LUCES PARA NUESTRA SOCIEDAD

José García Román,

Director de la Real Academia de Bellas Artes de Nuestra Señora de las Angustias, de Granada.

 

Dijo Marco Aurelio que los dioses concedieron el habla a los mortales para que éstos pudieran ocultar sus pensamientos. No obstante, aunque fuésemos capaces de transmitirlos con gestos sutiles, con miradas juiciosas, inclusive a través de discretos poderes telepáticos, siempre sufrirían un leve roce, una ligera estregadura, una sutil distorsión, cambios, si se quiere, imperceptibles que conducirían a variaciones sobre un tema, como ocurre con la música, permaneciendo en lo más íntimo la pequeña parte de verdad de la luz comunicadora. Es inevitable la deformación, el matiz, pues el pensamiento surge envuelto en pañales de circunstancias, en coyunturas complejas de explicar, con distintas suertes, en los misteriosos momentos del encendido de las luces. Decía B. Pascal que no podía concebir al hombre sin pensamiento, pues “Sería una piedra o un bruto”. He ahí una de las privaciones que sufre nuestra sociedad entregada a la filosofía práctica de aquella famosa señora: “Yo nunca pienso, y cuando pienso no pienso en nada”. O en la línea de la frase popular, no sé si sabia, que dice: “Si quieres pasar días felices, no analices”. El comer y beber, el pasarlo bien se nos presenta como programa de vida en un ambiente del más bajo materialismo. Y si las luces se han sustituido por otras que se suministran por centrales ni siquiera de energía de la naturaleza más noble, el problema se agrava. Las ‘luces’ se producen con la constante fricción de los pedernales de la inquietud intelectual, de la reflexión. Dice Ortega en su libro Sobre la razón histórica, que “el funcionamiento de la inteligencia puede facilitarse con el ejercicio continuado, con un régimen de concentración, con técnicas diversas de alta higiene mental pero en última instancia, es indómito a un pleno control”. Por ello la razón de ese enigma que tan bien lo explica Goethe cuando afirma: “En lo cierto está quien cree/ que no sabe cómo se piensa./ Cuando se piensa/ todo es como regalado”.

Pero la palabra no es ajena al misterio. La riqueza del verbo es infinita no sólo por los sutiles mensajes de las fantasiosas musicalidades ofrecidas gracias a los fonemas, sino por la sinonimia que abre tantos túneles a la creatividad y pone en situación de duda, no dudosa, y conflicto todo intento de proseguir el viaje de la búsqueda. La palabra es una de nuestras más hermosas moradas; la morada del ser, según el pensamiento heideggeriano.

Yo quisiera que mis palabras, tal vez dichas con torpeza, osadía y cierto desorden, fueran como las piedras que ruedan en la pendiente, o son arrastradas en los torrentes y cascadas, o empujadas por la bravura de la riada, o inclusive como las que reposan bajo el agua acariciadas por ésta, y que sonaran y resonaran como homenaje de respeto a la sublimidad del ser humano que alberga la esperanza de no ser deslumbrado por la falsedad de unas luces sucedáneas: esos focos de pasarela que no tienen nada que ver con la profunda e inmarcesible luz interior, imagen de la ‘Luz’ trascendente, madre de todas las luces.

He estado tentado de decirles a ustedes que venía a hablar en serio de algunos problemas de la sociedad de hoy, una sociedad que se debate entre el abandono y la hiperactividad, enfrentada a tantas cosas, entre las principales, a sus sombras, hijas de unas luces de frustración, y que acusa desorden, desorientación, insolidaridad, frivolidad, corrupción, falta de educación, gregarismo, sometimiento, adocenamiento y vulgaridad, y que debe pararse un momento a pensar, y dedicarse a pasear  tranquilamente, mientras descansa tanta máquina, para que pueda reconsiderar supuestos, creencias, actitudes, su propio vivir, y encontrar nuevas vías más luminosas,  pero Ortega,  con su conciencia dolorida de que al hablar ejecutamos una farsa, aunque a veces sea noble, bienintencionada o santa, pero a la postre farsa, me iba a contestar como un rayo: “¡Como si eso fuese posible!(...) Si se quiere, de verdad, hacer algo en serio, lo primero que hay que hacer es callarse”. “¿Qué hacer entonces?”, me pregunto.  ¿Nos callamos y nos dedicamos a mirar el entorno, si es que merece la pena, a observar las ondas del agua, los torpes movimientos de las últimas hojas secas que aferradas con desesperación al árbol de su vida, a la rama de su sustento (ahora en hibernación y en el olvido de aventuras y alimentos, de euforia solar, y en la entrega a sueños próximos de primaveras fértiles y alocadas, con vanidosos perfumes nuevos paseados con señorío y presunción en connivencia con vientos y aires revoltosos), rechazan el descanso definitivo tras el duro e inclemente invierno? No, no me queda otra opción que admitir esa noble farsa, ese digno fingimiento que nada tiene que ver con la parodia ni con la bufonada, que asumiéndola me conduzca sin temor ni hesitación a una comunicación, a una reflexión, a un ir y venir de pensamientos, a un trasiego de aventuras de la razón y del corazón.

Sí, prefiero esa farsa noble y sincera, como corresponde a nuestra máscara, a nuestra ‘persona’, en el entendimiento de que el interior de nuestro corazón huele a limpio, y reina un orden ejemplar reflejado en la fachada principal de nuestra ‘casa’. Y debo hablar con la ayuda de la muleta del papel, lamentando no poder hacerlo desde la espontaneidad de una rica fuente de ideas, con discurso ágil y capacidad de improvisación.

Desde mi pobre papel, el papel modesto que me ha correspondido - a pesar de que he luchado por conseguir otro, no lo  he logrado -, desde mi posición actual en la escena del teatro del mundo - ¡cuántos escenarios ya pisados, y con papeles estaca, de poca valía! - y con el sincero deseo de servir a la verdad, no diré a la verdad desnuda, porque sonaría a exageración suma, quiero reflexionar sobre nuestros aconteceres, sin perder de vista que la verdad siempre vendrá con el interrogante que el gobernador Poncio Pilatos pusiera en aquel juicio en el que por cobardía se condenara a Jesús. “¿Qué es la verdad?”,  se oye decir a tantos con la música de fondo del furor de unas masas, y con el disfraz de curiosidad y búsqueda, pero con el motivo del temor a perder el puesto de privilegio y, sobre todo, la confianza del César: El poder. ¿Cuántas veces repetimos esa pregunta haciéndonos los longuis, como si no fuera con nosotros ni tuviéramos olfato para seguir por el sendero adecuado? Nuestra vida va de la palabra al silencio, del silencio a la palabra, dos pilares fundamentales de la morada terrenal. Seguiré el consejo de Shakespeare y diré lo que siento y no lo que debiera. Por explicarlo de manera más actual, alejado de lo políticamente correcto.

Opina Ortega que con el ‘siglo de las luces’ el hombre tenía la impresión de haber conseguido por fin ver claro, y al comprobar la extinción de ‘las luces’, se percibe rodeado de tinieblas y oscuridad, y ante esa nueva situación, la que sufrieron aquellas  personas del siglo XIX y la que hoy nos es familiar, “faltos de suelo firme nos sentimos caer en el vacío”. Y paseamos de acá para allá nuestro “personal vivir” y, confundidos, frustrados y, en cierta medida, descarriados, vivimos “la desazón de ese perdimiento”, suspirando por la luz verdadera.

Hace unos días un lector enviaba una carta al diario donde yo escribiera un artículo titulado Exilios, en el que hacía una reflexión sobre las consecuencias de la trágica década de los años treinta para la vida española. Como dicho lector leyera lo que yo no había escrito, me insinuaba él que yo no había dicho “la verdad, toda la verdad”, y por esa razón calificaba el artículo de “interesante y contradictorio”. En mi contestación le decía que era preciso tender a ese ideal de la verdad aunque no podamos conseguirlo, a las pruebas me remito, al día a día; pues la verdad está disponible a trozos y por tanto hay que componerla o recomponerla como un puzzle, con rigor y respeto, hasta conseguir el espejo en el que nunca podremos contemplarnos con nitidez pues las uniones de dichos trozos lo impedirán. Los pensadores nos dicen que cada uno analiza la historia desde su propia perspectiva, desde sus tendencias y pasiones, y no siempre obedeciendo la voz de estudios documentados y fuentes fidedignas. Es más: Se habla de historiadores mentirosos. Escribía María Zambrano que “decir la verdad es imposible;  o es nefanda o es inefable”. En relación con los sucesos trágicos a los que he aludido, hemos conocido las últimas investigaciones de Pio Moa que a muchos habrán dejado estupefactos, pues se refieren a hechos que generan tensiones, desacuerdos y enfrentamientos. La ‘verdad’ es uno de los retos y una de las cuestiones que más inquietan al ser humano. Pero lo peor es que nos trae al fresco a muchos este asunto vital, esta sublime meta que nos dará el sosiego necesario para poder vivir con decencia y ser solidarios no sólo con nuestros semejantes, sino con la Naturaleza, con la madre Tierra.

Gran razón tenía B. Gracián cuando escribiera que “Las verdades que más nos importan vienen siempre a medio decir”. Yo denunciaba en el citado artículo los penosos exilios de hoy y la mentira generalizada, exilios producidos por una actitud social enmascarada como la de aquellos fariseos que presumían de ritos y cumplimientos y estaban lejos de ser religiosos, buenos y bondadosos, siendo la hipocresía la norma de subsistencia, la apariencia triunfante de unos seres corruptos, de vida de oscuridades y penumbras, de sepulcros blanqueados, de luces artificiales, mientras en su interior gobernaban las tinieblas  más vergonzosas.

No es ajena nuestra sociedad a estas actitudes. Eso sí, su boca  se llena de progreso y de modernidades, de avances y desafíos, de derechos humanos y solidaridades, y en cuanto tiene la oportunidad exhibe la libreta donde están anotados los nombres y apellidos de la represión y del ajuste, y comienza la venganza implacable. Mucho me gustaría profundizar más en esta reflexión, pero basta hoy con este comentario.

Nuestra vida es una lucha continua entre las apariencias y las realidades, entre aparecer y ser. No sé si el gesto crea el sentimiento, si el pulir nuestras asperezas conduce a una reforma del habitáculo interior, si la cortesía oculta descortesía, si la bondad, maldad, si el amor, odio, si al guardar las formas encubrimos los peores modos y métodos de nuestra conducta. ¿Será por esta causa por lo que la hipocresía goza de tanto encanto?

Se ha perdido capacidad de discrepar con civilidad, como método de enriquecimiento, por lo que nos encontramos ante una sociedad tirante, tensa, además de invertebrada y bastante amordazada, que vive a gran velocidad sus ansias de conquistas de trozo de bienestar, que ve pasar a una rapidez increíble sucesos graves, y que los problemas fundamentales, como son la muerte, la religión, la vejez, la insolidaridad, la pobreza, la guerra, los vive en superficie, huyendo de las profundidades de la existencia. Una permisividad excesiva amparada en una supuesta libertad, a modo de varita mágica, hace que todo lo convierta en derechos. Si las dudas planean sobre nuestro cielo, nos encogemos de hombros, y optamos por esclavitudes que no generan dilemas, más rentables. Los valores espirituales son nada ante la manzana de la corrupción u otros frutos tan ‘sabrosos’, alejados de las fuentes de las ‘luces’ que en portentoso haz tienden a ir en pos de la ‘luz’.

Hoy nos acosan las Operaciones triunfo, los Grandes Hermanos, el culto al músculo, el ‘lifting’ social y otros contravalores en alza en gente que quiere  dar el pelotazo a cualquier precio para alcanzar la meta de sus sueños, una vida sin sobresaltos, llena de placeres y propiedades con vallas de protección, con alarmas para avisarnos de la llegada de los intrusos, del gran ladrón de la muerte, como si esto fuera posible. La ‘triunfomanía’ está en la calle como lotería primitiva definitiva. “La vida es larga - dicen, decimos - y todavía nos queda mucho camino por recorrer”. Y, necios de nosotros, cuando nos damos cuenta de que la muerte ha segado la vida de un amigo, de un familiar, nos venimos abajo y entramos en crisis, como si el suceso no estuviera incluido dentro de nuestros cálculos. Pero como los que nos conducen piensan en nosotros, se institucionaliza el maquillaje del cadáver y de esa manera aceptamos el engaño de unos colores en unas mejillas amarillas y en unos labios morados con aspectos de apariencias que persiguen el propósito de negar la desaparición. No queremos aceptar que, como decía Laín Entralgo, “Ser hombre es poder fracasar, vivir a caballo entre la promesa de la creación y la amenaza de la ruina, ser a la vez – esto es lo inquietante: a la vez – homo creans y homo labens”.

También ahora la voz de la política influye hoy más que nunca gracias a unos numerosos y potentes medios de comunicación, y al aval de las urnas democráticas, y aunque es lícito que dicha voz se oiga, no obstante debe tener algunos frenos, unos límites pues su ilustración y sus argumentos con frecuencia nacen de espaldas a la memoria y por tanto en contradicción con ella misma. El taxi es el lugar de desahogo de tantos ciudadanos que en pocos minutos dan un repaso a la situación del gobierno de la ciudad, de la comunidad, de la nación o del mundo, y hacen la crítica puntual a nuestra civilización que alardea de una discutible libertad de expresión, de publicaciones, de canales de radio y televisión que no conocen fronteras, de una tecnología sin el exigible control, de una peculiar ilustración que anda a oscuras entre reflectores de prepotencia y orgullo.

El marqués de Mirabeau hablaba de la “barbarie de nuestras civilizaciones”, y de la “falsa civilización”. Y con razón, pues sabemos de la existencia de civilizaciones bárbaras que nada tienen que ver con ‘la’ civilización, pues una sociedad no avanza puliendo modales, corrigiendo, limando, maquillando; si no existen convicciones, y si no están soportadas estas actitudes en un ejemplo, todo se queda en apariencias. La Bruyère decía: “La pulidez no siempre inspira bondad, equidad, complacencia y gratitud; al menos ofrece sus apariencias, y hace que el hombre parezca por fuera como debería ser interiormente”.

En algunos momentos se entendió por civilización como “dulcificación de los modales, educación de los espíritus, desarrollo de la cortesía, cultivo de las artes y ciencias, auge del comercio y la industria, adquisición de lujo y comodidades materiales”, pero recuerda Jean Starobinski, lo que se lee en el Tratado de la civilización de Mirabeau, “todo lo cual se me figura sólo una máscara de la virtud y no su rostro”. Aparte de la imposibilidad de acceso por falta de medios para conseguir sobre todo riqueza y bienestar, que tanto deseamos.

Pero hemos de ir más lejos. Todos sabemos de coro, y nos lo recuerda Starobinski, que “El salvajismo no es sólo cosa de las clases inferiores; aguarda al acecho en el corazón de todo hombre bajo apariencias que inspiren confianza”. Por este y otros motivos, la palabra ‘civilización’ genera conflicto, y es fácil entenderlo, entre otras razones porque “justicia, libertad y moralidad no acompañan a la acumulación de bienes y el complejo desarrollo de leyes e instituciones públicas”. No sé si es exagerado afirmar que nuestra sociedad vive en “gran barbarie con luces de gas”, como dijera Baudelaire de la civilización de su tiempo, aunque ahora las luces provengan de otra energía. La realidad es que no son pocos los que se preguntan “¿Dónde está la civilización?” ¿Tal vez se ha refugiado en alguna pequeña tribu aún por descubrir, como escribiera el citado pensador? ¿Podemos hablar de países civilizados,  cultos, cuando humillamos y pisoteamos a nuestros semejantes, somos lobos para nosotros mismos y ni siquiera guardamos los modales, tan útiles para el decorado de nuestras existencias, para nuestra vida que transita mejor en un ambiente de finuras y delicadezas?

Podemos entender la ‘civilización’ y su progreso como un proceso de libertad en crecimiento, con todo lo que exige ese proceso, siempre en movimiento, pero no olvidemos cuántas civilizaciones se vinieron y se vienen abajo y descienden a las cavernas de la ruina, a lugares mostrencos. De vez en vez no viene mal contraponer los nostra tempora contra los pristina tempora, los tiempos de ahora,  con los de antes. Porque hoy, por ejemplo, nuestra sociedad teme la competencia y defiende duramente los privilegios, lo mismo que aquella del siglo dieciocho, ansiosa de ‘luces’.

Hoy constatamos un positivismo a la manera del  Padre Feijóo o de P. Campomanes quienes propugnaban recetas y menos ideas, técnica y menos crítica,  física más que metafísica. Campomanes llegaría a decir: “Me parece más útil al género humano la invención de las agujas de coser que la Lógica de Aristóteles y un gran número de sus comentadores, los cuales han sido en España más comunes que las fábricas de agujas”. Hoy se oyen voces en esta línea, y se dirigen contra los estudios de Humanidades, poco rentables, y se apuesta por el beneficio práctico. “¿Para qué sirve saber griego, latín o filosofía?”, se preguntan tantos. No debemos caer en semejante provocación. Hay pasiones a las que no debemos renunciar como son las de los libros – la lectura y los libros eran una de las predilecciones de P. de Olavide – algunos imposible de adquirir porque están descatalogados por su baja rentabilidad. Es más útil ofrecer libros y libros para un día, como los de texto, que cambian cada año. Y es que deberíamos considerar la posibilidad de crear el Ministerio de la ‘Rentabilidad’, que es el criterio por el que se rigen tantos medios de comunicación, como es el caso de la televisión que se mueve por los indicadores de audiencia, para lo que, si es menester, se acude al esperpento, al mamarracho, a la extravagancia, a la necedad, al absurdo, a la ordinariez, a la trivialidad, a la indecencia y a la desvergüenza, a la palabrota y a la violación de la intimidad. Todo vale si se consiguen los objetivos. Parece como si existiera una carrera para ver quién es más grosero, quién profiere más tacos malsonantes, o blasfemias, quién enseña desnudeces maquilladas, quién cuenta obscenidades, quién relata desagradables secretos de alcoba.

A modo de ejemplo de degradación, recordarán ustedes aquellos váteres que se construyeron de metacrilato transparente para contemplar cómo hacen los humanos sus deposiciones como si fuera un misterio insondable tal necesidad biológica. La simplificación está servida: El principio es que no hay principios que admitir si no sirven a la total libertad, a nuestra libertad peculiar, a mi libertad más enloquecida que curiosamente incluye sometimientos, halagos y hasta lisonjas. No es de extrañar que en este maremagno el humorista Forges exhorte en una viñeta: “Consejo de amigo: tenga cuidado, joven; lleva usted varios días sin aplaudir...”. 

En mi opinión, gran parte de esta situación se debe a la crisis de autoridad que sufrimos, pues la autoridad pone orden de manera natural, sin artificio ni artes espurias, ya que  el ascendiente y el legítimo prestigio son valores indiscutibles. No creo que ante la ‘autoridad’ la palabra vaya se crezca estando la reflexión en quiebra; ni que la palabra se deslice hacia la palabrería, mientras nuestro pensamiento es inflado y vestido de vocablos. A pesar de todo cabe preguntarse: “¿De verdad somos bárbaros sin futuro”, como dice Cioran? Es cierto que tenemos la barbarie al alcance de la mano, que abundan los sembrados de impertinencias, que proliferan las quiebras  en las esquinas, que nos gusta romper equilibrios para precipitar desenlaces, que retrocedemos para afirmarnos, que inclusive hay gente que se singulariza porque odia su anonimato, su vulgaridad, su no ser nadie, y abraza la traición suicida aunque sea para con besos entregar lo que haga falta: familia, amigos, creencias, principios, a sabiendas de que puede esperarle en cualquier olivo de las Hakéldamas del mundo un lazo suspendido para lavar su indignidad, a cambio de pasar a una pequeña página de la historia como héroe de maldad - al fin héroe -, pues de otra manera su vileza se lo impediría. Es como interpreta sorprendentemente É. M. Cioran la traición de Judas. Dice este filósofo en su Carta sobre algunas aporías que desconfía  del sentido del equilibrio pues según él no presagia nada bueno, y habla de una iniciación al vértigo para el que desea liquidar el pasado,  incluidas sus inocencias. Y nos deja perplejo cuando dice lo siguiente: “Si no tiene usted la fuerza de desmoralizarse con esta época, de ir tan bajo y tan lejos como ella, no se queje de ser un incomprendido. Sobre todo, no se crea un precursor: no habrá luz en este siglo. Si se empeña usted en aportarle alguna innovación, hurgue en sus noches o desespere de su carrera”. Se extraña este visionario filósofo, como lo llama F. Savater, de que nuestros antepasados no se atrincheraran en sus cavernas, pues no tenían que inventarse vida alguna, existían.

El que una parte de la sociedad esté controlada por apoderados y sometida a la estrategia del horror, incluida la milimétrica organización de la guerra, y que esté en auge la falta de respeto a la debilidad, y que tenga miedo a pensar en voz alta, que acepte las injusticias, los secuestros de voluntades etc., no debe conducirnos a una invitación a la caverna. Las tentaciones de huidas y de abandonos nos asedian, es verdad, pero no es el camino.

Pienso que andamos faltos de teorías de la luz, de capacidad para entender, y para saber ahuyentar oscuridades, y profundizar en las ‘luces’, en la luz de nuestros ojos, en la luz de la razón: la inteligencia. Y no nos engañemos, porque la simple secularización de la cultura no tiene por qué llevar implícito la venida de las luces. Emprendamos la aventura con humildad aunque sea desde la luz cinérea, desde la leve claridad, reflejo de otras luces, de otra luz. En el aire hay un eco que habla de ‘luz’. Ego sum lux mundi: Yo soy la luz del mundo”. Sabemos que la palabra ‘luz’ está muy presente en los Libros Sagrados. En el inicio del Génesis el  Creador separa la luz, de las tinieblas, y al final de la Historia de la Salvación, en el Apocalipsis, se nos dice que la nueva creación tendrá a Dios mismo por luz, la luz sin ocaso, la luz eterna y perpetua.

En esta historia salvífica existe un enfrentamiento resistente entre la luz y las tinieblas, irreconciliables enemigos, pues aunque juntas, y están condenadas a vivir separadas, como la vida y la muerte, pero al mismo tiempo conviven de manera misteriosa, como lo atestiguan los grandes simbolismos de la Sagrada Escritura. La luz emerge del caos del principio de los tiempos, como hija de Dios, y obedece el mandato divino con temor, del mismo modo que hacen las tinieblas, que alternan sus vidas. Tanto la luz como las tinieblas dicen alabanzas y cantan con júbilo a Dios, a su Creador. La luz, como se sabe, es reflejo de la gloria del Creador que es envuelto por ella en las teofanías, manifestadas en los rayos y resplandores de su magnificencia. “En la oscuridad ve Dios sin dejarse ver, está presente sin entregarse”.

Se nos dice también que la sabiduría es “un reflejo  de la luz eterna”, y la luz es don de Dios. Su ley alumbra a los pueblos, la bondad resplandece como el cielo y los astros, y la maldad permanece en el horror del oscuro.

Al amparo de estas reflexiones bíblicas, podemos ver cómo Jesús, en tantas de sus actuaciones y prodigios, se manifiesta como “luz del mundo”, aclarador de situaciones y separador de luces y tinieblas, sabedor de que preferimos las tinieblas a la luz, la hora de la traición, de la entrega con besos repugnantes, a la fidelidad. Aunque la luz se encuentra oculta o velada por ropajes, está encendida y dispuesta a manifestarse en verdad y justicia. Todo lo que es extraño a esta luz, a este mensaje iluminador, pertenece al mundo de la oscuridad, de las tinieblas.

Existen disfraces que solemos tomarlos por luz encandiladora. Huimos de la luz para que no nos descubra lo que ocultamos en nuestras oscuridades, y sin embargo hemos de vivir como “hijos de la luz”, y apetecemos sus frutos. ¡Cuanta sabiduría encierran los Libros Sagrados, sabiduría tan útil para los que creen  y para los que no creen en Dios!

Por otra parte, el amor a los semejantes  es la prueba de la luz, es la comprobación definitiva para saber si estamos en la luz o en las tinieblas, dicho sea esto por encima de religiones o credos. De esta manera nos convertimos en auténticos depositarios de la luz, en irradiadores naturales, en creadores y difusores de luz, de luces de bondad y solidaridad, de amor, en misioneros de la luz. Es el único camino que nos llevará a la transfiguración, cuando nos sea dado a unos y a otros la contemplación de la faz de Dios.

Me encuentro en un momento de reflexión  sobre la muerte pues me he propuesto emprender la composición de un gran Requiem, un Requiem de la luz. La luz me obsesiona, como me fascinan las tinieblas, la oscuridad a la que amo con ternura pues es la esclava de la luz, la que desaparece ante el mínimo gesto de presencia, ante una pequeño haz, conformando bellezas de penumbras, de sombras, armonías y matices. No me contradigo. Como soy oscuridad, debo quererme. Soy oscuridad que bendice la luz y la anhela a pesar de que será la que me destruya para transformarme en un ser nuevo. Dejésmolo así.

Creo que es verdad que, como afirma Cioran, “Una humanidad ahíta produce escépticos, nunca santos”. Con el freno de nuestros instintos, contrariando nuestras inclinaciones, nuestros pulsos e impulsos,  prenderá la luz y arderemos para nuestro bien por los cuatro costados.

Dice el citado filósofo que “Pensar es dejar de venerar, es rebelarse contra el misterio y proclamar su quiebra”. Es lo que han hecho tantos que han acabado en la amargura y en la desesperación.

Habiéndonos acercado a los Libros Sagrados, a la Voz de Dios, hemos de concluir que Dios y la razón es el problema que nos aqueja. Cioran lo expresa con su crudeza. Unos dirán: “Una religión se instaura sobre las ruinas de una sabiduría: los manejos que emplea aquella no convienen a ésta”. Otros: “Se deshonra quien muere escoltado por las esperanzas que le han hecho vivir”. Aquellos: “Siempre prefirieron los hombres desesperarse de rodillas que de pie”. Otros ecos “A la salvación aspiran su cobardía y su fatiga, su incapacidad de alzarse al descontento y de extraer de él razones de orgullo”. (...) “Si en Atenas nuestro apóstol  -San Pablo - fue mal acogido, si encontró un medio refractario a sus elucubraciones, es porque allí todavía se discutía, y el escepticismo, lejos de abdicar, seguía defendiendo sus posiciones. Las charlatanerías cristianas no podían allí hacer carrera; debían, como contrapartida, seducir a Corinto, ciudad barriobajera, rebelde a la dialéctica”. Como digo, andamos entre la razón y la fe, entre las ‘luces’ y la ‘luz’. Aunque está pensado y escrito en los libros, no viene mal comentarlo a pesar de que sea desde labios como los míos, balbucientes y pobres de verbo.

Decía Condorcet: “La naturaleza no ha puesto término alguno a nuestras esperanzas”. “Sin duda que el hombre no se hará inmortal; pero la distancia entre el momento en que empieza a vivir y la época en que naturalmente, sin enfermedad, experimente la dificultad de ser, ¿no puede acaso ir creciendo sin cesar?”. Conseguiremos alargar nuestra existencia, pero ¿seremos capaces de recortar tantas sombras, las que atenazan a una sociedad que tan agudamente analizara Shakespeare, quien diría: “En este mundo terrenal se alaba/ a menudo la maldad, y la bondad/ es calificada a veces de vergonzosa idiotez”?.

Son las sombras. Unas sombras que nos incitan a la luz, a huir de la ceguera. Al pie del acantilado, Shakespeare pone en boca del ciego Conde Gloucester, la siguiente frase: “Es propio de los malos tiempos que los locos guíen a los ciegos”. Peligrosa aventura. Conociendo los riesgos, nos lanzamos a la conquista de lo que nos hemos propuesto conseguir. Lo diré con palabras de Laín: “Seis asuntos preocupan del mañana: sustento, formación, trabajo, ocio, saber y poder. El ser humano puede asombrar al mismo cosmos por la genialidad de su obra: la música de Bach o por su destrucción, la carrera nuclear...”, sin olvidar las aspiraciones: “La conquista de las tres máximas metas de nuestra vida personal: ser yo mismo, ser de otro modo y ser más, sin dejar de ser yo mismo”, como dijera dicho pensador. Y convencer a nuestro mundo de que debe ir en pos de la libertad civil y de la justicia social, añado.

En este cruce de consejos, ¿cómo olvidar los que Polonio diera a su hijo Laertes, en Hamle?t: “Sé afable, pero no vulgar. (...) Huye de las disputas, pero si no hay más remedio,/ condúcelas de modo que tu adversario te tema./ Presta oídos a todos, tu voz a pocos./ Escucha de todos consejo, pero guárdate el juicio./ (...) Pero sobre todo: sé fiel a ti mismo,/ y sigue eso como la noche al día:/ entonces no defraudarás a nadie”.

En la recta final de este discurso, Cioran  levanta la mano para decir: “Estar engañado o perecer: no hay otra elección”, cuando decide ser “el conquistador de un continente de mentiras”. Depende de lo que entendamos por perecer, porque no siempre perecemos al morir. Se puede renacer, pues dejamos nuestros despojos, nuestra piel seca a cambio de una transformación. Creo firmemente que la ‘Luz’ es nuestra gran metáfora a la que debemos rendirnos con absoluta devoción, siguiendo a Pascal, una metáfora que nos insinúa mundos de esperanza y seguridad, y que algunos los consideran de engañosa fantasía, de exaltaciones, de imaginaciones estériles. No somos ficciones a pesar de tanta mentira.

Ciertamente es duro hacer balance de todo lo que nos rodea, sobre todo la tiranía oculta. Una tiranía que nos anula y nos humilla. Esto me recuerda el monumento de la Plaza de la Merced de Málaga, dedicado “A las 49 víctimas, que por su amor a las libertades patrias, fueron sacrificadas en esta ciudad, el día 11 de diciembre del año 1831”. En él está escrito: “A vista de este ejemplo / ciudadanos, / antes morir que consentir / tiranos”. Pero no seamos ingenuos, existen tiranías que no se consideran como tales porque nos reportan beneficios aunque sean como aquellos ajos y puerros del Egipto de Moisés. Tal vez necesitemos morir en exilios y apartados para regenerarnos y convertirnos, una vez mudados,  en seres nuevos.

Mas si queremos vencer, debemos vencernos primero de la mano del convencimiento más profundo. “En los juegos olímpicos, habiendo proclamado el heraldo: ‘Dioxipo ha vencido a los hombres’, Diógenes respondió: ‘Sólo ha vencido a esclavos, los hombres son asunto mío’ ”. Con excesiva ligereza en las batallas de la sociedad proclamamos desde la altanería y sin pudor: “ Veni, vidi, vici”. Nos falta energía para el desencanto, para ganar encantos a pesar de estar encantados de conocernos. No puedo afirmar con Cioran: “mis preferencias: la edad de las cavernas y el siglo de las luces”. Existe la edad del silencio, la soledad de la claridad.

En nuestra búsqueda de la luz, nuestras certezas - una cosa es la debilidad de la razón y otra la incertidumbre de nuestros conocimientos - hemos de alimentarlas, vigilarlas, estudiarlas, hacerles un seguimiento, pues en el mejor de los casos  pueden convertirse en mentiras, si es que no lo eran ya al haberlas considerado como focos de verdad robusta. Tal vez necesitemos devorar más silencios, o masticarlos, o beberlos, y no confundir a Dios con nuestro dios, al arte con nuestro arte, a la literatura con nuestra literatura, a la bondad con nuestra bondad, a la música con nuestra música, a la política, con nuestra política, al partido con nuestro partido, a las realidades con nuestras sensaciones. A veces, por causa de nuestras actitudes, podemos hablar de las “tinieblas de la luz”. Una paradoja, y una realidad.

Decía B. Pascal que toda la desgracia de los hombres procede de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación. No es necesario llevar esta afirmación a sus límites, pero contiene enseñanza suprema. Cuando proclama el sum ergo cogito, le da la vuelta al pensamiento cartesiano, nos recuerda la obligación de pensar, y también la debilidad de la razón, lejos del movimiento pirrónico que habita en la ambigua ambigüedad, en una dudosa oscuridad por lo que las dudas son impotentes para disipar interrogantes, como nuestras luces naturales lo son para explicar todas las tinieblas, porque si llegamos al conocimiento  de la verdad será por la doble vía de la razón y del corazón.

La razón quiere juzgarlo todo. Es natural. Los talentos se deben multiplicar, pero su incapacidad le lleva a una humillación por querer superar sus límites conocidos y combatir las certezas. Nos preocupan los programas de la clonación y otros retos que como mínimo generan profunda inquietud.

Somos muchos los que sufrimos de parontofobia, un  descontento con el presente, por todas las razones expuestas y por las que quedan por exponer. No todo es negativo, es verdad, pero la oscuridad tiene demasiado protagonismo en estos tiempos de tan osados resplandores. 

Todo lo dicho y lo que resta por decir persigue un objetivo fundamental: recordar la obligación que tenemos de pasar de súbditos a ciudadanos; de  súbditos de una sociedad dictatorial a ciudadanos libres con espacios de respeto y estilo, de cortesía y urbanidad, de concordia y solidaridad, de desapego y humanidad, de piedad y misericordia, de justicia y paz, de creencias y observancia, de decencia y rectitud, de austeridad y ética, de lealtad y dignidad, etc. O, si lo prefieren, queriendo al prójimo como nos queremos a nosotros mismos, el mensaje del Señor de la ‘Luz’, un mensaje universal, un camino de héroes al alcance de nuestra mano. Creo que ahí empieza y acaba toda Ilustración. ¿De qué sirve que nuestro cerebro hierva y bulla como una olla exprés si después no existe en un nuestro corazón un latido para nuestro hermano, para toda criatura viviente, para la madre Naturaleza? No sólo debemos aspirar a ser personas de ‘luces’ sino también de ‘Luz’, con la humildad de los gusanitos de luz que a pesar de tanta claridad siguen ofreciendo sus pequeños faros a tantos seres que deambulan por  la noche a la espera de la auténtica parousía de la razón, de la mano del corazón que nos invita a respirar el aire de las alturas. “Pero sólo haciéndonos aventura, proyecto arriesgado e incitante, llega a cobrar cuerpo tangible el éter estelar de la esperanza humana”, nos dice Laín Entralgo. ¿Habrá ‘luz’ en este siglo? Yo no creo que seamos “un himno destruido”, como dijera Cioran.

Les he hablado a ustedes desde mi penumbra, desde el deseo de alcanzar espacios más luminosos en mi tarea de conquistar la ‘Luz’,  mi esperanza. Muchas gracias.

 

-         TEXTO SUJETO A REVISIÓN ESTILÍSTICA -