Ricardo Rodrigo Mancho – UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
“La tolerancia fecunda la vida”
CLARÍN, Apolo en Pafos.
La biografía y la producción literaria de Pablo de Olavide reflejan un viaje de ida y vuelta con respecto a las novedades de la filosofía éclairée. La reconciliación con los ideales religiosos es el propósito fundamental de las dos magnas narraciones en cuya elaboración trabajó durante los últimos años de su vida: El Evangelio en triunfo y las Lecturas útiles y entretenidas. En ambas obras es posible encontrar un nuevo análisis moral de los personajes libertinos, que en buena parte es exponente de la religiosidad última del famoso político y escritor.
Exagerando el tono heterodoxo, Fray Romualdo de Friburgo, prefecto de los capuchinos alemanes establecidos en las Nuevas Poblaciones y más tarde acusador ante el tribunal de la Inquisición, dirá de Pablo de Olavide que es el sabio más peligroso que hay en España. En noviembre de 1776, el Tribunal de la Inquisición ordena que Pablo de Olavide sea encarcelado en las prisiones secretas del Santo Oficio, decreta la confiscación de sus bienes, libros y papeles y encarga que se continúe el examen de la causa hasta la sentencia definitiva. Se le acusaba de alabar el pensamiento de Montesquieu, de no tener imágenes santas en su casa, de oponerse a las misas multiplicadas por el alma de los difuntos, de exhibir figuras obscenas en el salón y expresar indiferencia hacia el sexto mandamiento, de manifestar disgusto por el ruido de las campanas, de poseer libros prohibidos, de ridiculizar el celibato y las órdenes, de criticar a la Inquisición, la infalibilidad del Papa y la indisolubilidad del matrimonio, de mantener un criterio propio en materia de devociones y de creencias y de sostener costumbres un tanto “impías”, como la de querer representar comedias los domingos de Cuaresma.
Antes de la ceremonia del Autillo (1778), las noticias biográficas de Pablo de Olavide remarcan un estilo de vida novedoso y atrevido, tanto en su faceta pública como en la privada: el matrimonio con una rica viuda, veinte años mayor que él, que lo introduce en un espléndido tren de vida y lo asocia al lujo, los muebles y las telas caras, las estancias en el extranjero y la amistad con los philosophes del país vecino (especialmente con Voltaire); el gusto por la vida alegre y elegante, que le llevaría a construir un teatro en su propia casa de Madrid; el interés por estar al día de las novedades musicales y literarias europeas; especialmente de las novelas galantes y licenciosas, los cuentos morales y las novelas sentimentales… Menéndez Pelayo retrata a un Pablo de Olavide recién llegado a la Península como un joven atractivo y seductor, pero al mismo tiempo inclinado a colaborar con los planes de reforma de Carlos III: «Gallardo de aspecto, cortés, elegante y atildado en sus modales, ligero y brillante en la conversación, cayó en gracia de una viuda riquísima que decían D.ª Isabel de los Ríos, heredera de dos capitalistas, y logró fácilmente su mano» [1]. Y unas líneas más adelante completa esta imagen de bon vivant con los epítetos de «agradable, insinuante, culto a la francesa, con aficiones filosóficas y artísticas, que alimentaba en sus frecuentes viajes a París; ostentoso y espléndido, corresponsal de los enciclopedistas y gran leyente de sus libros, hacía ruidoso y vano alarde de su proyectos innovadores. Aranda se entusiasmó con él y le protegió mucho». Gracias a los estudios de Marcelin Defourneaux [2] conocemos en buena medida la inmensa biblioteca de Pablo de Olavide, que fue adquirida en sus estancias en París de 1757 a 1764 y completada con una segunda remesa de libros, enviada desde París a Bilbao y reexpedida a Sevilla en 1768. En ella se encuentran los maestros del pensamiento de su siglo, muchos de ellos prohibidos: Bayle, Locke, Pope, Montesquieu, Voltaire, D’Alembert, el marqués de Argens, Helvecio y Rousseau; así, entre sus anaqueles contaba con una edición de la Encyclopédie y con De l’Esprit (1758) y De l’homme (1772) de Helvecio, obras representativas del materialismo filosófico, que magnifica la satisfacción de las pasiones y que equipara la moral individual con el arte de vivir en sociedad. También contaba con un buen número de novelas sentimentales (Pamela, Tom Jones, Sir Charles Grandisson) y novelas libertinas, entre la cuales destaca Le Sopha de Crébillon hijo y Le cousien de Mahomet de Fromaget. Después de la ceremonia del Autillo, el sacerdote Felipe Samaniego, que había sido buen amigo de Pablo de Olavide, se denunció a sí mismo ante el inquisidor por haber leído también obras de Hobbes, Espinosa, Bayle, Voltaire, Diderot, D’Alembert y Rousseau.
El gusto por la vida alegre y elegante le había llevado a crear un círculo de amigos bastante innovador, pues su casa de Madrid es centro de la vida mundana e intelectual, adonde acudían marqueses libertinos, clérigos eruditos, políticos ilustrados y autores teatrales de nuevo cuño, entre ellos, el marqués de Mora y la duquesa de Huéscar [3], el sacerdote heterodoxo y helenista Rafael Casalbón, el famoso crítico José Clavijo y Fajardo, que desde las páginas de El Pensador (1763) había alentado la prohibición de los Autos Sacramentales, el fiscal Juan Carrasco, más tarde marqués de la Corona, y el fiscal regalista José Rodríguez Campomanes. El P. Coloma refiere escandalizado cómo por aquel entonces era centro de la moda en Madrid la casa de Pablo de Olavide, “fino volteriano”, que con la ayuda de “la flor y nata de la corte” representaba en su propio teatro las tragedias de Voltaire y otras óperas cómicas, como Nineta en la corte o El pintor enamorado de su modelo. Entre los miembros más destacados de esta “camarilla” sobresalía el marqués de Mora “por su natural y petulante despejo, su alta posición y el enconado odio contra la moral y la Iglesia católica que había traído de Francia” [4] doña Mariana de Silva, duquesa viuda de Huéscar,[5]:
“Representaban Mora y la de Huéscar en el teatro de Olavide: era ella primera dama; era él primer galán, y tantas veces se dijeron en la escena que se amaban, que acabaron por creérselo primero, y por realizarlo después, ella de veras y honradamente decidida a sacrificarle su viudez: él por pasatiempo tan solo, y porque halagaba su fatuidad ver a la ilustre académica tan prendada de su persona”
En idéntica dirección, el célebre Giacomo Casanova, a pesar de la exageración, también nos ha dejado escrito un breve testimonio de este cenáculo de libertinos, cuando refiere admirado el encuentro en Madrid (1768) con Rodríguez Campomanes y Pablo de Olavide, en la mesa del embajador de Venecia [6]:
“Me encantó trabar conocimiento con Campomanes y Olavide, hombres de talento de una especie muy rara en España. Sin ser lo que pudiéramos llamar sabios, estaban por encima de los prejuicios religiosos, pues no solamente no temían mofarse de ellos en público, sino que trabajaban abiertamente por destruirlos”
Es sobradamente conocido que con el nombramiento de Pablo de Olavide como asistente de Sevilla [7], nuestro hombre se convierte en el alter ego del monarca y de Aranda, quienes pretenden rescatar al país de la secular tutela eclesiástica. Pablo de Olavide propone reformas para las cofradías, los estudios universitarios, la vida agrícola y económica, el teatro y la creación de las Nuevas Poblaciones. También se crea una tertulia en su residencia en el Alcázar sevillano, presidida simbólicamente por un retrato de Voltaire, a la que concurrían Gaspar Melchor de Jovellanos, Cándido María Trigueros, el conde del Águila y otros muchos intelectuales significados, que observaban admirados el aliento con que les impulsaba hacia la creación y la traducción de obras dramáticas. En Sevilla también corren rumores que acentúan la fama libertina del asistente; muy especialmente significativo es el panfleto de la Vida de D. Guindo Cerezo [8], compendio manuscrito de las herejías e indecencias atribuidas a Pablo de Olavide, que circuló por Sevilla los primeros meses de 1776. De manera complementaria, uno de los declarantes del Autillo refiere escandalizado una reveladora anécdota del jocoso asistente: “A veces, dirigiéndose a un religioso, y ante las risas de los asistentes, le pregunta cuál sería su actitud, poseído de un vehemente deseo, ante una bella muchacha, sana y robusta”. Y para colmo de sus males, contrasta las objeciones de los presentes con la doctrina de los philosophes. “En ocasiones se levanta, va a su biblioteca y toma un libro de Montesquieu, de Helvecio, de Voltaire y lo comenta ante sus huéspedes” [9]. Cuando Olavide conoce las acusaciones secretas que se han lanzado contra él, inmediatamente, le dirige una angustiosa carta al ministro de Justicia en la que reconoce sus “muchos desórdenes de juventud” y sus frecuentes discusiones teológicas, pero añade que tales conversaciones eran privadas y sin ningún ánimo ofensivo [10].
Con los años y las nuevas experiencias, este modelo del bon vivant sufrirá una radical transformación. La sentencia, los enfrentamientos y los miedos de la ceremonia del Autillo (1778), por una parte, y más adelante la proximidad de la muerte en los días del furor revolucionario (1794) en Francia, le producen un viraje radical en su biografía y en su pensamiento, que quedará reflejado en las dos últimas obras: Evangelio en triunfo o Historia de un Filósofo desengañado(Valencia, 1776) [11] y en la colección de relatos titulada Lecturas útiles y entretenidas (Madrid, 1800-1817). Mediante la exploración en el ámbito de los personajes libertinos el escritor hará una declaración explícita de arrepentimiento personal y de rechazo hacia los modos de vida propios de los modernos sofistas, al mismo tiempo que apostará por la mirada religiosa como única respuesta armoniosa para el hombre. Es posible que la lectura de las conclusiones pierda rotundidad cuando se compruebe que Pablo de Olavide es un adaptador de la literatura francesa [12], que aprovecha los materiales narrativos foráneos para incorporarlos a la literatura española, pero en la mentalidad de un ilustrado el problema de la autoría es una quimera innecesaria porque el repertorio de la literatura se considera universal y es perfectamente legítimo el proceso de naturalización.
El escaso armazón argumental del Evangelio en triunfo relata la conversión de un Filósofo libertino, que casualmente se refugia en las celdas de un convento para huir de las consecuencias de un duelo. El infortunio le ha conducido justamente al lugar en donde podrá encontrar las evidencias de la mano de la Providencia; él siempre había pensado que los claustros eran centros de perversión, pero ahora comprueba impresionado la paz y el sosiego de sus moradores. Uno de los frailes mantiene con él largas conversaciones con ánimo de recuperarlo para la fe. Él opone su natural resistencia, pero tras varios meses de estancia en el convento, el Filósofo libertino es regenerado por la gracia, pues comprende que sólo el Evangelio contiene el arte de ser felices en la tierra. Alimentado del nuevo espíritu, el Filósofo descubre que su misión apostólica no está en la clausura, sino en el ejercicio civil, en la crianza y educación de los dos hijos, en el gobierno de su hacienda, en la distribución de sus rentas, en el buen ejemplo y en la difusión del nuevo credo. Todos los medios serán pocos, pero especialmente se valdrá de la «oportunidad, ilustración y prudencia» [13]. La regla del Evangelio lo ha transformado en un hombre nuevo, justo, amable y útil, buen ciudadano y buen padre.
La lección moral es clara: el placer no conduce a la felicidad y, por tanto, la única solución honrosa es el arrepentimiento y el ejercicio de la virtud. Este Filósofo había nacido con muchos bienes de fortuna y se había dejado llevar largo tiempo por las desordenadas pasiones, la incredulidad y la filosofía de su siglo. Él y sus amigos formaban una desenfrenada sociedad sin reglas ni razón, ajena a los principios de la religión y del temor a Dios, cuyo única guía era la de “satisfacer nuestras pasiones y sentidos” [14]. Eran idólatras del mundo y nada podía oponerse a sus deseos de gozar: “Sólo puede ser feliz el que en sí mismo lleva el manantial de sus placeres”, piensan orgullosamente [15]. Cegados por la pasión, escandalizan a sus criados, atropellan los principios de la justicia y la razón y sólo piensan en propagar ese nuevo estilo de vida, basado en el materialismo hedonista, el amor propio y el placer corporal. Estos libertinos son descreídos y hablan de las ideas religiosas como de una bobería. En su conversación con el monje, el Filósofo reconoce que en la lectura de libros prohibidos habían encontrado los argumentos para hablar con burla y escarnio de los establecimientos religiosos, para justificar la fiera antipatía a todo lo que pudiera ser eclesiástico o monacal [16]:
“La lectura de los libros philosóphicos había pervertido enteramente mis ideas. Yo había concebido no sólo el más alto desprecio, sino también la aversión más activa contra todo lo que pertenecía a la Iglesia. Creyendo que todo el Cristianismo era una invención humana como todas las otras religiones, no podía mirar la Iglesia sino como el hogar o centro de sus principales Ministros, que abusaban de la credulidad a favor de sus intereses. Todas sus sociedades me parecían cavernas de impostores: sus ceremonias ridículas: sus ritos irrisorios. Cuanto más estaban constituidos en dignidad me parecían más despreciables; pues los imaginaba Ministro del error, y cómplices de la seducción.”
Como todos los libertinos, el Filósofo no creía que los conventos fuesen el espacio de la comprensión, la piedad y el ascetismo, sino los centros más sofisticados de la explotación económica, la hipocresía y la lujuria [17]:
“No me podía figurar que personas en quienes por otra parte reconocía talentos fuesen capaces de creer fábulas tan absurdas, y suponía que contribuían por interés a seducir los Pueblos. Todo lo que ellos llamaban jurisdicción o derecho, me parecía usurpación y abuso de la crédula simplicidad de los ignorantes. Nada deseaba tanto como verla atropellada y abatida. Cada Clérigo me parecía un bárbaro: cada Fraile un monstruo: cada devoto un simple: cada creyente un ignorante: y el que mejor libraba en mi opinión era un hombre de corto talento, que no había sabido sacudir el yugo que le impusieron desde niño. Las comunidades monacales me parecían congregaciones perniciosas de ociosos, absurdas en política, y fatales al Estado, y como un medio de que muchos con ridículos pretextos viviesen inútiles a costa del trabajo ajeno. Los votos religiosos eran para mí imprudentes y bárbaros, y todas sus costumbres viles y groseras.”
La conversión del Filósofo parece confirmar que la finalidad principal del Evangelio en triunfo es la de manifestar los extravíos del libertinaje, propagar las sólidas verdades de la religión e incorporar un programa ilustrado de reformas sociales. También toda la serie de personajes bondadosos de las Lecturas útiles y entretenidas reelaboran esta misma idea. La profesora María José Alonso Seoane [18] explica que estas Lecturas constituyen un conjunto de novelas cortas de tono moral y ejemplar, que procedentes de distintas novelas francesas han sido adaptadas al gusto español por Pablo de Olavide. En ellas se repiten los argumentos en favor de una religiosidad reformista (fundada en la razón o en los beneficios que produce). El efecto moralizador insiste en presentar la educación y la religión como los pilares de la felicidad humana, que se complementan con el ejercicio de la beneficencia, la ausencia de ambición y la vida discreta. Contrariamente, la mala educación, el juego, la vida en la corte y la filosofía escéptica arrastran a la perdición y son el origen del vicio y la maldad. Para ejemplificar esta última idea, Pablo de Olavide presenta el caso del libertino que es contumaz en el error y que acaba destruido. Tal es el marqués que aparece en el relato titulado Marcelo o los peligros de la corte, el cual recoge un insólito conflicto amoroso resuelto con las luces de la razón. El relato está centrado en un honesto matrimonio, de excelente educación, moderado en sus aspiraciones y virtuoso en su dorada mediocridad provinciana, que siente la curiosidad de la corte y el deseo de admirar los paseos, las comedias, las fiestas y la ostentación de la riqueza. En Madrid conocen a un perfecto hombre de mundo, el marqués de Dombal, que con la colaboración de una calculadora mujer perversa pretende pervertirlos y extorsionarlos. Enmascarados en el desorden y la confusión de la ciudad pululan estos malvados que aprovechan la bisoñez, la ingenuidad y la buena fe de los visitantes para atraparlos en las redes del vicio y del saqueo. En la sencillez de la vida campesina rápidamente quedarían descubiertos, pero en el biotopo de la corte encuentran su hábitat idóneo: escondidos entre sus rincones se multiplica la seducción, las maquinaciones y la perversión de jugadores tramposos, rateros, meretrices y aprovechados.
Atento a los progresos de la filosofía dieciochesca, Olavide ejemplifica con el marqués de Dombal a los nuevos defensores de las doctrinas modernas. El narrador lo presenta perfectamente cuando afirma que «No conocía otro dios que el placer, y miraba como errores del vulgo las verdades más respetables» [19]. En un relato, a primera vista tan intranscendente, se incluyen perfectamente condensadas las principales ideas de la filosofía sensualista de John Locke y del materialismo hedonista y libertino del Barón de Holbach. La instrucción del marqués de Dombal sobre el ingenuo Marcelo recalca la idea de que «… los sentidos son los únicos intérpretes, los fieles ministros de la naturaleza» [20]. Y sobre esta premisa, arguye toda una teoría sobre el placer [21]:
… el placer, amigo mío, es el único móvil, y el alma universal de todo lo que existe. Echad la vista sobre esa inmensa cantidad de criaturas que viven, se animan y nos circundan. ¿Qué es lo que las agita, las atrae y las junta? El placer. Es verdad que en el mundo nadie lo dice, que todos se ponen una máscara que se llama decencia; pero con este salvoconducto cada cual lo busca, y con aire de cumplir lo que el mundo exige, todos satisfacen en secreto lo que piden los sentidos. Esta es la marcha general a la reserva de pocos fanáticos o estólidos.
Al final, sólo la inquebrantable firmeza de Martina logra quitar la venda de los ojos a su marido para evidenciar la maldad de tan peligrosas amistades. La inocente mujer es cruelmente envenenada por parte de los malvados, que quieren cambiar el destino de una cuantiosa herencia en las Indias. Sin embargo, gracias a la información de una criada se impide el asesinato y el marido, consciente de que ha traicionado sus promesas de fidelidad, solicita el perdón y la reconciliación amorosa. Ante sus agresores, Marcelo no reacciona con el lenguaje de la fanfarronería, las pistolas y los duelos; él quiere un proceso en toda regla, con denuncias, pruebas, testigos y jueces, para que el rigor de la justicia decida lo que merecen. Finalmente la magnanimidad de Martina logra que su marido perdone a los abyectos tramposos. Ahora sí comienza una nueva vida de este «hombre de bien a todas luces» [22], buen marido y padre, y ejemplar ciudadano que utiliza sus caudales en procurar obras benéficas para los infelices y necesitados. Por otra parte, la perversa Cipriana cae en la miseria y muere en un hospital, devorada por los dolores y los remordimientos. El marqués de Dombal, que no podía sufrir el desprecio de la corte, se ve obligado a expatriarse y sus nuevos delitos le conducen al suplicio.
En la suerte de los libertinos finiseculares encontramos resumido el renovado pensamiento de Pablo de Olavide. El Filósofo del Evangelio en triunfo reconoce su error, asume interiormente los dogmas y principios del credo y pone en marcha un proceso de religiosidad ilustrada. El libertino marqués de Dombal es testarudo en el error y sólo consigue su autodestrucción; él ejemplifica el sinsentido de la filosofía materialista, incapaz de conducir al hombre a un proyecto de felicidad terrena.
Quizá esta doble suerte de los libertinos pueda interpretarse como vuelta consoladora al cobijo de la Iglesia católica ante la evidencia de la vejez y la proximidad de la muerte; como un retorno contrito al seno de la Iglesia en que el antiguo listón volteriano de la crítica ha sido rebajado para refugiarse en la idea de la indestructibilidad de la vida. Pero también es posible interpretar estos relatos como indicación de un cristianismo evangélico que está más pendiente de la caridad que de las intransigencias inquisitoriales, pues el razonamiento y la discusión sobre los dogmas y misterios no se queda en un espiritualismo huidizo sino que intenta articular un trayecto ético coherente y acorde con el programa reformista. He aquí una de las cuestiones principales que plantea la lectura de las últimas obras de Pablo de Olavide: ¿se trata de un antiguo pionero filosófico metido en penitenciales tareas de apología de la religión o es un último esfuerzo por hacer compatibles las ideas de la fe con el pensamiento ilustrado? En mi opinión, la trayectoria biográfica, el testimonio de sus amigos (especialmente el de Dufort de Cheverny) y la propia obra literaria confirman el deseo de llegar al fondo de la cuestión desde una óptica de sinceridad. Por tanto, en la etapa de juventud, este hombre abierto al mundo explora en las arenas movedizas del materialismo y del pensamiento éclairée, pero sentimentalmente regresa a tierra firme en los días finales, para buscar una vía conciliatoria entre el espíritu crítico de la filosofía con los principios evangélicos de la caridad y de la transformación de la historia.
En todo caso, no se le podrá negar a Pablo de Olavide su particular actualización en las letras españolas de la figura del libertino. Se podrá objetar su insistencia moral, pero no se le podrá negar un temprano esfuerzo narrativo por describir la naturaleza humana en su compleja realidad contemporánea, reflejando los intereses de estos filósofos materialistas, libertinos pertinaces, mujeres perversas y hombres degradados. Novelitas morales que son perfectos apuntes fotográficos de los nuevos héroes y costumbres de una sociedad en tránsito.
[1] MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles (1880-82), Madrid, BAC, 1955, 2 vols., II, 492.
[2] Defourneaux, Marcelin, Pablo de Olavide, ou l’Afrancesado (1725-1803), París, Presses Universitaires de France, 1959; traducción española de Manuel Martínez Camaró, México, editorial Renacimiento, 1965; Sevilla, Padilla Libros y Productora Andaluza de Programas, 1990. Otro de sus estudios contiene abundante información sobre las novelas francesas que se prohibieron en España; Inquisición y censura de libros en la España del siglo XVIII, Madrid, Taurus, 1973. De la segunda remesa de libros sabemos que fue enviada en veintinueve cajones y que contenía más de dos mil cuatrocientos libros, todos franceses y muchos de reprobada doctrina.
[3] María de Silva, nacida en 1740 y ya viuda del duque de Huéscar, era una mujer culta, versada en la literatura francesa y pintora de talento. Años más tarde, su hija María Teresa Cayetana de Silva, duquesa de Alba, será la famosa maja de Goya. Vid. MARTÍN GAITE, Carmen, Usos amorosos del dieciocho en España (1972), Barcelona, Lumen, 1981.
[4] COLOMA, Luis, El Marqués de Mora, Madrid, 3ª ed., 1914, p. 82.
[5] Ibid., p. 85.
[6] Apud. Defourneaux, Marcelin, Pablo de Olavide..., p. 394.
[7] La etapa sevillana de Pablo de Olavide ha sido ampliamente estudiada por AGUILAR PIÑAL, Francisco, La Sevilla de Olavide, 1767-1778, Sevilla, Ayuntamiento, 1966; La universidad de Sevilla en el siglo XVIII. Estudio sobre la primera reforma universitaria moderna, Madrid, Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1969; Sevilla y el teatro en el siglo XVIII, Oviedo, Cátedra Feijoo, 1974; “Una sátira sevillana contra Olavide. La Vida de Don Guindo Cerezo”, Archivo Hispalense, 71 (1988), pp. 141-162.
[8] El siglo ilustrado o vida de Don Guindo de la Ojarasca, nacido y educado, ilustrado y muerto según las luces del presente siglo —dado a luz para seguro modelo de las costumbres por D. Justo Vera de la Ventosa— año de 1777.
[9] Defourneaux, Marcelin, Pablo de Olavide..., p. 182.
[10] La red de espionaje destinada a interceptar la correspondencia de Fray Romualdo de Friburgo le ha hecho conocer las quejas del capuchino ante la Inquisición. El 7 de febrero de 1776 Pablo de Olavide le dirige al ministro de Justicia Manuel Roda una angustiosa carta que no puede leerse —afirma el historiador Ferrer del Río— sin que se oprima el corazón. Pablo de Olavide sabe que el Santo Oficio está presto a lanzarle el zarpazo, pero él no quiere huir porque se considera inocente. Reconoce que frecuentemente ha discutido sobre religión, pero sin ánimo ofensivo. «Cargado de muchos desórdenes de juventud, de que pido a Dios perdón, no me hallo ninguno contra la religión», sostiene firmemente. Aunque es consciente de que este examen de su conducta dejará una huella de infamia en él y en su familia, confía en su inocencia y su talento: «Yo no me sustraeré al castigo si lo merezco; pero quiero ser oído, y si puedo, como creo, convencer en una sesión tanto mi inocencia como la malicia de mi delator, quiero que se corte y aniquile una causa que ella sola me deshonra para siempre». Vid. FERRER DEL RÍO, Antonio, Historia del reinado de Carlos III en España, Madrid, 1856, III, pp. 47-51.
[11] Aunque no sea propiamente una novela, El Evangelio en triunfo explora en el terreno de la ficción narrativa epistolar. Vid. Dufour, Gérard, “Elementos novelescos de El Evangelio en triunfo de Olavide”, Anales de Literatura Española, 11 (1995), pp. 107-115.
[12] En el caso del Evangelio en triunfo, Marcelin Defourneaux advirtió que Pablo de Olavide toma la historia, los personajes y el formato epistolar de Les délices de la religión (1788) de Lamourette. El relato (o lectura) titulado Marcelo o los peligros de la corte está basado en Germeuil de Baculard d’Arnaud. Vid. ALONSO SEOANE, M. José, “Olavide, adaptador de novelas: una versión desconocidad de Germeuil, de Baculard d’Arnaud”, Actas del X Congreso de la AIH, II (1992), pp. 1157-1166, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias.
[13] Evangelio en triunfo, Valencia, 1797-98, III, p. 366
[14] Ibid., I, p. 1.
[15] Ibid., I, p. 7.
[16] Ibid., I, p. 30.
[17] Ibid., I, pp. 30-31.
[18] La nómina de estudios es amplia, pero cabe seleccionar los siguientes trabajos: ALONSO SEOANE, M. José, “La obra narrativa de Pablo de Olavide, nuevo planteamiento para su estudio”, Axerquia, 11 (1984), pp. 11-49; “Las novelas de Olavide, en Las Nuevas Poblaciones de Carlos III en Sierra Morena y Andalucía. Actas del I Congreso Histórico de La Carolina, Córdoba, Universidad, 1985, pp. 363-372; “Los autores de tres novelas de Olavide”, en IV Jornadas de Andalucía y América en el siglo XVIII, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1985, II, pp. 1-22; “Algunos aspectos de las ideas ilustradas de Olavide en las Lecturas útiles y entretenidas”, Alfinge, 4 (1986), pp. 215-228.
[19] NÚÑEZ, Estuardo, ed., Pablo de Olavide, Obras narrativas desconocidas, Lima, Biblioteca Nacional de Perú, 1971, p. 94.
[20] Ibid. p. 95.
[21] Ibid. p. 95
[22] Ibid. p. 119