II CONGRESO “LA ILUSTRACIÓN: PABLO DE OLAVIDE Y SU ÉPOCA

Jaén, del 21 al 23 de febrero de 2003

UNED y Real Sociedad Económica de Amigos del País                        

 

 

                La ciudad ideal: Entre la razón de Estado y la fe. El Rey, el Intendente y la Inquisición.

                                Dra. Mª Cruz García Torralbo. UNED.

  

                Introducción

                La creación de nuevas poblaciones en España, acometida por el rey Carlos III hay que enmarcarla en los profundos cambios que experimentó la Nación española con el advenimiento o instauración de la nueva monarquía de los Borbones. No hay, por tanto, que verlas simplemente como el fruto indepediente de la labor de Estado de un monarca ilustrado, antes bien, como el resultado de la transformación continuada que se imprimió desde la Corona a la estructura política, social, religiosa, laboral, etc. de España.

                                Como todos sabemos, el cambio de dinastía se originó porque el último austria, Carlos II, había muerto sin herederos, por lo que dejó estipulado en su testamento como heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. Pero las potencias extranjeras, unidas en la Gran Alianza de la Haya, temen la unión de España y Francia y rechazan al heredero legal, decantándose por Carlos de Austria. Estalla la llamada Guerra de Sucesión entre los partidarios de uno y otro aspirante al trono hasta la victoria de Felipe V, durando la guerra de 1702 a 1714.

                                La confusión creada con el clima bélico que se vivía en España con la Guerra de Sucesión fue aprovechada por Felipe V para acometer la reforma de las estructuras estatales heredadas de los Austrias. Basándose en el derecho de conquista y en que uno de los atributos de la Corona es la imposición y derogación de leyes, acomete las deseadas reformas que se van completando con los sucesivos monarcas.

                Así, pues, el siglo XVIII abre a España las puertas de una nueva y capital etapa en nuestra historia con los decisivos cambios que se operaron:

                - cambio de dinastía

                - reestructuración del país, con la reforma fiscal y la creación de una única contribución, creación de las Secretarías de Estado y Despacho y las Intendencias, mejora del Ejército, elevando su prestigio, etc.

                - apertura del pensamiento y cultura europeos

                - inicio de la industrialización

                - mejor aprovechamiento de los recursos de ultramar

                - reformas en agricultura y comercio.

                Todos estos cambios que introdujo Felipe V y continuó su hijo Fernando VI, prepararon el camino a Carlos III, quien los consolidó, mejoró y aumentó según los casos hasta conformar un país que en nada se parecía ya al heredado de los Austrias.

                Ubicado, pues, en este marco de reformas el fenómeno de la colonización, debemos contextualizarlo en la secularización del pensamiento y en las tendencias racionalistas que inundaban a la Nación en aquel tiempo. Para ello debemos repasar un capítulo importante -importantísimo- de la política interna de la Corona: las relaciones entre el Estado Español y la Santa Sede:

                En España, el papel del clero, de la Iglesia, era de capital importancia como para dejarlo fuera de juego en los nuevos tiempos. Sin embargo, y aunque hubo clérigos de mentes lúcidas que mostraron un pensamiento a la altura de las ideas y corrientes europeas, lo cierto es que en su mayor parte el clero español se puso en guardia ante las novedades que se avecinaban y que podían poner en peligro su situación de privilegio e inmunidad. Además, hay que tener en cuenta que habían pasado los tiempos de lucha contra el protestantismo y la herejía y que la evangelización americana había perdido el ímpetu glorioso de los primeros tiempos, ya dos siglos.

                Los roces con Felipe V fueron continuados y tensísimos pues Clemente XI había apoyado claramente al otro candidato al trono y Felipe V nunca se lo perdonó. Con una sistemática represión a los obispos seguidores del austria y la expulsión del nuncio apostólico. Las dificultades se pronunciaron cuando el futuro Carlos III, a la sazón rey de Nápoles, invadió los Estados pontificios. La cosa se pone fea para el papa, Clemente XII, que se ve obligado a firmar el Concordato del 26 de septiembre de 1737, por el que Felipe V se reserva la potestad de nombrar cargos eclesiásticos de importancia, inicia la presión fiscal al clero, presenta obstáculos serios a los aspirantes al sacerdocio, prohibe al papa imponer pensiones en las parroquias y, finalmente, ordena la sujeción a Hacienda de los bienes eclesiásticos igual que los laicos. Llevaban a cabo las conversaciones, por Clemente XII el cardenal Ferrao, y por Felipe V el cardenal Troyano Acquaviva. Con todo, nunguno quedó satisfecho y las conversaciones continuaron, ahora ya con Benedicto XIV.

                Fernando VI considera que el tema de las relaciones de España con la Santa Sede es “el negocio más grave e importante de la Monarquía”, y procuró eliminar la acritud con que se había visto cargado en tiempos de su padre. Así, tras 16 duros años de negociaciones se consigue firmar un nuevo concordato en 1753:

                - Las rentas de los obispados vacantes y los expolios pasaban a obras pías.

                - El patronato Real se hacía cargo de todas las canongías, prebendas y beneficios, excepto de 52 para la Santa Sede.

                -La Corona pagaría 5.000 escudos anuales en concepto de sostenimiento de la nunciatura apostólica

                - Las gracias a particulares y dispensas matrimoniales, por las que Roma se embolsaba muy buenos dineros, quedaban igual.

                Aunque en el papel suponía un paso decisivo y victorioso sobre el poder temporal de la Iglesia, lo cierto es que en la realidad su fruto fue más bien escaso puesto que la Iglesia nacional se encargó de socavar los resultados que pudieran perjudicarle.

                Con Carlos III se profundiza en estas medidas y concesiones papales, pero no se alcanza el nivel de retirada de la Iglesia de los asuntos terrenales de otros países europeos. No obstante, la publicación del “Tratado de la Regalía de Amortizaciones” en 1765 compendia y fija la posición del Estado Español frente a la Iglesia.

                En lineas generales, en todo este tiempo puede decirse que el clero secular español no estuvo a la altura a los tiempos, por su falta de preparación y formación, mientras que el clero regular fue atacado sistemáticamente con las medidas desamortizadoras de los sucesivos monarcas, reprimiendo el trabajo que hubieran desarrollado muy bien por su formación si se les hubiera dado opción a tomar posiciones. Al clero bajo, al de los pueblos, se le pide que arrime el hombro en la labor del Estado, que colabore con el fomento económico, en la educación del pueblo por el trabajo. Al estar en contacto en los pueblos y ciudades con las gentes, en el medio rural, etc, eran pieza importantísima en la educación, por el asecendiente que tenían sobre las gentes. Se les consultaba para los censos, se les pedía su colaboración para llevar a cabo las reformas, se les estimulaba a que participaran en las sociedades económicas de Amigos del País, se les instaba a que se formaran y se instruyeran para poder ayudar a los demás. Con su ayuda se fue introduciendo, poco a poco, en las mentalidades pueblerinas que era más importante generar empleo que dar limosna. Así se estimulaba a recoger a los mendigos e indigentes para su formación e introducción en el mundo productivo. Las primeras medidas represivas sobre todo a los gitanos, que había dictado Felipe V, se suavizan con Carlos III que con su Pragmática de 1753 ordena que se dediquen a la agricultura abandonando sus costumbres errantes y fijando su residencia.

                De este modo, en todo el país fue cundiendo la idea de que era mejor trabajar y fundar una familia y procrear que engrosar las filas de clérigos, que, además acaparaban los pocos bienes que había y cuestionaban las decisiones reales en función de los intereses particulares de Roma. De este clima de general desacreditación del poder temporal de la Iglesia y de este ambiente de hostilidad entre los defensores del regalismo y los del papado, da buena muestra la expulsión de los jesuitas de todas las tierras de la Corona española ordenada por Carlos III el 2 de abril de 1767. Con anterioridad habían sido expulsados de Portugal en 1759, de Francia en 1764, y de Nápoles y Parma también en 1767. Por fin, Clemente XIV disolvió la Compañía en 1773. Sólo Federico II de Prusia y Catalina la Grande de Rusia acogieron a los jesuitas en sus reinos.

                 En fin, tenemos, pues, que la labor regeneradora de España de Carlos III abarca a todos los estamentos sociales, buscando que desde la nobleza hasta los grupos más marginales se incorporen al proceso de reformismo social.

               

                La ciudad ideal

                En este esfuerzo por la reformación total del país, desde sus cimientos hasta la Corona, aparece la empresa por antonomasia que compendia su espíritu: la experiencia de las nuevas poblaciones. Presentado el proyecto por Gaspar de Thurriegel con el informe favorable de Pablo Antonio de Olavide, es aprobado por Real Decreto en febrero de 1767 y nombrado a Olavide superintendente de la nuevas poblaciones que se creen.

                Hay estudiosos que ven el proceso colonizador de Sierra Morena como una obra extraordinaria, salida de pronto de una mente preclara como la de Carlos III o de Olavide por arte de ciencia infusa, o algo parecido. Sierra Morena no se eligió por capricho ni las nuevas poblaciones se fueron ubicando aleatoriamente en sus lugares, a gusto de los promotores, sino que obedecen a un estudiado plan de colonización, como todo lo que hacía la Corona Ilustrada. Se había informado, se tenía constancia por los intendentes e inspectores, que existían zonas en la Mancha y en Andalucía, sobre todo en el eje Madrid-Cádiz, en que el despoblamiento, rayando el desierto humano, favorecía el bandolerismo y el pillaje, y enormes extensiones de tierras permanecían incultas.            

                Esto no era nuevo. Toda Castilla, y la provincia de Jaén en concreto, siempre mostró a lo largo de la historia un gran déficit poblacional. Ya doña Juana la Loca mandó cédulas en 1508 ordenando fundaciones en la Sierra de Jaén, y bajo su hijo El Emperador se llevaron a cabo las fundaciones de Mancha Real y Valdepeñas de Jaén, en 1537 y 1579, que junto a Villares, Carchel, Carchalejo y Cambril constituyen un importante núcleo de colonización interior. En el siglo XVII, aunque no se fundan ciudades, se crean barrios en las ciudades que contra la tónica dominante de recesión, conocen un crecimiento urbano como Sevilla, Granada o Ronda. En el siglo XVIII, Goyeneche, ministro de Felipe V, ordenó la creación de Nuevo Batzán, en Madrid, entre 1709 y 1713. También se acometió la ordenación del territorio de la huerta murciana, y todos estos ejemplos sirvieron como base a los proyectos colonizadores de Fernando VI y su ministro Ensenada, abriendo el camino a las realizaciones urbanísticas que emprendió Carlos III y a su afan de atajar el despoblamiento.

                El Siglo de la Ilustración está plagado de nuevas fundaciones poblacionales en toda España, así como en América. Se crearon nuevas poblaciones agrícolas como las que estamos tratando, nuevas poblaciones industriales como San Fernando de Henares, nuevas poblaciones portuarias como la Barceloneta o Águilas, nuevas poblaciones para protección de costas como Nueva Tabarca, nuevas poblaciones para protección de caminos como Villarreal de San Carlos, y nuevas capitales y sitios reales como Aranjuez. Y en todas ellas la monarquía ilustrada mostró continuidad con los intentos de corregir la despoblación que desde siempre habían mostrado las tierras de la Corona en España.

                Pero sobre todo, y con ser importantísimo el celo repoblador de los monarcas, lo más importante que aporta Carlos III es el ensayo que se llevó a cabo para crear en estas nuevas poblaciones de Sierra Morena el ideal de sociedad que el pensamiento ilustrado preconizaba. Ideal de sociedad y modelo urbano unidos permitirían mostrar poblaciones ajenas a las ataduras sociales, económicas y religiosas que arrastraban por su historia las ciudades españolas existentes.

                Por lo demás, la creación de las nuevas poblaciones de Carlos III, se ajustaba a los paradigmas urbanos que desde Hipódamo, seguidos por la castramentación romana, los proyectos de expansión conquistadora y los fines centralizadores de cohesión, asimilación e integración territorial, se habían dado en España como heredera urbana de Occidente. Todos estos conceptos, concretados en la evolución formal en damero, eran comunes y profundamente arraigados en la mentalidad y en la cultura española, y sobre todo en los planteamientos fundacionales de la Monarquía, puesto que a ella le estaba dado un lugar de honor en la fundación de nuevas ciudades desde la antigüedad.

                Estas evidencias urbanizadoras basadas en el concepto de ciudad ideal de los tratadistas antiguos y medievales -Hipócrates, Aristóteles, Polibio, Higinio, Vegecio, Vitruvio, Eximenic y Santo Tomás- retomadas por los renacentistas y barrocos -Alberti, Filarete, Leonardo da Vinci, Durero, Scamozzi, Cataneo - y potenciadas por las utopías sociales de los ilustrados y neoclásicos -Boullée, Ledoux y Fourier- se pueden rastrear en todas las ciudades fundadas con el deseo de conseguir el entorno físico perfecto para las necesidades del ser humano. Se habla y se escribe mucho respecto a las plantas ideales de los pueblos de las nuevas poblaciones, como si hubiera sido un invento de Carlos III o de Olavide, ideas destinadas en exclusividad a Sierra Morena, llevadas a la práctica como salidas de una idea luminosa que tuvo la Ilustración española. Y nada más lejos de la realidad. El deseo de conseguir una ciudad ideal ha movido a los urbanistas y arquitectos de todas las épocas a concebir una serie incesante de modelos teóricos llevados en la mayoría de los casos a la práctica, y en los que el trazado de sus calles en damero -o trazado reticular, o trazado en malla, como ustedes quieran- ha sido común a casi todos ellos. Este trazado cuadrangular arrastrado desde la Edad Media en las “bastidas” fue el más utilizado en la España Cristiana, como síntesis de la idea aristotélica de ciudad, ampliada con la idea agustiniana de “ciudad de Dios”, en la que todo trazado está previamente bien planteado, aunque bien es verdad que el concepto de “ciudad ideal” quedó en el barroco limitado a los tratados de urbanismo, pues se perdió el rigor clasicista haciendo que la ciudad se desarrollase de manera más desordenada y espontánea, llegando otra vez con el Neoclasicismo a retomar la idea de una ciudad perfecta, ideal.

                El equipo ilustrado de Carlos III, que por eso se llamaba ilustrado, conocía perfectamente este asunto por los tratados de urbanismo y arquitectura que se leían en toda Europa, y decidieron conseguir esta “ciudad ideal” de los libros en las nuevas poblaciones que se iban a levantar para repoblar aquella desvencijada España del XVIII o aquel maltrecho Imperio americano en el que ingleses y franceses pretendían hincar el diente.

                 Con trazado reticular, orientadas según los puntos cardinales, con un espacio central en donde se concentran los tres símbolos del poder -eclesiástico, político y económico- y con unas funciones de organización territorial, sea en España sea en el Nuevo Mundo, lo que se pretende es la ordenación del espacio exterior que permita una forma de vida plenamente satisfactoria, lo mismo que el hombre lleva pretendiendo desde la Antigüedad. Es decir, existe una línea sin solución de continuidad desde Mileto-Zaragoza-Santa Fe-Panamá-La Carolina, por poner unos ejemplos espaciales y temporales sucesivos que nos atañan.

                Así pues, cuando se inició el proceso de colonización americano tras la conquista, éste fue el modelo urbano exportado para la creación de ciudades americanas. En este modelo tiene especial importancia la planta del convento asignada a las manzanas esquineras de la trama urbana, de manera que al experimentarse el desarrollo urbano los conventos nucleicen a la nueva población quedando en el centro de los nuevos barrios. Todo porque fue a las órdenes religiosas a las que se les encomendó la tarea de cristianizar aquellas tierras. En Sierra Morena éste será un factor inexistente de desarrollo urbano a tener cuenta por la prohibición del artículo 77, aunque el plano respete los supuestos de la malla derivaba de los ejes perpendiculares, y será el trazado de la iglesia el factor dominante del urbanismo dieciochesco en las nuevas poblaciones. Este será el único punto diferente en el urbanismo entre las ciudades fundades en América y las ciudades fundadas en Siera Morena.

                Otro factor a tener en cuenta es el de la ubicación de los pueblos. Si bien Olavide hubo de desplazarse a la Peñuela en agosto del 67 para elegir los lugares a repoblar, es bien sabido que, grosso modo, habían de ubicarse a lo largo del eje viario Madrid-Cádiz, por lo que en principio éste sería uno de los ejes dominantes en la trama cuadrangular urbana de las nuevas poblaciones. El otro vendría significado por la existencia de algun camino hacia aldeas anexas, aunque siempre de menor embergadura que el eje viario principal. La cuadrícula resultaría del reparto de suertes a los colonos a uno y otro lado de estos ejes. Como vemos, la fidelidad al modelo tradicional de orientación cardinal y trazado ortogonal es patente, con la salvedad de la existencia de conventos, y naturalmente, perdida la función defensiva de su topografía -por eso no se construyen en cerros- y de su urbanismo -por eso no se amurallan.

                 Pues, bien, en este diseño reticular de las nuevas poblaciones hay que hacer constar que no hubo arquitectos ni artistas. No hubo arquitectos porque la creación de ciudades se debía, conforme a la tradición, a los ingenieros militares. Este sistema de trabajo arrastrado desde siempre, utilizado por los RRCC, practicado por el Emperador y consolidado desde Felipe II contemplaba en su plantilla un militar, un ingeniero, un maestro mayor de obras, un delineante y otros especialistas menores, y es fácilmente comprobable cómo la ingeniería militar estaba íntimamente unida a la arquitectura militar, y por extensión a la arquitectura de urgencia, como era el caso de la construcción de las nuevas poblaciones.

                Definida perfectamente ya en el XVII la diferencia entre arquitecto y maestro de obras, tanto en su plan de estudios como de prácticas, era más difusa la línea divisoria entre arquitecto militar e ingeniero, máxime teniendo en cuenta que era la formación personal del arquitecto la que añadía el adjetivo a la arquitectura, por lo que solían ser el mismo sujeto. Los ingenieros militares o arquitectos militares atendían más a la técnica y a la ciencia que al arte, papel reservado a la arquitectura artística como disciplina humanista que era, por lo que fueron los ingenieros militares los encargados de levantar las nuevas poblaciones. Ya lo decía el fuero: las construcciones deben ser simples, sencillas, como a casas de labradores se refiere, sin adorno superfluo ni arte. Ideas recogidas de Boullée para quien su ideal era la sencillez y austeridad en las clases pobres, y de Ledoux, que había promovido un estilo funcional en el que era de capital importancia la sencillez aplicada a solucionar las condiciones sociales de los trabajadores, jornaleros y los más desfavorecidos. Ideas, al fin y al cabo, que preconizaba el arquitecto favorito de Carlos III, Sabatini, cuando decía que las construcciones deben ser pulcras, es decir, sin adornos superfluos ni gastos ostentosos.

                Si en tiempos de Felipe II primaron los ingenieros a la italiana en la construcción de campaña, al lado de los militares que dirigían la misión, con Carlos III se observa claramente que el cambio de dinastía no se había operado vanamente con Felipe V. Ahora la Corte estará influenciada por Francia en todos los órdenes de la vida y aunque por su experiencia napolitana Carlos III demostraba una profunda filia a lo italiano, sus raíces borbonas le llevaban a ampararse en sujetos de clara tendencia francófona. No hay que perder de vista en ningún momento las construcciones versallescas de esta monarquía en las que los arquitectos -aunque fueran italianos- cumplían las directrices galas de trazados, plantas y artes suntuarias.

                Aquí, en las nuevas poblaciones, como no hacía falta servirse del arte, ya lo decía el fuero, no vinieron los arquitectos a trazar las viviendas agrícolas, sino que, como si de un campamento militar se tratara, se fue cuarteando el suelo indicado y se fueron levantando las casas simples, sencillas, con dos plantas y amplios corrales como a toda vivienda agrícola corresponde. Pero, ¿qué pasó con las iglesias? Solo hay que repasar la correspondencia entre los militares, los intendentes y los ingenieros que intervinieron en el proceso edilicio de las nuevas poblaciones para ver que en un primer tiempo la construcción de las iglesias fue un gran desastre, como lo fue el de las viviendas de los colonos.

                Concebidas como campamentos militares, las nuevas poblaciones se vieron abocadas a la improvisación, no porque se aproximara el enemigo, sino porque se echaron encima los colonos sin que estuvieran construidas; es más, sin que estuvieran elegidos los terrenos. Tan grande fue el celo propagandístico de Thurriegel que empezaron a llegar contingentes humanos sin que, en muchos casos se hubiera elegido la ubicación de los mismos. Además, se les vino encima el invierno y aquellas pobres gentes se vieron hacinadas en barracones militares con sus familias, en condiciones infrahumanas y sin que llegaran los peltrechos ni la intendencia. Olavide se las veía y se las deseaba para acoplar a todos, y los militares que dirigían la campaña comenzaron a dar síntomas de debilidad ante la crudeza de la misión, exigiendo doble paga porque sus competencias se veían desbordadas por el trabajo de campo que se veían obligados a realizar.

                Con más trabajo que medios y con la ayuda de los propios colonos se fueron levantando las casas y antes de un año de su entrega ya presentaban signos visibles de deterioro. Se desplomaban las tapias, se rajaban las paredes o se hundían los techos. Aquel campamento de ladrillo de adobe y teja se venía abajo. Las construcciones religiosas, que por mandato de los directivos e ideólogos del asunto, eran lo primero que había que construir, no corrieron mejor suerte. Más que iglesias, aquellos primeros centros religiosos eran naves con una pequeña espadaña encima para la campana, y por su precariedad y materiales poco indicados, se desplomaban en poco tiempo.

                ¿Tuvo que ver en el proceso de ruina que su traza no se debiera a verdaderos arquitectos? Es posible, aunque no fue éste el único motivo. Piénsese que los ingenieros arrastraban una tradición de siglos en la concepción y ejecución del aparato defensivo de la Monarquía y en la comisión de las obras públicas el Estado. Con Felipe II se habían fortificado las costas españolas tanto de la penísula como en América y que muchos de estos baluartes y castillos aún perduran hoy día, por lo que no fue culpa de los artífices, sino de la suma de elementos negativos que vinieron a procurar el desenlace fatal de aquellas primeras construcciones: materiales pobres, lugares no indicados por su topografía y su suelo, rapidez de las obras que llevaba aparejada la chapuza, y los elementos humanos no adecuados. Si los ingenieros extranjeros -Simón Desnaux, José Branly, Gabriel Sain-Germaint, Beltran Beumont, Dionisio Kelin, Casimiro Isaba-  llevaban la voz cantante en la dirección de las obras, bien es verdad que fueron maestros de obras nacionales, Miguel de Gijón, Silvestre Gómez, Jacinto de Garaña, Antonio Losada, Jorge Barberi,  los que quedaban ejecutando los proyectos, mientras aquellos iban y venían de unas poblaciones a otras supervisando y dirigiendo y levantando los planos que la Corona les exigía. Los maestros de obras hacían más de lo que podían, a algunos su celo les llevó a alcanzar la gracia real de ser denominados “arquitecto de mérito”, como Antonio Losada, llevando a la confusión a los estudiosos en el tema que le consideran arquitecto. Era este título un reconocimiento a su labor, algo así como el “doctor honoris causa” de hoy día, que nombraba la Real Academia de San Fernando.

                La fe

                Todos conocemos ya los planteamientos del fuero de creación de las nuevas poblaciones:

                - propiedad campesina de tipo familiar con una extensión de 50 fanegas

                - agricultura asociada a la ganadería, por expreso deseo de Campomanes

                - vivienda próxima al campo para ahorrar costos y tiempo

                - revalorización de los trabajos mecánicos como complemento a los agrícolas

                - ubicación sana, ventilada, sin aguas estancas

                - proximidad a las vías de comunicación

                - educación primaria asegurada, prohibición de la superior

                - cargos municipales electos y temporales, etc.

                Todos estos puntos podrían ser analizados a la luz de todas las ideas expuestas anteriormente y veríamos que tienen cabida exacta y puntual en la mentalidad ilustrada de sus creadores. Pero pasemos a revisar la cuestión religiosa.

                Podría pensarse que en aquella época de renovación, de abierto enfrentamiento a la Iglesia, de Ilustración y raciocinio, la religión no tendría mayor importancia. Incluso podría pensarse, hay quien lo ha hecho y lo ha escrito, que el rey y aquella camarilla de ilustrados que le asesoraban eran unos descreidos, unos ateos, unos conspiradores contra el cielo y la Iglesia. Y nada más lejos de la realidad. Por eso hemos repasado antes el espíritu de la reforma, y el claro proceso que inició Felipe V y concluyó en muchos postulados Carlos III. Los ilustrados no eran unos descreidos ni ateos, no iban contra el poder espiritual de la Iglesia. Muy al contrario, entre sus filas había numerosos clérigos, personas cultísimas de la Iglesia, tanto del clero secular como del regular. El mismo rey Carlos III era una persona piadosa, fiel creyente y devoto practicante cristiano.

                 Los ilustrados iban contra la superstición, contra el atraso cultural que sólo servía para manipular a las personas a conveniencia de intereses particulares, contra el atraso técnico y comercial, contra los perezosos y los vagos, contra las clases pasivas improductivas, contra tanto clérigo barrigón que sólo se preocupaban de llenar sus estómagos y sus bolsas y no sus cabezas, contra tanto convento que absorbía la población masculina productora y reproductora, etc, etc. Contra todo esto iban el rey y sus ministros y no contra Dios ni contra la Iglesia como institución espiritual de comunión de fieles. Lo que ocurrió es que todos estos parásitos temían que se les acabasen las prerrogativas y por eso arremetieron con furor la propaganda del descrédito a la renovación que impulsaba la Corona.

                 Hay que tener muy claro que lo que el rey y sus ayudantes ilustrados querían era separar  el poder civil del eclesiástico, como ya dije antes. Todos los conflictos que hubo entre el papado y la realeza española vienen de ahí. Y si no, lean ustedes el Juicio Imparcial de Campomanes y verán como lo que se pretende es esto; en él recoge los fundamentos del regalismo y expone sin medias tintas ni rodeos los derechos del trono frente a los del altar. Y fue esta corriente regalista la que impregnó la sociedad toda, encontrando en todos los estamentos representantes muy dignos que sostenían que la Iglesia debía limitarse al poder espiritual y no inmiscuirse en asuntos de Estado.

                Por poner un ejemplo, veamos lo que dice el poeta Meléndez Valdés, que era fiscal del Estado a su vez:

                “Recobrar lo perdido, restituir a la soberanía la plenitud de sus prerrogativas y derechos, salir de una vez de la indebida dependencia que tantos sacrificios ha costado, marcar en todos los puntos los verdaderos límites de las dos potestades, dar a la policía civil cuanto le corresponde y dejar a la eclesiástica toda la plenitud espiritual y divina que quiso concederle su celestial fundador. Todo esto es tan necesario como urgente y de tanto provecho para el Estado como para la misma Religión”.

                 Y no es él sólo. En la segunda mitad del siglo XVIII esta corriente regalista circula vigorosa por todo el país. Universidades, Sociedades económicas, en los tribunales de justicia, en muchos obispados, hay hombres que se muestran favorables a que el soberano recupere las prerrogativas que poco a poco se le han ido arrebatando en favor de la Iglesia. Este fue el espíritu que alentó en el fondo del problema jesuítico, que trabajaban más por el poder del Papa que del propio país. Por eso el rey les expulsó, porque socavaban los cimientos del Estado en favor de Roma, no porque el rey ni sus ayudantes fueran unos descreidos o anticlericales.

                Por este motivo, la Corona contempló en las normativas del fuero de creación de las nuevas poblaciones, además de todos los aspectos sociales y urbanos que hemos visto antes, unas pautas religiosas que había que seguir escrupulosamente y respetar:

                - Todos los colonos repobladores habían de ser católicos

                - Se aseguraba la asistencia religiosa a los colonos y a sus familias

                - Se contemplaba la presencia de un cura párroco en las nuevas poblaciones adscrito al obispado.

                - Se procuraba de inmediato la construcción de una iglesia para el culto.

                Como es obvio, con todas estas premisas quedaba claro que quedaban excluidas todas las manifestaciones religiosas que no fueran la fe católica, pero también quedaban excluidas todas las tentativas de los clérigos de extender su poder a parcelas que no fueran extrictamente las religiosas.

                                Pero, para profundizar más en el tema, no debemos pensar tampoco que la razón de determinar la fe católica para las poblaciones de nueva creación fuera la piedad del rey o su sincera fe. En el talante tolerante de un ilustrado hubiera tenido cabida perfectamente la aceptación de cualquier religión. Hay, por tanto, que buscar razones políticas para que el rey contemplara la religión católica la única permitida en las nuevas poblaciones. Y estas razones políticas, efectivamente aparecen y son:

                - la rápida integración que se pretendía de los colonos

                - la españolización de los extranjeros

                - el posible enquistamiento de núcleos urbanos potencialmente peligrosos social y              políticamente.      

                En su informe, Olavide recomienda que con los colonos vayan sacerdotes españoles predicando, confesando y explicando la doctrina en español, y será el incumplimiento de este punto el que origine fricciones entre colonos germanos y españoles, y el que ocasione problemas muy serios a Olavide llevándole ante la Inquisición. Cuando de agosto a septiembre del 67 comiencen a llegar colonos, lo hacen bajo la dirección espiritual de frailes capuchinos alemanes al mando de fray Romualdo de Friburgo que en su intento de germanizar la zona choca frontalmente con Olavide. Hasta que no se deshaga de este personaje no quedará zanjada la cuestión.

                Era, por tanto, necesario una selección religiosa que guardara escrupulosamente los criterios objetivos de la expedición y asentamiento. Piénsese que los colonos europeos que se trajeron provenían de Centroeuropa, alemanes en su mayor parte, y holandeses, y que aquellas tierras habían sido tierras de herejes y protestantes. Así, se insistió en elegirlos diáfanamente católicos, sin duda alguna, ya que la finalidad a que iban destinados -crear una sociedad modelo- y la zona en que se habían de ubicar -los desiertos de la Mancha y Andalucía, primordialmente- aconsejaban una ortodoxia de pensamiento tal que evitara focos heréticos contrapuestos a la política interior de unidad nacional basada en la unidad de la fe.

                Pero como todo lo que se hace deprisa, aquello salió mal. Arropados por el anonimato que da la masa, entre la mayoría de católicos entraron en nuestras fronteras muchos protestantes. Con lo que se demuestra que la selección no fue tan rigurosa como se pretendía; es más, o no hubo selección o no se les preguntó siquiera qué religión profesaban, como muchos de ellos reconocieron una vez asentados en las nuevas poblaciones. Entre los directivos se comenta epistolarmente la cuestión y se ruega más pulcritud en el cumplimiento del fuero en cuanto a materia religiosa se refiere, pero no tiene, en los primeros tiempos mayor trascendencia, quizás porque se espera que al ser minoría pronto abandonarán sus creencias y adoptarán el catolicismo como es deseo del Rey.

                Este es un punto, por tanto, muy importante y que se debe tener siempre presente. Con la Ilustración, nunca se puso en cuestión ni la religión católica ni la deseable unidad de la fe, por la sencilla razón de que, a causa de las estructuras de la sociedad española, la unidad política, el aglutinamiento del Estado, estaba apoyado en la unidad de la fe. El pueblo español era católico, y en la defensa de su fe siempre se vieron mezclados otros elementos que llevaban emparejados distinción de raza, de cultura y de nacionalidad. El pueblo llevaba en sus genes la creencia, engordada contínuamente con las predicaciones fanáticas de los interesados, de que lo que no era español y católico no podía ser bueno. Y estas creencias le sirvieron a lo largo de los siglos a la Monarquía para enraizar su razón de ser. Y si no, repasemos la Historia:

                -¿Cuándo se expulsó a los judíos? Cuando los RRCC comprendieron que peligraba la unidad social en el pueblo y creaba inestabilidad a la Corona.

                - ¿Cuándo se persiguió a los erasmistas? Cuando Carlos I entendió que peligraba su política de eliminación de protestantes por la tolerancia que predicaban aquellos.

                - ¿Cuándo se aplastaron a los moriscos? Cuando Felipe II temió connivencias entre éstos y los moros africanos para una posible invasión de la Península.

                - ¿Cuándo se expulsaron a los moriscos? Cuando Felipe IV pensó que la Corona peligraba ante la divisón de las creencias y los modos de vida.

                Siempre, tras medidas que a primera vista pueden parecer racistas o xenófobas, se esconde o subyace una poderosa razón de Estado, la unidad de la Nación.

                 Por razones que, para analizarlas deberíamos ahondar en la Alta Edad Media y que ahora no debemos extendernos, Monarquía e Iglesia habían caminado de la mano, apoyándose y sustentándose una en la otra, y ambas entendían que ninguna subsistiría sin la otra, por la sencilla razón de que tenían raíces e intereses comunes. Pero con la Ilustración se produce la divergencia, el divorcio entre ambas instituciones. El Rey Ilustrado no quiere injerencias eclesiásticas en su gobierno y una de sus primeras medidas es deshacerse del presidente del Consejo de Castilla, el obispo Rojas, y poner en su lugar al Conde de Aranda, pero la religión, sus dogmas y normas nunca fue cuestionada.

                De esta poderosa razón de Estado da cuenta el deseo de Carlos III -y por tanto de Olavide, o viceversa- de que la autoridad religiosa sea española, que prediquen y expliquen la doctrina y administren los sacramentos en castellano para la rápida españolización. Sin embargo este punto no se cumple en Sierra Morena.

                Cuando Thurriegel “vendió” en los obispados de Alemania -Estrasburgo, Maguncia, Mainz, Tréveris, Metz, etc,- la emigración a España, el colonizaje, lo hizo con palabras extremadamente exaltadas, exorbitando las ventajas de esta tierra, los derechos que la Corona les tenía reservados a los colonos, y todo tipo de parabienes que los colonos creyeron que sería una tierra de leche y miel. Y del mismo modo que se desataron la imaginación y la fantasía de los alemanes y holandeses y se apuntaban a los contingentes humanos de colonos como el que se apunta a una excursión (Thurriegel les ocultó que su celo repoblador se debía a que la Corona le pagaría 326 reales por cada colono que se apuntara), se desató, también, el celo religioso de los clérigos alemanes, en este caso capuchinos -una rama de los franciscanos- que se vinieron con ellos con el propósito de asistirlos espiritualmente en tan largo camino y una vez asentados hasta que se adscribieran los correspondientes párrocos. En sus propios lugares de origen los frailes habían desarrollado también su particular publicidad arrastrando a otros clérigos familiares o amigos.

                Pero la realidad fue otra bien distinta. Tanto los frailes inmigrados como los capellanes de los regimientos suizos del Ejército -Lubencio, Corandino, Homobono, Romualdo, Gloekler, Didier- supusieron un escollo dificilísimo que salvar para la total integración de los recien venidos entre los colonos autóctonos. Lo que se había querido evitar con la normativa religiosa, lo que habían temido el superintendente Olavide y el fiscal general de Castilla Campomanes, estuvo a punto de cumplirse: el enquistamiento de la población germánica. Los frailes capuchinos y algunos colonos intentaron germanizar las colonias con un decidido interés por conservar su idioma y su pensamiento. Aquellos frailes alemanes eran católicos, igual que la mayoría de los colonos, pero mucho mejor formados y con bastantes menos supersticiones y atraso cultural que el de los curas y colonos nacionales venidos de Murcia, Rioja, Galicia, Cataluña y Almería. Y los capuchinos alemanes supieron alentar y manipular aquella soterrada superioridad de los germanos frente a los pueblerinos españoles.

                Existía, además, otro elemento a considerar, y era la rivalidad entre las órdenes religiosas y los recién venidos, y entre éstos y el obispado de Jaén. Había sido expreso deseo del rey que en las Nuevas poblaciones no hubiera conventos. En el artículo 78 de la Real Cédula o fuero de las nuevas poblaciones se recoge “no permitir fundación alguna de convento, Comunidad de uno ni otro sexo; aunque sea con el nombre de Hospicio, Misión, residencia o Granjería, o con cualquiera otro dictado o colorido que sea ni a título de Hospitalidad; porque todo lo espiritual ha de correr por los Párrocos y Ordinarios Diocesanos; y lo temporal por las Justicias y Ayuntamientos, incluso la Hospitalidad”.

                Tampoco era esta una normativa arbitraria del rey, ni fruto de una pretendida anticlericalidad. Sencillamente el monarca atacaba la creación de más cargas pasivas en la economía nacional. Carlos III y sus ministros ilustrados consideraban que los conventos sólo servían para sustraer a la producción nacional hombres y bienes. Así, pues, basándose en el Capítulo III del documento tridentino Regularibus, ocultando que la puntualización conciliar se refería a las fundaciones posteriores a Trento, no a las anteriores como era el caso, suprimió por Real Cédula de 28 de septiembre de 1769 todos los conventos que no tuvieran un mínimo de 12 frailes y las rentas suficientes para sustentarlos, estimando esta renta en tres ducados por fraile y año. Además prohibió que hubiera más de un convento de la misma Orden en una localidad, aunque fuera de diferente congregación.

                Aquí en la provincia de Jaén desaparecieron varios conventos por este motivo y otros muchos tuvieron que asimilarse con conventos de la misma Orden para sumar el número de frailes decretado por el monarca. Pero, claro, estallaba el agravio comparativo cuando los frailes nacionales, obligados a cerrar sus conventos, veían cómo frailes extranjeros colonizaban tierras, cuando el fuero de las nuevas poblaciones estimaba que fueran curas españoles. Para frailes, bastantes había en España, y ellos hubieran podido muy bien desempeñar esta labor.             

                Otro protagonista en discordia era el obispado. Las universidades, entre ellas la de Baeza, “sólo servía para sembrar de curas la diócesis”, y el obispo se las veía y se las deseaba para colocar tanto cura en las parroquias existentes. El mismo Campomanes denunciaba el anquilosado estado de la universidad “tantas cátedras que sólo sirven para hacer que superabunden los capellanes y los frailes, sustrayendo a los estudios útiles que podrían levantar el país”. Éste era un mal endémico de la Iglesia en España: el mucho y mal repartido clero, dándose casos como el de Cádiz, con una sóla parroquia, mientras que en Toro había 16, en Madrid 9, en Toledo 27. En Baeza, ciudad que se vió muy favorecida en el plano económico con la creación de nuevas poblaciones por el comercio que desarrolló con ellas, existían 17 conventos y 13 parroquias cuyos clérigos hubieran podido muy bien hacerse cargo de estos colonos.

                 Y detrás de todo esto estaba la todopoderosa Inquisición que veía peligrar su posición tanto en la universidad como en el poder social, y contemplaba  cómo eran mermadas sus competencias por los ilustrados, la relajación de costumbres en los recien venidos y los ejemplos de protestantismo de los que ya tenía conocimiento. Con el envenenamiento soterrado de los protagonistas en cuestión, la Inquisición fue manipulando intereses a conveniencia propia para hacerse con el poder de la nuevas poblaciones de donde había sido excluida por expreso deseo del monarca y de sus consejeros ilustrados, ya que lo que se pretendía era crear una sociedad ideal exenta de trabas y taras nacionales. 

                Que la todopoderosa institución estaba detrás de todas las quejas era un secreto a voces. Hasta los viajeros extranjeros que recorrieron España a lo largo del siglo XVIII, y después los románticos del XIX, se hacían eco de las comidillas que se cocían en Europa acusando a la Inquisición de intolerancia y de querer abortar el experimento poblacional por estar gestado por hombres librepensadores e ilustrados. Los diarios y libros de viajes de estos europeos, aparte de ser amenos y muy curiosos por los tópicos y anécdotas que relatan, son una fuente inagotable de información para hacernos una idea de cómo era aquella España dividida que se debatía indecisa entre el progreso y la tradición más recalcitrante. Extrayendo de estos relatos lo concerniente a este asunto, veamos lo que dicen algunos de ellos: Jacobo Casanova de Seingault, que viajó por España entre 1767-68, es decir, en los primeros tiempos de la colonización, cuando habla de Campomanes en sus Memorias dice que “los frailes, los curas y los falsos devotos mantienen un odio mortal contra este ilustre escritor...y la Inquisición ha jurado perderle. En cuanto a Olavide, amigo suyo, le fue peor, todos sus bienes le fueron confiscados y murió en el exilio”.

                 Juan Francisco Peiron, en su Nuevo Viaje en España, entre 1772-73, comenta el tan traido artículo 77 del Fuero, en el que se recoge la expresa prohibición de fundar conventos, comunidades religiosas y hospitales, y deduce que “por eso se desencadenó tanto odio de la Iglesia, que juró vengarse por medio de su brazo ejecutor, la Inquisición”. Más adelante, cuando se refiere a La Carolina, comenta que aunque sólo tiene 800 ó 900 hogares hay cuatro curas para el auxilio espiritual de los fieles, dos españoles, uno francés y otro alemán, y dos iglesias. En 1774, Sir Hew Whiteford escribe en su Viaje a España y Portugal que en La Carlota hay una iglesia cuyo clérigo es un cordelero alemán, lo que nos lleva a pensar que sería luterano, religión donde no es incompatible el servicio religioso con el trabajo manual; no católico español, donde las teologías y tonsuras les permitían vivir sin dar golpe.

                 El Barón de Bourgoing en su Paseo por España, de 1777, asegura que “la floreciente situación en que las colonias se encontraban no se sostuvo después de caer en desgracia don Pablo de Olavide, su fundador”, corroborando que las intrigas dieron su fruto a medio plazo, aplastando la floreciente emergencia que aun con las circunstancias extremas se vivió en los primeros tiempos.

                En su Viaje a España, el inglés Joseph Townsend en 1786-87 narra la desgracia de Olavide y saca la jugosa conclusión de que fue su oposición al clero “la verdadera causa de su desgracia. No fue ni su impiedad ni su inmoralidad, sino su odio a los frailes. Ellos por represalias se convirtieron en sus enemigos implacables y no cesaron de perseguirle hasta que consiguieron desterrarle de España...No pudieron perdonarle tampoco el haber planteado como ley fundamental que en los nuevos establecimientos no habría allí ningún fraile”.

                Cinco años más tarde el caballero francés Lantier escribe en su Viaje a España del Caballero San Gervasio que en Guarromán se encontraron un anciano luterano de los primeros colonizadores con el que estuvieron hablando largo y tendido. Este anciano les contaba, refiriéndose a los primeros tiempos, que aunque iba a misa los domingos nunca había podido doblegarse a la confesión, por lo que le estuvieron presionando durante un tiempo aunque ya le habían dejado tranquilo. Después dice “el porvenir de la colonia me asusta. Temo la venganza de los frailes, son implacables” y añade refiriéndose al artículo 77 “temo que esa cláusula acabe con la colonia”.

                A lo largo del XIX continúan las acusaciones a la Inquisición como la maquinadora de todos los males que le sobrevinieron a Olavide y a las colonias. Aunque ya ha transcurrido mucho tiempo y justifican este odio con románticas leyendas más o menos audaces, como la del francés Carlos Dembowski que viaja por España en 1838. Desde La Carolina escribe una carta fechada el 12 de julio en la que cuenta que la mujer de Olavide tuvo amores con el fraile capuchino Romualdo de Friburgo y que por eso fue expulsado éste de la colonia. El fraile para vengarse acusó a Olavide ante la Inquisición de haber negado la infalibilidad del papa y de idolatría, por haberse retratado con un amorcillo en la mano. Ya en pleno romanticismo Teófilo Gautier, Alejandro Dumas, Charles Davillier, Gustavo Doré, coinciden en las descripciones románticas de las nuevas poblaciones y coinciden, más o menos noveladamente, en afirmar que la desgracia de Olavide le sobrevino por la intolerancia y el fanatismo del clero, personificado en la Inquisición.

                Con todo esto, hago hincapié en que el deseo de venganza existía, que no era un bulo sino una realidad. Había intereses en hacer fracasar el negocio y que el clero recalcitrante temía perder poder si se le apartaba del apetecido bocado de las nuevas poblaciones. Como estaba claro que allí no podían actuar mientras estuviera vigente el Fuero, con su artículo 77, se sirvieron de mil artimañas para alejar a los frailes alemanes de las nuevas poblaciones, para obligar a Olavide a aceptar al clero español -aunque fuera acusándolo falsamente- y para entrar a saco en las conciencias de los recien venidos, conciencias ajenas a su jurisdicción y a su implacable poder. 

                Por todos estos motivos, el obispo de Jaén, fray Benito Marín, que se había visto beneficiado con la prohibición a los frailes, presionaba a las autoridades para que se crearan parroquias y poder colocar a los curas de su diócesis cuanto antes mejor, y que los capuchinos alemanes abandonaran la empresa. Además, intentaba aprovecharse en sus solicitudes por compensación de la obligación que se extendió a todo el obispado de que los clérigos debían alojar a la tropa en sus casas, obligación de la que habían estado exentos hasta entonces.

                Entre las presiones del obispo y las desaveniencias de fray Romualdo de Friburgo con Pablo de Ovalide -más práctico y menos dado a las monsergas religiosas-, la situación se fue decantando hacia la elección de curas nacionales y algunos frailes de órdenes religiosas hospitalarias que se encargaban de la asistencia en los improvisados hospitales que se fueron levantando para atender la demanda de los muchos enfermos de fiebres tifoideas. Pero el alemán no estaba conforme con el omnipotente gobierno de Olavide que se oponía a su importado sistema comunal de asistencia social. Con un fondo económico fruto de aportaciones personales de todos sus miembros y de legados y donaciones, pretendía hacer frente a las necesidades de parados, enfermos, huérfanos y viudas. Esta especie de mancomunidad o cofradía chocaba con el artículo 77 en el que se recogía claramente su prohibición, por lo que Olavide se opuso a las ideas e intenciones del fraile, quien nunca se lo perdonó. Con un refinamiento perverso en la maquinación y sirviéndose del descontento de otros sectores que protestaban la actuación de Olavide, su venganza dio frutos.

                Las denuncias del fraile alemán llevaron a Olavide ante la Inquisición, “curiosamente” en poder de frailes, quien consiguió la caida del Intendente como la de tantos ilustrados que hubieran llevado la Nación hacia otros derroteros culturales y sociales, diferentes a los que la Iglesia pretendía. Pero el capuchino no salió mejor parado porque fue expulsado ante el demostrado conato de germanización que protagonizó junto a otros exaltados vecinos que se negaron, enfrentándose abiertamente a las normas de españolización, a hablar en castellano.

                Todas estas cuestiones que eran “vox populi” en la comarca, no conducían a otra cosa más que a malos entendimientos con las localidades vecinas o surtidoras de suministros indispensables para comenzar la vida colonial. Así se puso de manifiesto cuando a falta de cementerios y dado el ingente número de fallecidos a causa del tifus, se decidió que fueran trasladados a pueblos comarcanos. Los vecinos -manipulados ocultamente- se negaron y ofrecieron resistencia en muchos casos, o nula colaboración en otros muchos, a las autoridades. Veían en aquellos intrusos, vivos o muertos, personificados todos los males que se le atribuian a Europa en general y a los ilustrados -entre ellos los Borbones- en particular. La religión, tan fuertemente enraizada en el pueblo español, cuyo más fuerte y genuino representante había sido el rey, ahora con la nueva monarquía quedaba debilitada en sus propias manifestaciones de piedad popular, y los curas y frailes nacionales postergados ante unos frailes extraños con los que no se identificaban y que, encima, no hablaban español.

                Así, pues, la rivalidad en las jerarquías religiosas se unió a la rivalidad religiosa entre los centros urbanos, celosos de sus prerrogativas y competencias y que no estaban dispuestos a compartir ni a ceder a extranjeros. Y a la rivalidad religiosa entre individuos, pues los pueblerinos incultos, para los que Dios hablaba en español, no podían comprender que aquellos alemanes fueran de su misma fe. La animadversión religiosa unida a un soterrado sentimiento xenófobo y racista, provocó el rechazo frontal entre los dos grupos sociales, el de nacionales y el de inmigrados, máxime cuando se desataron las envidias por la prosperidad de algunos núcleos urbanos.

                 Algunos colectivos celosos, como el de La Mesta y otros ganaderos ansiosos de tierra, así como las oligarquías urbanas a quienes molestaban los advenedizos por el componente de inestabilidad que aportaban a su modus vivendi, orquestados por los intereses de muchos curas tradicionalistas oponentes al sistema ilustrado y muchos frailes dolidos por su postergación, presionaban constantemente con sus denuncias hasta que consiguieron expulsar a grupos de inmigrados a los que antes se les había tolerado realizar sus cultos con discreción. El 6 de julio de 1770 salió el primer contingente de expulsados, dejando atrás muchos miembros enterrados a causa de las fiebres tifoideas, muchas ilusiones y muchas fatigas, y sus lotes de tierras pasaron a engrosar las tierras de los más rápidos en maquinaciones.

                 No por esto se solucionó el rechazo con los nacionales; son muchos los documentos que demuestran que las bodas mixtas fueron mínimas y que al cabo de los años aún había gente que pedía ser confesada en su idioma porque no entendía el castellano.

                El rechazo cultural fue paralelo al religioso, máxime cuando se demostró que muchos colonos no sólo eran de diferente cultura sino que no tenían cultura alguna puesto que al contingente de colonos contemplado en el fuero, en el que debía de haber agricultores y artesanos útiles para la vida modélica de las nuevas poblaciones, se sumaron todo tipo de maleantes, vagos, vagabundos, desertores del ejército, escapados de condenas, por un lado, y por otro artistas de tercera fila que enfilaron el camino a España con la ilusión de labrarse un porvenir mejor que el presente que disfrutaban en sus lugares de procedencia. Por tanto, sobre todo con el primer colectivo, quedaba manifiesto el rechazo puesto que su moralidad y sus costumbres eran bien diferentes a los de los pueblos giennenses, de tradición anclada en el respeto a la religión, a las leyes y a la Corona.

                Hubieron de pasar muchos años y vencerse muchas adversidades, para que las nuevas poblaciones se fueran consolidando. Y del mismo modo a como las casas se iban asentando y los colonos enraizando en nuestra cultura y en nuestro idioma, también fueron insertándose en sus vidas los nuevos guías espirituales.

                 Tras el interim de Quintanilla, con quien las colonias estuvieron a poco de desaparecer del claro retroceso que sufrieron, ya con Odeano, el superintendente que siguió a Olavide, al que no se le ha otorgado suficiente justicia histórica, eclipsado por su antecesor, en las plantillas de profesionales registrados y asignados en cada una de las nuevas poblaciones, aparecen sacerdotes y frailes naturales, los primeros a la cabeza de las feligresías parroquiales, como curas párrocos, y los segundos como coadjutores para las aldeas. Incluso un auxiliar imprescindible en el desempeño de las funciones religiosas, el sacristán, al que no siempre se le ha dado la relevancia que requiere, aparece como individuo español. Esta importancia, debo decir, deriva del hecho importantísimo de que era también el maestro de la escuela,  el encargado de enseñar las primeras letras y la doctrina cristiana a los niños, por lo que su significación en el proceso de aculturación y españolización era incontestable.

                Visto todo este entramado de intereses religiosos, politizado por la presión que incluso desde Europa se aplicaba al proceso colonizador -los capuchinos expulsados se preocuparon bien de extender la mala fama al invento, en concreto el capellán del regimiento Reding que censuraba y criticaba las condiciones sanitarias y la falta de asistencia espiritual decía en las Cortes europeas y a quien quisiera oirle que “ni a su peor enemigo le deseaba llegar a Sierra Morena”-, y por los intereses particulares de individuos concretos que querían hacer fracasar el experimento dieciochesco, podemos entender perfectamente que el artículo 77 no fue redactado por la impiedad del Rey o del Intendente.

                Es más, excepto la iglesia de Santa Elena, dedicada a esta santa, todas las iglesias de las nuevas poblaciones están bajo la titularidad de la Inmaculada Concepción, lo que viene a confirmar que Carlos III no era un descreido ni un ateo, antes bien, una persona piadosa, que oía misa y comulgaba a diario antes del desayuno  y el trabajo de gabinete y que creía a pies juntillas en los dogmas de la Iglesia. Uno de ellos era el de la Inmaculada Concepción, que aunque no estaba instituido en la Iglesia como tal, existía una corriente favorable entre los católicos desde bien antiguo, incluso fue un asunto tratado en Trento que dividió a los padres conciliares.

                 Unos de los más reacios fueron los dominicos, incluso cuando en tiempos de Carlos III se solicitó a la Santa Sede que proclamara el dogma de la Inmaculada argumentaron ellos que aunque fuera apropiado no era recomendable hacerlo, ocasionando con esto graves tumultos en las universidades donde muchas de las cátedras estaban ocupadas por dominicos, al igual que los altos cargos de la Inquisición.

                Hombre práctico, el Rey intentó acabar con los títulos que en nada aprovechaban a la Nación y potenció de muchas maneras a los trabajadores y diligentes, en un afan de acabar con los muchos zánganos que poblaban la sociedad. Al instituir la Orden de su nombre, Carlos III pretendía premiar los buenos servicios y la valía personal y no la cuna, como se venía haciendo para entrar en las órdenes militares, a las que recortó en sus atributos y economías. En la Real Cédula de su institución, en 1771, el monarca dispuso que la patrona de la real Orden de Carlos III fuera la Inmaculada Concepción, cuya imagen aparecía en una de las caras de las insignias y por la otra la efigie del rey. Ordenaba que todos los individuos de la Orden debían comulgar el día de la Virgen o la víspera, aplicando la comunión por el bien del rey, su familia y la fe católica. El 21 de febrero del 72 es aprobada la Orden por el papa en la bula Benedictus Deus, en la que declara que no sólo es muy conforme a la piedad del rey sino muy a propósito para fomentar las virtudes en la nobleza, aprobando, además que muchos bienes de la órdenes militares, obispados y otras prebendas revertieran en la Orden de Carlos III, asegurándole una renta anual de dos millones de reales.

                                Esta devoción del rey a la Inmaculada iba pareja a la que le profesaba el pueblo español. Era casi un punto de fe y rayaba en entusiasmo. Ya en tiempos de Carlos II por una real orden se estipuló que tras la alabanza al Santísimo todos los sermones debían comenzar invocando a la virgen Inmaculada. Las universidades hacían voto de defender ese misterio y numerosos ayuntamientos tenían hecho el voto desde antiguo. En este clima no es de extrañar que Carlos III declarara patrona universal de España e Indias a la Inmaculada Concepción, Ley 16, tít. 1º, lib. I de la Novisima Recopilación, y que colocara como titular de todas las iglesias que se iban construyendo en las nuevas poblaciones a la Virgen Inmaculada.

                Pero su amor a la Virgen no le cegaba en su celo de gobernar sin intrusiones del tribunal de la Inquisición. Siguió el consejo que Luis XIV había dado a su abuelo, el de conservar este Tribunal eclesiástico para mantener la paz del pueblo, y cuando hubo conatos por parte de los ilustrados de la Corte de suprimir la Inquisición, su respuesta fue: “el pueblo la quiere y a mi no me estorba”. Pero esto no fue óbice para que limitara mucho su poder.

                 Los primeros enfrentamientos con la Inquisición se ocasionaron porque el inquisidor general don Manuel Quintano y Bonifaz había prohibido por su cuenta y riesgo el catecismo de Mansegui que se enseñaba en todas las escuelas, cosa que el rey consideró abuso de autoridad. Desterró al inquisidor recluyéndolo en un convento y ante las quejas de la Santa Sede extendió el famoso Decreto de 1762, Ley 9ª, tít. 3º, lib. II de la Novísima Recopilación por el que prohibía que ninguna bula, breve o normativa fuera publicada por la Iglesia -nuncio, inquisidor, obispo, cura- sin la expresa autorización del rey. Y con la orden expresa al inquisidor de que en ningún caso se atreviera a censurar un libro o cualquier otro escrito que estuviera autorizado por el rey. Poco a poco fue menoscabando la autoridad inquisitorial por lo que no es de extrañar que se la tuvieran guardada al rey, y al no poder alcanzar tan alta cabeza se vengaran de tanto atropello en la cabeza de sus hombres de confianza. Uno por uno, todos fueron cayendo, empezando por Pablo Olavide. El alma de las nuevas poblaciones se vio vejado al tener que soportar al supervisor real Pedro Pérez Valiente en 1770 quien presionado por ocultos y poderosos amigos eclesiásticos emitió un informe desfavorable a la puesta en práctica del proyecto.         Se acusaba a Olavide de esgrimir un poder todopoderoso cuando en realidad sólo hacía que cumplir a rajatabla las órdenes del rey y el fuero poblacional. Desmenuzando la cuestión se hubiera resumido en un claro enfrentamiento entre el pensamiento de fisiócratas que preconizaban la reforma agraria y el cambio social -como Olavide y Campomanes- y el de los mercantilistas, quienes únicamente pretendían la protección de las vías de comunicación y por ende del comercio -como Pérez Valiente, el visitador, y el Marqués de la Corona, ambos con ocultos intereses comerciales en el asunto. Orquestados y manipulados por el clero quien también tenía sus particulares intereses en que la reforma agraria no prosperase, arrastraron a Olavide hasta hacerlo enfrentarse a un vergonzoso auto de la todopoderosa institución que quería vengarse en él por todo su poder perdido.

                 Ayudado a huir a Francia en donde es recibido como un héroe por la Revolución, pronto cae en desgracia por su defensa de las libertades, con lo que se vuelve a España, perdonado por Carlos IV, viviendo los últimos cinco años de su vida en Baeza, en la casa del Marqués de San Miguel, alférez Mayor de la ciudad emparentado con la esposa de Olavide, por entonces ya fallecida. Aquí pasa los días escribiendo y alimentando la Sociedad de ilustrados baezanos.

                  Así siguió la vida hasta que le tocó el turno a la propia institución religiosa. Por decreto de 18 de agosto de 1809 José I suprimió la Inquisición. Con algunos conatos de resurgir cuando se recuperó la monarquía nacional, herida de muerte por haber perdido el favor popular, desapareció para siempre  por Decreto el 6 de julio de 1834. Las nuevas poblaciones siguieron adelante consolidando su urbanismo y su demografía y demostrándose muy significativas a lo largo de la Historia de España, como ocurrió con la ocupación francesa. Pero eso ya es otra historia.


 

ARCHIVO CATEDRALICIO DE BAEZA  (ACB)

ARCHIVO DIOCESANO DE JAÉN  (ADJ)

ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS (AGS)

ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE BAEZA  (AHMB)

ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL  (AHN)

ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE JAÉN (AHPJ)

ARCHIVO REAL CHANCILLERÍA DE GRANADA  (ARCHG)

BIBLIOTECA NACIONAL de MADRID  (BNM)

 

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