EL REFORMISMO DEL SIGLO XVIII
Carlos Martínez
Shaw
El
siglo XVIII se abre para España con la novedad del cambio de dinastía
establecido en el testamento de Carlos II. La nueva dinastía se encontrará con
un país despoblado, atrasado en su economía, anquilosado en su estructura
social, desorientado en su política interior e indefenso ante sus enemigos
exteriores. De ahí que los soberanos y sus ministros pusiesen en marcha un
vasto programa de modernización en todos los terrenos de acuerdo con los
principios rectores del llamado Despotismo Ilustrado. Un programa que aborda
una política de fomento económico, de reordenación social, de eficacia
administrativa y de renovación cultural. Un programa que trata de obtener el
consenso de todos los grupos sociales, pero que tiene sus límites: el
crecimiento económico basado en el progreso técnico predomina sobre el
desarrollo basado en la transformación de las relaciones de producción, el
respeto a las estructuras heredadas se impone sobre cualquier tentación de
cambio social, la eficacia administrativa se fundamenta estrictamente en el
robustecimiento del absolutismo y la producción cultural se subordina a las
necesidades de una nueva cobertura ideológica para generar la adhesión al
sistema, mantener la paz social y exaltar los avances del reformismo
patrocinado por la Monarquía.
El
reformismo borbónico se manifiesta, sin embargo, en todos los campos. El
reformismo articula una política económica tardomercantilista en los diversos
sectores de la producción y los intercambios, promueve concepciones sociales
favorables a la inversión y al trabajo, racionaliza la administración pública
en todos sus ramos, centraliza la acción política por encima de los
particularismos de los distintos reinos, revitaliza los instrumentos de la
política exterior (la hacienda, el ejército, la marina, la diplomacia),
recupera el prestigio perdido en el ámbito internacional, patrocina unas veces
y ampara otras el movimiento de profunda renovación cultural de la Ilustración.
En ese sentido, el siglo XVIII significa una nueva época
de expansión en la historia de España.
Una
expansión que encuentra sus límites a final de siglo. Después de una centuria
de fomento, la modernización de la economía no ha alcanzado a superar las
desigualdades del desarrollo regional, el carácter extensivo de la agricultura,
la dependencia de la manufactura respecto de la iniciativa pública, el déficit
de la balanza comercial compensado sólo por las remesas americanas. La vida
política experimenta un proceso de regresión, que se manifiesta en el interior
con la reaparición de la figura del privado, el recrudecimiento de la
conspiración cortesana y los movimientos pendulares en la toma de decisiones y
en la selección de los equipos de gobierno, y en el exterior con el
sometimiento a las directrices de la política francesa y la confrontación
permanente con Inglaterra. Finalmente, si la Ilustración había sido un eficaz
instrumento a favor del reformismo, el clima ideológico alterado por la
Revolución Francesa convierte en sospechosos a los colaboradores de la víspera,
al mismo tiempo que se produce una radicalización de signo opuesto que genera
la aparición del movimiento liberal en España y del movimiento independentista
en la América española.
La
economía conoció en el siglo XVIII una coyuntura abiertamente expansiva, que en
algunos casos y aunque con muchas vacilaciones había empezado a manifestarse ya
desde los últimos años de la centuria anterior. Esta expansión no fue uniforme,
sino que benefició especialmente a algunas regiones de la periferia frente a un
crecimiento más moderado y asentado sobre bases menos firmes en la España
interior, un fenómeno que acentuó la diferencia de los ritmos de desarrollo,
produciendo una serie de desigualdades regionales que se legarían al siglo
siguiente. El proceso de recuperación
obedeció en un principio a las mismas causas que habían disparado otros
semejantes en el pasado: el crecimiento de la población reconquistó para el
cultivo las tierras abandonadas y generó una demanda que dinamizó los restantes
sectores. Sin embargo, este movimiento espontáneo recibió la ayuda de una
política económica intervencionista que (frente a un siglo XVII casi
exclusivamente interesado en las manipulaciones arancelarias y monetarias)
trató de ofrecer soluciones a determinados problemas de infraestructura
(caminos, canales de riego), de adoptar medidas proteccionistas en la industria
y el comercio, de respaldar las empresas más prometedoras surgidas en los
distintos sectoress y de sustituir la iniciativa privada en algunos ramos
estratégicos.
Si el fomento
de la economía fue objetivo prioritario de la política reformista, en cuanto
que permitía el reforzamiento de los cimientos materiales de la Monarquía,
incrementando por un lado los ingresos de la Hacienda pública y generando por
otro una prosperidad generalizada que garantizaba la paz social, las novedades
introducidas en el terreno de las relaciones sociales sólo podían ser aceptadas
si contribuían al objetivo de consolidar la economía, pero nunca si alteraban
las estructuras tradicionales, es decir el predominio de las clases dominantes
privilegiadas sobre el conjunto de los grupos que integraban el estado llano.
De este modo, el reformismo social de los Borbones quedó limitado a algunas
medidas cosméticas y al fomento de una más favorable consideración del trabajo
productivo. De este modo, la crítica social provino de algunos escritores
ilustrados, que manifestaron ideas más avanzadas que las que los gobernantes
estaban dispuestos a consentirse.
El
reformismo ilustrado significaba también un proceso de racionalización y
centralización administrativa, con el objetivo de robustecer el poder de la
monarquía absoluta. En este sentido, los Borbones trataron de uniformar el
sistema institucional en detrimento de las constituciones particulares de los distintos
estados que componían la Monarquía Hispánica, instauraron un nuevo sistema de
gobierno concentrando las decisiones políticas en las secretarías de Estado,
controlaron de un modo más firme las provincias mediante la figura del
intendente, asentaron de un modo más enérgico la superioridad del Estado sobre
la Iglesia acentuando la tendencia regalista de la dinastía anterior y
destinaron la mayor parte de los ingresos obtenidos de una Hacienda más eficaz
a la tarea de potenciar todos los instrumentos de la política exterior, desde
el ejército y la marina a la diplomacia, con el objeto de conservar el Imperio
e incluso revisar algunas de las cláusulas más onerosas de Utrecht.
Durante
el siglo XVIII, el Imperio español de Ultramar alcanza sus máximas dimensiones,
si dejamos al margen el periodo de la unión ibérica cuando sumó a sus colonias
las correspondientes al reino de Portugal. En efecto, el empuje militar y
misionero al norte de Nueva España culmina con la creación de una línea de
presidios desde California a la frontera de Florida incluyendo Nuevo México y
Texas que quedaron insertos en la Comandancia General de las Provincias
Internas (1776), mientras los ya referidos tratados de París y Versalles
permitían adquirir el dominio sobre la Luisiana (1763) y recuperar las dos
Floridas (1783). Del mismo modo, en América del Sur, el esfuerzo misionero
consolida la implantación en los territorios fronterizos de Mojos, Chiquitos,
Paraguay y Misiones, al tiempo que los tratados hispano-portugueses permiten
afirmar el dominio sobre Uruguay, sin mencionar la posibilidad de la
instalación en el golfo de Guinea en el continente africano. En el Pacífico, la
isla de Pascua se incorpora al ámbito hispano y la expansión por las costas
americanas alcanza por el norte la bahía de Nutka, mientras avanza la
implantación en Filipinas y en los archipiélagos micronésicos de las Marianas
y las Carolinas.
El
reformismo borbónico se extendió a América, afectando a todos los campos y
alcanzando un ritmo especialmente acelerado a partir de la llegada de José de
Gálvez a la Secretaría de Indias (1775-1787). Las reformas económicas más
importantes se produjeron en la minería de la plata de México (donde beneficiaron
a un poderoso empresariado minero, llevaron a su apogeo la explotación
argentífera e impulsaron el progreso tecnológico con la creación de una Escuela
de Minería en 1772) y a la Carrera de Indias, sobre todo a partir de la
publicación del decreto de Libre Comercio de 1778, que abrió el tráfico a
numerosos puertos españoles y americanos, dando una nueva flexibilidad a la
navegación y contribuyendo a incrementar el volumen de los intercambios
coloniales.
Las
reformas administrativas también fueron importantes. Se crearon dos nuevos
virreinatos (Nueva Granada, en 1717 y definitivamente en 1739, y Río de la
Plata, 1776), se erigieron nuevas audiencias (particularmente, Caracas, 1776,
Buenos Aires, 1785, y Cuzco, 1787) y se implantó el sistema de intendencias
para modernizar todo el aparato administrativo. La hacienda se benefició de un
proceso de mayor racionalización y rigor, al tiempo que la Corona aumentaba y
controlaba mejor sus monopolios: pólvora, azogue, tabaco, papel sellado,
lotería, naipes y pulque y aguardiente de caña. La defensa fue reforzada,
mediante la atención dedicada a los ocho apostaderos para la marina de guerra y
a la red de fortificaciones, mediante la creación de un ejército regular
compuesto de cuerpos fijos (reclutados in situ) y expedicionarios (procedentes
de España) para reforzar las milicias urbanas y mediante la creación de
eficaces instituciones para la protección de las fronteras (como la
Comandancia General de las Provincias Internas, 1776) o de otros lugares
estratégicos (como la Capitanía General de Venezuela, 1777). El ejercicio del
regalismo culminó con la expulsión de los jesuitas, que dejaron un vacío
imposible de colmar en muchas instituciones educativas, así como en las
misiones y reducciones que regentaban, especialmente las famosas de los
guaraníes del Paraguay.
La
cultura ilustrada fue el fundamento intelectual del reformismo. Los
intelectuales ilustrados teorizaron el protagonismo de la Monarquía como motor
de la modernización, la prioridad del fomento económico, la utilización de la
crítica como herramienta para el perfeccionamiento de la organización social,
la aplicación del conocimiento científico al bienestar general, la finalidad
educativa de la creación literaria y artística, el progreso y la felicidad como
metas últimas del pensamiento y la práctica reformistas. La Ilustración se dotó
de sus propios instrumentos de difusión cultural que al mismo tiempo lo eran de
acción reformista: las academias, las universidades intervenidas para
acompasarlas a las exigencias del momento, una serie de nuevas instituciones de
enseñanza superior, las Sociedades Económicas de Amigos del País, los
consulados y la letra impresa en libros o en publicaciones periódicas. La
Ilustración finalmente obtuvo resultados muy considerables en todos los campos:
el pensamiento económico, la crítica social, la renovación eclesiástica, el
pensamiento científico y la producción literaria y artística.
La
Ilustración americana fue en buena medida una versión provincial de la
Ilustración metropolitana, con similitudes evidentes en el programa de modernización,
en las instituciones y en las realizaciones. Las nuevas ideas se difundieron a
través de las universidades reformadas o de nueva planta (la de San Jerónimo de
La Habana, la de Santa Rosa de Caracas, la de Santiago de Chile), de la prensa
(que empieza a proliferar en los grandes centros regionales), de las Sociedades
Económicas de Amigos del País (que llegan a ser un total de quince, si se
cuenta la de Manila) y de las instituciones (cátedras, observatorios, jardines
botánicos) creadas a raíz de las grandes expediciones científicas.
Esta
fue una de las razones para que la afirmación del orgullo criollo del siglo
precedente alcanzase una nueva expresión. Es el sentido que puede atribuirse a
las proclamaciones de las élites ilustradas de las capitales virreinales, que
ante el crecimiento de la población (se superan los quince millones de
habitantes), el progreso de la urbanización, el embellecimiento de las
ciudades, la proliferación de las obras públicas (fuentes, alamedas, paseos) o
la edificación de nuevos palacios o nuevas iglesias no pueden por menos de
creer que la Lima del virrey Amat es una de las más bellas poblaciones del orbe
y que México, que ha superado en número de habitantes a la capital
metropolitana, es la "Roma del Nuevo Mundo".
El
reinado de Carlos IV puede considerarse como el primer capítulo de un proceso
que conducirá a la crisis que pondrá fin al Antiguo Régimen y que alumbrará la
España contemporánea. Un capítulo que se abre con la necesidad de dar respuesta
a una serie de dificultades crecientes: el bloqueo de la economía, el
recrudecimiento de la protesta social, la agudización de las contradicciones
políticas en el seno de las clases dirigentes, la explosión de la controversia
ideológica en el interior, la sucesión de los enfrentamientos militares en el
exterior que conllevan la bancarrota de la hacienda y los primeros signos del
movimiento de emancipación en la América española.
En este
contexto, el motín de Aranjuez (marzo 1808) desembocaría en una grave crisis
institucional. La abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando fue el preludio
de la salida de la familia real para Bayona, donde después de otra serie de
abdicaciones la Corona recayó en Napoleón, que se apresuró a nombrar a su
hermano José nuevo rey de España (junio 1808).
Sin
embargo, la ausencia del soberano y la invasión silenciosa del territorio
español por las tropas francesas motivó el levantamiento de la población de
Madrid (mayo 1808), que significa el comienzo de la guerra de la Independencia.
Del mismo modo, el vacío de poder producido como consecuencia de estos
acontecimientos permitió la creación de un órgano de gobierno representante de
la voluntad popular (la Junta Central, setiembre 1808) y la primera experiencia
de un régimen parlamentario (las Cortes de Cádiz, setiembre 1810) y posibilitó
asimismo que se desencadenasen los primeros episodios de la emancipación
americana. De este modo, el año de 1808, iniciando la crisis del Antiguo
Régimen, puede con justicia poner fin a la historia moderna de España, aunque
el gobierno de José I, servido por el grupo de los llamados afrancesados,
todavía pueda significar un intento final de buscar soluciones basadas en el ya
caducado modelo del Despotismo Ilustrado.