruina que su traza no se debiera a verdaderos
arquitectos? Es posible, aunque no fue éste el único motivo. Piénsese que los
ingenieros arrastraban una tradición de siglos en la concepción y ejecución del
aparato defensivo de la Monarquía y en la comisión de las obras públicas el
Estado. Con Felipe II se habían fortificado las costas españolas tanto de la
penísula como en América y que muchos de estos baluartes y castillos aún
perduran hoy día, por lo que no fue culpa de los artífices, sino de la suma de
elementos negativos que vinieron a procurar el desenlace fatal de aquellas
primeras construcciones: materiales pobres, lugares no indicados por su
topografía y su suelo, rapidez de las obras que llevaba aparejada la chapuza, y
los elementos humanos no adecuados. Si los ingenieros extranjeros -Simón
Desnaux, José Branly, Gabriel Sain-Germaint, Beltran Beumont, Dionisio Kelin,
Casimiro Isaba- llevaban la voz
cantante en la dirección de las obras, bien es verdad que fueron maestros de
obras nacionales, Miguel de Gijón, Silvestre Gómez, Jacinto de Garaña, Antonio
Losada, Jorge Barberi, los que quedaban
ejecutando los proyectos, mientras aquellos iban y venían de unas poblaciones a
otras supervisando y dirigiendo y levantando los planos que la Corona les
exigía. Los maestros de obras hacían más de lo que podían, a algunos su celo
les llevó a alcanzar la gracia real de ser denominados “arquitecto de mérito”,
como Antonio Losada, llevando a la confusión a los estudiosos en el tema que le
consideran arquitecto. Era este título un reconocimiento a su labor, algo así
como el “doctor honoris causa” de hoy día, que nombraba la Real Academia de San
Fernando.
La
fe
Todos
conocemos ya los planteamientos del fuero de creación de las nuevas
poblaciones:
-
propiedad campesina de tipo familiar con una extensión de 50 fanegas
-
agricultura asociada a la ganadería, por expreso deseo de Campomanes
-
vivienda próxima al campo para ahorrar costos y tiempo
-
revalorización de los trabajos mecánicos como complemento a los agrícolas
-
ubicación sana, ventilada, sin aguas estancas
-
proximidad a las vías de comunicación
-
educación primaria asegurada, prohibición de la superior
-
cargos municipales electos y temporales, etc.
Todos
estos puntos podrían ser analizados a la luz de todas las ideas expuestas
anteriormente y veríamos que tienen cabida exacta y puntual en la mentalidad
ilustrada de sus creadores. Pero pasemos a revisar la cuestión religiosa.
Podría
pensarse que en aquella época de renovación, de abierto enfrentamiento a la
Iglesia, de Ilustración y raciocinio, la religión no tendría mayor importancia.
Incluso podría pensarse, hay quien lo ha hecho y lo ha escrito, que el rey y
aquella camarilla de ilustrados que le asesoraban eran unos descreidos, unos
ateos, unos conspiradores contra el cielo y la Iglesia. Y nada más lejos de la
realidad. Por eso hemos repasado antes el espíritu de la reforma, y el claro
proceso que inició Felipe V y concluyó en muchos postulados Carlos III. Los
ilustrados no eran unos descreidos ni ateos, no iban contra el poder espiritual
de la Iglesia. Muy al contrario, entre sus filas había numerosos clérigos,
personas cultísimas de la Iglesia, tanto del clero secular como del regular. El
mismo rey Carlos III era una persona piadosa, fiel creyente y devoto
practicante cristiano.
Los ilustrados iban contra la superstición,
contra el atraso cultural que sólo servía para manipular a las personas a
conveniencia de intereses particulares, contra el atraso técnico y comercial,
contra los perezosos y los vagos, contra las clases pasivas improductivas,
contra tanto clérigo barrigón que sólo se preocupaban de llenar sus estómagos y
sus bolsas y no sus cabezas, contra tanto convento que absorbía la población
masculina productora y reproductora, etc, etc. Contra todo esto iban el rey y
sus ministros y no contra Dios ni contra la Iglesia como institución espiritual
de comunión de fieles. Lo que ocurrió es que todos estos parásitos temían que
se les acabasen las prerrogativas y por eso arremetieron con furor la
propaganda del descrédito a la renovación que impulsaba la Corona.
Hay que tener muy claro que lo que el rey y
sus ayudantes ilustrados querían era separar
el poder civil del eclesiástico, como ya dije antes. Todos los
conflictos que hubo entre el papado y la realeza española vienen de ahí. Y si
no, lean ustedes el Juicio Imparcial de Campomanes y verán como lo que
se pretende es esto; en él recoge los fundamentos del regalismo y expone sin
medias tintas ni rodeos los derechos del trono frente a los del altar. Y fue
esta corriente regalista la que impregnó la sociedad toda, encontrando en todos
los estamentos representantes muy dignos que sostenían que la Iglesia debía
limitarse al poder espiritual y no inmiscuirse en asuntos de Estado.
Por
poner un ejemplo, veamos lo que dice el poeta Meléndez Valdés, que era fiscal
del Estado a su vez:
“Recobrar
lo perdido, restituir a la soberanía la plenitud de sus prerrogativas y
derechos, salir de una vez de la indebida dependencia que tantos sacrificios ha
costado, marcar en todos los puntos los verdaderos límites de las dos
potestades, dar a la policía civil cuanto le corresponde y dejar a la
eclesiástica toda la plenitud espiritual y divina que quiso concederle su
celestial fundador. Todo esto es tan necesario como urgente y de tanto provecho
para el Estado como para la misma Religión”.
Y no es él sólo. En la segunda mitad del
siglo XVIII esta corriente regalista circula vigorosa por todo el país.
Universidades, Sociedades económicas, en los tribunales de justicia, en muchos
obispados, hay hombres que se muestran favorables a que el soberano recupere
las prerrogativas que poco a poco se le han ido arrebatando en favor de la
Iglesia. Este fue el espíritu que alentó en el fondo del problema jesuítico,
que trabajaban más por el poder del Papa que del propio país. Por eso el rey
les expulsó, porque socavaban los cimientos del Estado en favor de Roma, no
porque el rey ni sus ayudantes fueran unos descreidos o anticlericales.
Por
este motivo, la Corona contempló en las normativas del fuero de creación de las
nuevas poblaciones, además de todos los aspectos sociales y urbanos que hemos
visto antes, unas pautas religiosas que había que seguir escrupulosamente y
respetar:
-
Todos los colonos repobladores habían de ser católicos
-
Se aseguraba la asistencia religiosa a los colonos y a sus familias
-
Se contemplaba la presencia de un cura párroco en las nuevas poblaciones
adscrito al obispado.
-
Se procuraba de inmediato la construcción de una iglesia para el culto.
Como
es obvio, con todas estas premisas quedaba claro que quedaban excluidas todas las
manifestaciones religiosas que no fueran la fe católica, pero también quedaban
excluidas todas las tentativas de los clérigos de extender su poder a parcelas
que no fueran extrictamente las religiosas.
Pero,
para profundizar más en el tema, no debemos pensar tampoco que la razón de
determinar la fe católica para las poblaciones de nueva creación fuera la
piedad del rey o su sincera fe. En el talante tolerante de un ilustrado hubiera
tenido cabida perfectamente la aceptación de cualquier religión. Hay, por
tanto, que buscar razones políticas para que el rey contemplara la religión
católica la única permitida en las nuevas poblaciones. Y estas razones
políticas, efectivamente aparecen y son:
-
la rápida integración que se pretendía de los colonos
-
la españolización de los extranjeros
-
el posible enquistamiento de núcleos urbanos potencialmente peligrosos social y
políticamente.
En
su informe, Olavide recomienda que con los colonos vayan sacerdotes españoles
predicando, confesando y explicando la doctrina en español, y será el
incumplimiento de este punto el que origine fricciones entre colonos germanos y
españoles, y el que ocasione problemas muy serios a Olavide llevándole ante la
Inquisición. Cuando de agosto a septiembre del 67 comiencen a llegar colonos,
lo hacen bajo la dirección espiritual de frailes capuchinos alemanes al mando
de fray Romualdo de Friburgo que en su intento de germanizar la zona choca
frontalmente con Olavide. Hasta que no se deshaga de este personaje no quedará
zanjada la cuestión.
Era,
por tanto, necesario una selección religiosa que guardara escrupulosamente los
criterios objetivos de la expedición y asentamiento. Piénsese que los colonos
europeos que se trajeron provenían de Centroeuropa, alemanes en su mayor parte,
y holandeses, y que aquellas tierras habían sido tierras de herejes y
protestantes. Así, se insistió en elegirlos diáfanamente católicos, sin duda
alguna, ya que la finalidad a que iban destinados -crear una sociedad modelo- y
la zona en que se habían de ubicar -los desiertos de la Mancha y Andalucía,
primordialmente- aconsejaban una ortodoxia de pensamiento tal que evitara focos
heréticos contrapuestos a la política interior de unidad nacional basada en la
unidad de la fe.
Pero
como todo lo que se hace deprisa, aquello salió mal. Arropados por el anonimato
que da la masa, entre la mayoría de católicos entraron en nuestras fronteras
muchos protestantes. Con lo que se demuestra que la selección no fue tan
rigurosa como se pretendía; es más, o no hubo selección o no se les preguntó
siquiera qué religión profesaban, como muchos de ellos reconocieron una vez
asentados en las nuevas poblaciones. Entre los directivos se comenta
epistolarmente la cuestión y se ruega más pulcritud en el cumplimiento del
fuero en cuanto a materia religiosa se refiere, pero no tiene, en los primeros
tiempos mayor trascendencia, quizás porque se espera que al ser minoría pronto
abandonarán sus creencias y adoptarán el catolicismo como es deseo del Rey.
Este
es un punto, por tanto, muy importante y que se debe tener siempre presente.
Con la Ilustración, nunca se puso en cuestión ni la religión católica ni la
deseable unidad de la fe, por la sencilla razón de que, a causa de las
estructuras de la sociedad española, la unidad política, el aglutinamiento del
Estado, estaba apoyado en la unidad de la fe. El pueblo español era católico, y
en la defensa de su fe siempre se vieron mezclados otros elementos que llevaban
emparejados distinción de raza, de cultura y de nacionalidad. El pueblo llevaba
en sus genes la creencia, engordada contínuamente con las predicaciones
fanáticas de los interesados, de que lo que no era español y católico no podía
ser bueno. Y estas creencias le sirvieron a lo largo de los siglos a la
Monarquía para enraizar su razón de ser. Y si no, repasemos la Historia:
-¿Cuándo
se expulsó a los judíos? Cuando los RRCC comprendieron que peligraba la unidad
social en el pueblo y creaba inestabilidad a la Corona.
-
¿Cuándo se persiguió a los erasmistas? Cuando Carlos I entendió que peligraba
su política de eliminación de protestantes por la tolerancia que predicaban
aquellos.
-
¿Cuándo se aplastaron a los moriscos? Cuando Felipe II temió connivencias entre
éstos y los moros africanos para una posible invasión de la Península.
-
¿Cuándo se expulsaron a los moriscos? Cuando Felipe IV pensó que la Corona
peligraba ante la divisón de las creencias y los modos de vida.
Siempre,
tras medidas que a primera vista pueden parecer racistas o xenófobas, se
esconde o subyace una poderosa razón de Estado, la unidad de la Nación.
Por razones que, para analizarlas deberíamos
ahondar en la Alta Edad Media y que ahora no debemos extendernos, Monarquía e
Iglesia habían caminado de la mano, apoyándose y sustentándose una en la otra,
y ambas entendían que ninguna subsistiría sin la otra, por la sencilla razón de
que tenían raíces e intereses comunes. Pero con la Ilustración se produce la
divergencia, el divorcio entre ambas instituciones. El Rey Ilustrado no quiere
injerencias eclesiásticas en su gobierno y una de sus primeras medidas es
deshacerse del presidente del Consejo de Castilla, el obispo Rojas, y poner en
su lugar al Conde de Aranda, pero la religión, sus dogmas y normas nunca fue
cuestionada.
De
esta poderosa razón de Estado da cuenta el deseo de Carlos III -y por tanto de
Olavide, o viceversa- de que la autoridad religiosa sea española, que prediquen
y expliquen la doctrina y administren los sacramentos en castellano para la
rápida españolización. Sin embargo este punto no se cumple en Sierra Morena.
Cuando
Thurriegel “vendió” en los obispados de Alemania -Estrasburgo, Maguncia, Mainz,
Tréveris, Metz, etc,- la emigración a España, el colonizaje, lo hizo con
palabras extremadamente exaltadas, exorbitando las ventajas de esta tierra, los
derechos que la Corona les tenía reservados a los colonos, y todo tipo de
parabienes que los colonos creyeron que sería una tierra de leche y miel. Y del
mismo modo que se desataron la imaginación y la fantasía de los alemanes y
holandeses y se apuntaban a los contingentes humanos de colonos como el que se
apunta a una excursión (Thurriegel les ocultó que su celo repoblador se debía a
que la Corona le pagaría 326 reales por cada colono que se apuntara), se
desató, también, el celo religioso de los clérigos alemanes, en este caso
capuchinos -una rama de los franciscanos- que se vinieron con ellos con el
propósito de asistirlos espiritualmente en tan largo camino y una vez asentados
hasta que se adscribieran los correspondientes párrocos. En sus propios lugares
de origen los frailes habían desarrollado también su particular publicidad
arrastrando a otros clérigos familiares o amigos.
Pero
la realidad fue otra bien distinta. Tanto los frailes inmigrados como los
capellanes de los regimientos suizos del Ejército -Lubencio, Corandino,
Homobono, Romualdo, Gloekler, Didier- supusieron un escollo dificilísimo que
salvar para la total integración de los recien venidos entre los colonos
autóctonos. Lo que se había querido evitar con la normativa religiosa, lo que
habían temido el superintendente Olavide y el fiscal general de Castilla
Campomanes, estuvo a punto de cumplirse: el enquistamiento de la población
germánica. Los frailes capuchinos y algunos colonos intentaron germanizar las
colonias con un decidido interés por conservar su idioma y su pensamiento.
Aquellos frailes alemanes eran católicos, igual que la mayoría de los colonos,
pero mucho mejor formados y con bastantes menos supersticiones y atraso
cultural que el de los curas y colonos nacionales venidos de Murcia, Rioja,
Galicia, Cataluña y Almería. Y los capuchinos alemanes supieron alentar y
manipular aquella soterrada superioridad de los germanos frente a los
pueblerinos españoles.
Existía,
además, otro elemento a considerar, y era la rivalidad entre las órdenes religiosas
y los recién venidos, y entre éstos y el obispado de Jaén. Había sido expreso
deseo del rey que en las Nuevas poblaciones no hubiera conventos. En el
artículo 78 de la Real Cédula o fuero de las nuevas poblaciones se recoge “no
permitir fundación alguna de convento, Comunidad de uno ni otro sexo; aunque
sea con el nombre de Hospicio, Misión, residencia o Granjería, o con cualquiera
otro dictado o colorido que sea ni a título de Hospitalidad; porque todo lo
espiritual ha de correr por los Párrocos y Ordinarios Diocesanos; y lo temporal
por las Justicias y Ayuntamientos, incluso la Hospitalidad”.
Tampoco era esta una normativa
arbitraria del rey, ni fruto de una pretendida anticlericalidad. Sencillamente
el monarca atacaba la creación de más cargas pasivas en la economía nacional.
Carlos III y sus ministros ilustrados consideraban que los conventos sólo
servían para sustraer a la producción nacional hombres y bienes. Así, pues,
basándose en el Capítulo III del documento tridentino Regularibus, ocultando
que la puntualización conciliar se refería a las fundaciones posteriores a
Trento, no a las anteriores como era el caso, suprimió por Real Cédula de 28 de
septiembre de 1769 todos los conventos que no tuvieran un mínimo de 12 frailes
y las rentas suficientes para sustentarlos, estimando esta renta en tres
ducados por fraile y año. Además prohibió que hubiera más de un convento de la
misma Orden en una localidad, aunque fuera de diferente congregación.
Aquí
en la provincia de Jaén desaparecieron varios conventos por este motivo y otros
muchos tuvieron que asimilarse con conventos de la misma Orden para sumar el
número de frailes decretado por el monarca. Pero, claro, estallaba el agravio
comparativo cuando los frailes nacionales, obligados a cerrar sus conventos,
veían cómo frailes extranjeros colonizaban tierras, cuando el fuero de las
nuevas poblaciones estimaba que fueran curas españoles. Para frailes, bastantes
había en España, y ellos hubieran podido muy bien desempeñar esta labor.
Otro
protagonista en discordia era el obispado. Las universidades, entre ellas la de
Baeza, “sólo servía para sembrar de curas la diócesis”, y el obispo se
las veía y se las deseaba para colocar tanto cura en las parroquias existentes.
El mismo Campomanes denunciaba el anquilosado estado de la universidad “tantas
cátedras que sólo sirven para hacer que superabunden los capellanes y los
frailes, sustrayendo a los estudios útiles que podrían levantar el país”.
Éste era un mal endémico de la Iglesia en España: el mucho y mal repartido
clero, dándose casos como el de Cádiz, con una sóla parroquia, mientras que en
Toro había 16, en Madrid 9, en Toledo 27. En Baeza, ciudad que se vió muy
favorecida en el plano económico con la creación de nuevas poblaciones por el
comercio que desarrolló con ellas, existían 17 conventos y 13 parroquias cuyos
clérigos hubieran podido muy bien hacerse cargo de estos colonos.
Y detrás de todo esto estaba la todopoderosa
Inquisición que veía peligrar su posición tanto en la universidad como en el
poder social, y contemplaba cómo eran
mermadas sus competencias por los ilustrados, la relajación de costumbres en
los recien venidos y los ejemplos de protestantismo de los que ya tenía
conocimiento. Con el envenenamiento soterrado de los protagonistas en cuestión,
la Inquisición fue manipulando intereses a conveniencia propia para hacerse con
el poder de la nuevas poblaciones de donde había sido excluida por expreso
deseo del monarca y de sus consejeros ilustrados, ya que lo que se pretendía
era crear una sociedad ideal exenta de trabas y taras nacionales.
Que
la todopoderosa institución estaba detrás de todas las quejas era un secreto a
voces. Hasta los viajeros extranjeros que recorrieron España a lo largo del
siglo XVIII, y después los románticos del XIX, se hacían eco de las comidillas
que se cocían en Europa acusando a la Inquisición de intolerancia y de querer
abortar el experimento poblacional por estar gestado por hombres
librepensadores e ilustrados. Los diarios y libros de viajes de estos europeos,
aparte de ser amenos y muy curiosos por los tópicos y anécdotas que relatan,
son una fuente inagotable de información para hacernos una idea de cómo era
aquella España dividida que se debatía indecisa entre el progreso y la
tradición más recalcitrante. Extrayendo de estos relatos lo concerniente a este
asunto, veamos lo que dicen algunos de ellos: Jacobo Casanova de Seingault, que
viajó por España entre 1767-68, es decir, en los primeros tiempos de la
colonización, cuando habla de Campomanes en sus Memorias dice que “los
frailes, los curas y los falsos devotos mantienen un odio mortal contra este
ilustre escritor...y la Inquisición ha jurado perderle. En cuanto a Olavide,
amigo suyo, le fue peor, todos sus bienes le fueron confiscados y murió en el
exilio”.
Juan Francisco Peiron, en su Nuevo Viaje
en España, entre 1772-73, comenta el tan traido artículo 77 del Fuero, en
el que se recoge la expresa prohibición de fundar conventos, comunidades
religiosas y hospitales, y deduce que “por eso se desencadenó tanto odio de
la Iglesia, que juró vengarse por medio de su brazo ejecutor, la Inquisición”.
Más adelante, cuando se refiere a La Carolina, comenta que aunque sólo tiene
800 ó 900 hogares hay cuatro curas para el auxilio espiritual de los fieles,
dos españoles, uno francés y otro alemán, y dos iglesias. En 1774, Sir Hew
Whiteford escribe en su Viaje a España y Portugal que en La Carlota hay
una iglesia cuyo clérigo es un cordelero alemán, lo que nos lleva a pensar que
sería luterano, religión donde no es incompatible el servicio religioso con el
trabajo manual; no católico español, donde las teologías y tonsuras les
permitían vivir sin dar golpe.
El Barón de Bourgoing en su Paseo por
España, de 1777, asegura que “la floreciente situación en que las
colonias se encontraban no se sostuvo después de caer en desgracia don Pablo de
Olavide, su fundador”, corroborando que las intrigas dieron su fruto a
medio plazo, aplastando la floreciente emergencia que aun con las
circunstancias extremas se vivió en los primeros tiempos.
En
su Viaje a España, el inglés Joseph Townsend en 1786-87 narra la
desgracia de Olavide y saca la jugosa conclusión de que fue su oposición al
clero “la verdadera causa de su desgracia. No fue ni su impiedad ni su inmoralidad,
sino su odio a los frailes. Ellos por represalias se convirtieron en sus
enemigos implacables y no cesaron de perseguirle hasta que consiguieron
desterrarle de España...No pudieron perdonarle tampoco el haber planteado como
ley fundamental que en los nuevos establecimientos no habría allí ningún
fraile”.
Cinco años más tarde el caballero
francés Lantier escribe en su Viaje a España del Caballero San Gervasio que
en Guarromán se encontraron un anciano luterano de los primeros colonizadores
con el que estuvieron hablando largo y tendido. Este anciano les contaba,
refiriéndose a los primeros tiempos, que aunque iba a misa los domingos nunca
había podido doblegarse a la confesión, por lo que le estuvieron presionando
durante un tiempo aunque ya le habían dejado tranquilo. Después dice “el
porvenir de la colonia me asusta. Temo la venganza de los frailes, son
implacables” y añade refiriéndose al artículo 77 “temo que esa cláusula
acabe con la colonia”.
A
lo largo del XIX continúan las acusaciones a la Inquisición como la maquinadora
de todos los males que le sobrevinieron a Olavide y a las colonias. Aunque ya
ha transcurrido mucho tiempo y justifican este odio con románticas leyendas más
o menos audaces, como la del francés Carlos Dembowski que viaja por España en
1838. Desde La Carolina escribe una carta fechada el 12 de julio en la que
cuenta que la mujer de Olavide tuvo amores con el fraile capuchino Romualdo de
Friburgo y que por eso fue expulsado éste de la colonia. El fraile para
vengarse acusó a Olavide ante la Inquisición de haber negado la infalibilidad
del papa y de idolatría, por haberse retratado con un amorcillo en la mano. Ya
en pleno romanticismo Teófilo Gautier, Alejandro Dumas, Charles Davillier,
Gustavo Doré, coinciden en las descripciones románticas de las nuevas
poblaciones y coinciden, más o menos noveladamente, en afirmar que la desgracia
de Olavide le sobrevino por la intolerancia y el fanatismo del clero,
personificado en la Inquisición.
Con
todo esto, hago hincapié en que el deseo de venganza existía, que no era un
bulo sino una realidad. Había intereses en hacer fracasar el negocio y que el
clero recalcitrante temía perder poder si se le apartaba del apetecido bocado
de las nuevas poblaciones. Como estaba claro que allí no podían actuar mientras
estuviera vigente el Fuero, con su artículo 77, se sirvieron de mil artimañas
para alejar a los frailes alemanes de las nuevas poblaciones, para obligar a
Olavide a aceptar al clero español -aunque fuera acusándolo falsamente- y para
entrar a saco en las conciencias de los recien venidos, conciencias ajenas a su
jurisdicción y a su implacable poder.
Por
todos estos motivos, el obispo de Jaén, fray Benito Marín, que se había visto
beneficiado con la prohibición a los frailes, presionaba a las autoridades para
que se crearan parroquias y poder colocar a los curas de su diócesis cuanto
antes mejor, y que los capuchinos alemanes abandonaran la empresa. Además,
intentaba aprovecharse en sus solicitudes por compensación de la obligación que
se extendió a todo el obispado de que los clérigos debían alojar a la tropa en
sus casas, obligación de la que habían estado exentos hasta entonces.
Entre
las presiones del obispo y las desaveniencias de fray Romualdo de Friburgo con
Pablo de Ovalide -más práctico y menos dado a las monsergas religiosas-, la
situación se fue decantando hacia la elección de curas nacionales y algunos
frailes de órdenes religiosas hospitalarias que se encargaban de la asistencia en
los improvisados hospitales que se fueron levantando para atender la demanda de
los muchos enfermos de fiebres tifoideas. Pero el alemán no estaba conforme con
el omnipotente gobierno de Olavide que se oponía a su importado sistema comunal
de asistencia social. Con un fondo económico fruto de aportaciones personales
de todos sus miembros y de legados y donaciones, pretendía hacer frente a las
necesidades de parados, enfermos, huérfanos y viudas. Esta especie de
mancomunidad o cofradía chocaba con el artículo 77 en el que se recogía
claramente su prohibición, por lo que Olavide se opuso a las ideas e
intenciones del fraile, quien nunca se lo perdonó. Con un refinamiento perverso
en la maquinación y sirviéndose del descontento de otros sectores que protestaban
la actuación de Olavide, su venganza dio frutos.
Las
denuncias del fraile alemán llevaron a Olavide ante la Inquisición,
“curiosamente” en poder de frailes, quien consiguió la caida del Intendente
como la de tantos ilustrados que hubieran llevado la Nación hacia otros
derroteros culturales y sociales, diferentes a los que la Iglesia pretendía.
Pero el capuchino no salió mejor parado porque fue expulsado ante el demostrado
conato de germanización que protagonizó junto a otros exaltados vecinos que se
negaron, enfrentándose abiertamente a las normas de españolización, a hablar en
castellano.
Todas estas cuestiones que eran
“vox populi” en la comarca, no conducían a otra cosa más que a malos
entendimientos con las localidades vecinas o surtidoras de suministros
indispensables para comenzar la vida colonial. Así se puso de manifiesto cuando
a falta de cementerios y dado el ingente número de fallecidos a causa del
tifus, se decidió que fueran trasladados a pueblos comarcanos. Los vecinos
-manipulados ocultamente- se negaron y ofrecieron resistencia en muchos casos,
o nula colaboración en otros muchos, a las autoridades. Veían en aquellos
intrusos, vivos o muertos, personificados todos los males que se le atribuian a
Europa en general y a los ilustrados -entre ellos los Borbones- en particular.
La religión, tan fuertemente enraizada en el pueblo español, cuyo más fuerte y
genuino representante había sido el rey, ahora con la nueva monarquía quedaba
debilitada en sus propias manifestaciones de piedad popular, y los curas y
frailes nacionales postergados ante unos frailes extraños con los que no se
identificaban y que, encima, no hablaban español.
Así,
pues, la rivalidad en las jerarquías religiosas se unió a la rivalidad
religiosa entre los centros urbanos, celosos de sus prerrogativas y
competencias y que no estaban dispuestos a compartir ni a ceder a extranjeros.
Y a la rivalidad religiosa entre individuos, pues los pueblerinos incultos,
para los que Dios hablaba en español, no podían comprender que aquellos alemanes
fueran de su misma fe. La animadversión religiosa unida a un soterrado
sentimiento xenófobo y racista, provocó el rechazo frontal entre los dos grupos
sociales, el de nacionales y el de inmigrados, máxime cuando se desataron las
envidias por la prosperidad de algunos núcleos urbanos.
Algunos colectivos celosos, como el de La
Mesta y otros ganaderos ansiosos de tierra, así como las oligarquías urbanas a
quienes molestaban los advenedizos por el componente de inestabilidad que
aportaban a su modus vivendi, orquestados por los intereses de muchos curas
tradicionalistas oponentes al sistema ilustrado y muchos frailes dolidos por su
postergación, presionaban constantemente con sus denuncias hasta que
consiguieron expulsar a grupos de inmigrados a los que antes se les había
tolerado realizar sus cultos con discreción. El 6 de julio de 1770 salió el
primer contingente de expulsados, dejando atrás muchos miembros enterrados a
causa de las fiebres tifoideas, muchas ilusiones y muchas fatigas, y sus lotes
de tierras pasaron a engrosar las tierras de los más rápidos en maquinaciones.
No por esto se solucionó el rechazo con los
nacionales; son muchos los documentos que demuestran que las bodas mixtas
fueron mínimas y que al cabo de los años aún había gente que pedía ser
confesada en su idioma porque no entendía el castellano.
El
rechazo cultural fue paralelo al religioso, máxime cuando se demostró que
muchos colonos no sólo eran de diferente cultura sino que no tenían cultura
alguna puesto que al contingente de colonos contemplado en el fuero, en el que
debía de haber agricultores y artesanos útiles para la vida modélica de las
nuevas poblaciones, se sumaron todo tipo de maleantes, vagos, vagabundos,
desertores del ejército, escapados de condenas, por un lado, y por otro
artistas de tercera fila que enfilaron el camino a España con la ilusión de
labrarse un porvenir mejor que el presente que disfrutaban en sus lugares de
procedencia. Por tanto, sobre todo con el primer colectivo, quedaba manifiesto
el rechazo puesto que su moralidad y sus costumbres eran bien diferentes a los
de los pueblos giennenses, de tradición anclada en el respeto a la religión, a
las leyes y a la Corona.
Hubieron
de pasar muchos años y vencerse muchas adversidades, para que las nuevas poblaciones
se fueran consolidando. Y del mismo modo a como las casas se iban asentando y
los colonos enraizando en nuestra cultura y en nuestro idioma, también fueron
insertándose en sus vidas los nuevos guías espirituales.
Tras el interim de Quintanilla, con quien las
colonias estuvieron a poco de desaparecer del claro retroceso que sufrieron, ya
con Odeano, el superintendente que siguió a Olavide, al que no se le ha
otorgado suficiente justicia histórica, eclipsado por su antecesor, en las
plantillas de profesionales registrados y asignados en cada una de las nuevas
poblaciones, aparecen sacerdotes y frailes naturales, los primeros a la cabeza
de las feligresías parroquiales, como curas párrocos, y los segundos como
coadjutores para las aldeas. Incluso un auxiliar imprescindible en el desempeño
de las funciones religiosas, el sacristán, al que no siempre se le ha dado la
relevancia que requiere, aparece como individuo español. Esta importancia, debo
decir, deriva del hecho importantísimo de que era también el maestro de la
escuela, el encargado de enseñar las
primeras letras y la doctrina cristiana a los niños, por lo que su
significación en el proceso de aculturación y españolización era incontestable.
Visto
todo este entramado de intereses religiosos, politizado por la presión que
incluso desde Europa se aplicaba al proceso colonizador -los capuchinos
expulsados se preocuparon bien de extender la mala fama al invento, en concreto
el capellán del regimiento Reding que censuraba y criticaba las condiciones sanitarias
y la falta de asistencia espiritual decía en las Cortes europeas y a quien
quisiera oirle que “ni a su peor enemigo le deseaba llegar a Sierra Morena”-, y
por los intereses particulares de individuos concretos que querían hacer
fracasar el experimento dieciochesco, podemos entender perfectamente que el
artículo 77 no fue redactado por la impiedad del Rey o del Intendente.
Es
más, excepto la iglesia de Santa Elena, dedicada a esta santa, todas las
iglesias de las nuevas poblaciones están bajo la titularidad de la Inmaculada
Concepción, lo que viene a confirmar que Carlos III no era un descreido ni un
ateo, antes bien, una persona piadosa, que oía misa y comulgaba a diario antes
del desayuno y el trabajo de gabinete y
que creía a pies juntillas en los dogmas de la Iglesia. Uno de ellos era el de
la Inmaculada Concepción, que aunque no estaba instituido en la Iglesia como
tal, existía una corriente favorable entre los católicos desde bien antiguo,
incluso fue un asunto tratado en Trento que dividió a los padres conciliares.
Unos de los más reacios fueron los dominicos,
incluso cuando en tiempos de Carlos III se solicitó a la Santa Sede que
proclamara el dogma de la Inmaculada argumentaron ellos que aunque fuera
apropiado no era recomendable hacerlo, ocasionando con esto graves tumultos en
las universidades donde muchas de las cátedras estaban ocupadas por dominicos,
al igual que los altos cargos de la Inquisición.
Hombre
práctico, el Rey intentó acabar con los títulos que en nada aprovechaban a la
Nación y potenció de muchas maneras a los trabajadores y diligentes, en un afan
de acabar con los muchos zánganos que poblaban la sociedad. Al instituir la
Orden de su nombre, Carlos III pretendía premiar los buenos servicios y la
valía personal y no la cuna, como se venía haciendo para entrar en las órdenes
militares, a las que recortó en sus atributos y economías. En la Real Cédula de
su institución, en 1771, el monarca dispuso que la patrona de la real Orden de
Carlos III fuera la Inmaculada Concepción, cuya imagen aparecía en una de las
caras de las insignias y por la otra la efigie del rey. Ordenaba que todos los
individuos de la Orden debían comulgar el día de la Virgen o la víspera,
aplicando la comunión por el bien del rey, su familia y la fe católica. El 21
de febrero del 72 es aprobada la Orden por el papa en la bula Benedictus Deus,
en la que declara que no sólo es muy conforme a la piedad del rey sino muy a
propósito para fomentar las virtudes en la nobleza, aprobando, además que
muchos bienes de la órdenes militares, obispados y otras prebendas revertieran
en la Orden de Carlos III, asegurándole una renta anual de dos millones de
reales.
Esta
devoción del rey a la Inmaculada iba pareja a la que le profesaba el pueblo
español. Era casi un punto de fe y rayaba en entusiasmo. Ya en tiempos de
Carlos II por una real orden se estipuló que tras la alabanza al Santísimo
todos los sermones debían comenzar invocando a la virgen Inmaculada. Las
universidades hacían voto de defender ese misterio y numerosos ayuntamientos
tenían hecho el voto desde antiguo. En este clima no es de extrañar que Carlos
III declarara patrona universal de España e Indias a la Inmaculada Concepción,
Ley 16, tít. 1º, lib. I de la Novisima Recopilación, y que colocara como
titular de todas las iglesias que se iban construyendo en las nuevas
poblaciones a la Virgen Inmaculada.
Pero
su amor a la Virgen no le cegaba en su celo de gobernar sin intrusiones del
tribunal de la Inquisición. Siguió el consejo que Luis XIV había dado a su abuelo,
el de conservar este Tribunal eclesiástico para mantener la paz del pueblo, y
cuando hubo conatos por parte de los ilustrados de la Corte de suprimir la
Inquisición, su respuesta fue: “el pueblo la quiere y a mi no me estorba”.
Pero esto no fue óbice para que limitara mucho su poder.
Los primeros enfrentamientos con la
Inquisición se ocasionaron porque el inquisidor general don Manuel Quintano y
Bonifaz había prohibido por su cuenta y riesgo el catecismo de Mansegui que se
enseñaba en todas las escuelas, cosa que el rey consideró abuso de autoridad.
Desterró al inquisidor recluyéndolo en un convento y ante las quejas de la
Santa Sede extendió el famoso Decreto de 1762, Ley 9ª, tít. 3º, lib. II de la
Novísima Recopilación por el que prohibía que ninguna bula, breve o normativa
fuera publicada por la Iglesia -nuncio, inquisidor, obispo, cura- sin la
expresa autorización del rey. Y con la orden expresa al inquisidor de que en
ningún caso se atreviera a censurar un libro o cualquier otro escrito que estuviera
autorizado por el rey. Poco a poco fue menoscabando la autoridad inquisitorial
por lo que no es de extrañar que se la tuvieran guardada al rey, y al no poder
alcanzar tan alta cabeza se vengaran de tanto atropello en la cabeza de sus
hombres de confianza. Uno por uno, todos fueron cayendo, empezando por Pablo
Olavide. El alma de las nuevas poblaciones se vio vejado al tener que soportar
al supervisor real Pedro Pérez Valiente en 1770 quien presionado por ocultos y
poderosos amigos eclesiásticos emitió un informe desfavorable a la puesta en
práctica del proyecto. Se acusaba
a Olavide de esgrimir un poder todopoderoso cuando en realidad sólo hacía que
cumplir a rajatabla las órdenes del rey y el fuero poblacional. Desmenuzando la
cuestión se hubiera resumido en un claro enfrentamiento entre el pensamiento de
fisiócratas que preconizaban la reforma agraria y el cambio social -como
Olavide y Campomanes- y el de los mercantilistas, quienes únicamente pretendían
la protección de las vías de comunicación y por ende del comercio -como Pérez
Valiente, el visitador, y el Marqués de la Corona, ambos con ocultos intereses
comerciales en el asunto. Orquestados y manipulados por el clero quien también
tenía sus particulares intereses en que la reforma agraria no prosperase,
arrastraron a Olavide hasta hacerlo enfrentarse a un vergonzoso auto de la
todopoderosa institución que quería vengarse en él por todo su poder perdido.
Ayudado a huir a Francia en donde es recibido
como un héroe por la Revolución, pronto cae en desgracia por su defensa de las
libertades, con lo que se vuelve a España, perdonado por Carlos IV, viviendo
los últimos cinco años de su vida en Baeza, en la casa del Marqués de San
Miguel, alférez Mayor de la ciudad emparentado con la esposa de Olavide, por entonces
ya fallecida. Aquí pasa los días escribiendo y alimentando la Sociedad de
ilustrados baezanos.
Así siguió la vida hasta que le tocó el
turno a la propia institución religiosa. Por decreto de 18 de agosto de 1809
José I suprimió la Inquisición. Con algunos conatos de resurgir cuando se
recuperó la monarquía nacional, herida de muerte por haber perdido el favor
popular, desapareció para siempre por
Decreto el 6 de julio de 1834. Las nuevas poblaciones siguieron adelante
consolidando su urbanismo y su demografía y demostrándose muy significativas a
lo largo de la Historia de España, como ocurrió con la ocupación francesa. Pero
eso ya es otra historia.
ARCHIVO CATEDRALICIO DE BAEZA (ACB)
ARCHIVO DIOCESANO DE JAÉN (ADJ)
ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS (AGS)
ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE BAEZA (AHMB)
ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL (AHN)
ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE JAÉN (AHPJ)
ARCHIVO REAL CHANCILLERÍA DE GRANADA (ARCHG)
BIBLIOTECA NACIONAL de MADRID (BNM)
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