Dentro de toda la idea de “Progreso” que el fenómeno de la Ilustración llevaba consigo estaba como condicionante básico el concepto de regeneración social por vía cultural, dentro de la cual a su vez la arquitectura y las artes plásticas estaban llamadas a jugar un papel fundamental en tanto en cuanto que vehículos en los que se podían asentar las bases del “Buen Gusto”, en contraposición a la depravación estética que para los ilustrados suponía el barroco castizo, nacional, identificado con los Churriguera y Pedro de Ribera, y bautizado con el calificativo de “churrigueresco”. En la furibunda campaña emprendida contra esta manifestación que llenaba las calles y los interiores de los templos, con auténtica obsesión por limpiar, barrer, la excrecencia del ornamento barroco se libraba una batalla que iba más allá de la mera confrontación estética para alcanzar una finalidad de renovación mental que a su vez transformara el comportamiento social y un impulso económico con las modificaciones que en la técnica y organización del trabajo supondría las pautas de ese nuevo arte en el que se depositaban muchas esperanzas de “desterrar las tinieblas del mal gusto”, como comentaba el abate Ponz en su Viage de España a propósito de una visita a la catedral de Jaén.
Los instrumentos para realizar ese objetivo eran de varios tipos: conceptuales, institucionales, organizativos, técnicos...Dirigidos, fiel al principio del Despotismo Ilustrado, desde la cúspide del poder, el monarca, y la institución creada ad hoc para esta finalidad: La Academia de Bellas Artes. Un monarca, Carlos III, venido de Nápoles en 1759 en cuyos dominios se habían descubierto las más importantes huellas del mundo antiguo, Herculano, lugar de culto para toda la Ilustración europea, y se había construido una de las mejores residencias modernas del poder absoluta, el Palacio de Caserta. De ambas se sentía responsable y con ellas se puede decir que era un prototipo de rey arquitecto. Con este marchamo es recibido en Madrid, ciudad que será objeto primordial en la consecución de la nueva imagen que se quiere llevar a todos los rincones del pais...”La encontré de ladrillo y la dejé de mármol”, se convertiría en un tópico puesto en su boca por los hombres de la Academia, para aludir a la transformación de la capital de la nación.
La Academia de Bellas Artes de San Fernando, aunque creada con anterioridad en 1752, bajo Fernando VI, tomará todo su auge y el papel director de la política cultural de Las Luces con Carlos III. Su misión formativa por medio de sus profesores de arquitectura y de artes plásticas y el control paulatino sobre la actividad artística, en franca confrontación con la vieja organización gremial de las artes entendidas como artes mecánicas, iban a conducir a la reconversión de muchos artistas y artífices, amén de los que se iniciaban, a los principios estéticos allí difundidos y a la condición de académicos como sinónimo de autoridad y de privilegios materiales, como era la equiparación al status social de los hijosdalgos. La institución académica se extendió fuera de Madrid, creándose en diversas capitales de provincia peninsulares y de América: Valencia(1768), Zaragoza(1792), México(1784), Buenos Aires(1799)...Siempre sujetas en su normativa y funcionamiento a la de Madrid.
Además de las Academias otros centros vendrían en apoyo de la formación artística: Las Sociedades Económicas de Amigos del País, extendidas por toda la geografía, y en cuyo seno se creará las escuelas de dibujo, tal y como recomendara el ministro Campomanes en su Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774). En otras ciudades fueron los Consulados o incluso la iniciativa particular de la nobleza y del clero.
La enseñanza del dibujo tiene toda la relevancia en el programa de la Ilustración. “El alma de las Artes”, como se decía de él. Esta apreciación no era nueva, pues es consustancial a todos los clasicismos y la Ilustración, hemos de decirlo, optó abiertamente por el valor universal de lo clásico. El concepto de belleza clásico estriba en la concordancia o proporción entre las partes que forman el todo, el principio de simetría establecido por Vitruvio en su Tratado de Arquitectura. Lo primero será conocer el todo, que se muestra siempre finito, es decir, limitado y por tanto definir los límites es el paso fundamental a la hora de determinar una forma. Esto es lo que hace el dibujo, delinear el conjunto aislándolo de otro conjunto, de otra forma y después acomodar internamente sus parte en proporción. Delinear, delimitar, es un proceso ideal, de abstracción; racional e intelectual en suma. Instrumento idóneo, en consecuencia para la Razón.
De un lado, el dibujo venía a satisfacer , o mejor, era el instrumento perfecto para poder plasmar ese “Bello Ideal” perseguido por la teoría estética de la Ilustración y que no podía encontrarse en la simple copia del natural por muy perfecta y sabia que la Naturaleza fuera, sino que precisamente por la suprema perfección de ésta sus reglas permanecen ocultas y hay que abstraerlas, algo que sólo los antiguos, y particularmente los griegos habían sabido hacer. De ahí que la Ilustración abrazara el Neoclasicismo como estilo, no simple vuelta o copia del arte de la Antigüedad, sino de reflexión sobre una belleza que se apoyaba en la Razón, Naturaleza e Historia. De la arquitectura a la pintura, pasando por la escultura y todas las artes decorativas o aplicadas, todas fueron fieles al valor del dibujo puesto al servicio de este principio de belleza ideal, que por ese triple apoyo que llevaba se convierte también en un valor ético de forma indisoluble
Aunque todas las artes compartan esta fidelidad estilística bajo la Ilustración, con las pertinentes excepciones, la arquitectura tuvo especial relieve sobre las demás. Esto es comprensible por el marcado carácter de utilidad que le caracteriza. Ella va a proporcionar las construcciones necesarias para una sociedad en progreso dando origen a nuevas o renovadas tipologías: Hospitales, Fábricas, Cárceles, Centros de Enseñanza etc... que a su vez serán el escenario de la ciudad, realidad última en la que se desarrolla la vida colectiva y con la que colonizan territorios aún silvestres. Ahí está el fenómeno colonizador de Sierra Morena o la continuidad y modernización de la colonización en América, sin olvidar la importancia de los puertos y ciudades marítimas surgidas al amparo de la Marina (El Ferrol; San Fernando, Cartagena). Un campo en el que arquitectura e ingeniería de dan la mano, una vez más en el común campo del dibujo, que como diseño serializado tendrá asimismo su aplicación a todo tipo de manufactura: Vidrio, cerámica, tapices, mobiliario serán susceptibles de convertirse en productos artísticos industrializados a través de las Reales Fábricas.
Será en la arquitectura y en el curso de los cincuenta años de la segunda mitad del siglo XVIII como mejor podrá verse el proceso, primero de ruptura violenta, de limpieza del barroco castizo, sustituido por una arquitectura curiosamente barroca, pero de un barroco “clasicista”, romano, propiciado por arquitectos italianos y españoles. Una segunda etapa de descubrimiento de las mejores páginas de la historia de la arquitectura española: El Escorial, pero también de todo tipo de antigüedades, clásicas y medievales, para finalmente llegar a una arquitectura plenamente racionalista, equiparable en los casos más conspicuos a la más innovadora arquitectura francesa surgida en torno a la Revolución, a la par que un pensamiento teórico acerca de la arquitectura y de la ciudad.
Evidentemente los resultados no fueron parejos a los ideales y a la
planificación. La resistencia a lo barroco fue más fuerte de lo que se puede
creer, quizás en palmaria demostración de la urgencia de modernización que
acusaban los ilustrados. Tampoco faltó algún artista excepcional, como Goya,
que desde su singularidad crítica superó las normas codificadas de un
“Neoclasicismo”, que nunca fue tan “frío” y elemental como su apariencia puede suponer, sino en todo caso con la
“flema” externa que sigue a un fuego intenso previo, como gustaba referir
Winckelman, el mayor teórico de lo Antiguo en el s. XVIII, acerca del proceso creador en el artista.