UN EJEMPLO SINGULAR DE LA ESTÉTICA ILUSTRADA: LOS DIBUJOS BOTÁNICOS DE LA COLECCIÓN MUTIS
José Luis Villarejo Aguilar
Resumen.
En el programa de reformas emprendido por los borbones para intentar superar el atraso general en el que los últimos reyes de la Casa de Austria habían sumido al país, al arte en general, y al dibujo en particular, se le atribuyó la
tarea de servir de ejemplo ético y estético para elevar los valores morales y el conocimiento científico al mismo tiempo. Otro de los pilares de las reformas emprendidas por la nueva dinastía sería la conformación de expediciones científicas, con
las cuales se pretendía racionalizar la explotación de las propiedades españolas ultramarinas. En estas empresas, la participación de pintores y dibujantes era obligada, convirtiéndose en piezas imprescindibles en el engranaje del aparato científico, ya que el dibujo es en ese momento la única
forma de plasmar los productos de la naturaleza, aunque solo fuese para fijar unas imágenes, formas y colores en gran parte perecederos. Como producto de esta colaboración han llegado hasta nosotros varias colecciones de magníficas ilustraciones -en su mayoría de plantas- entre las que destaca
sobremanera la elaborada en la Real Expedición del Nuevo Reino de Granada. Su singularidad no solo estriba en el número y la procedencia de los artistas que la crearon, sino también y muy especialmente, en la original técnica que desarrollaron y
el particular estilo que lograron imprimir al conjunto.
Introducción.
Por los mismos años en que el caballero peruano Pablo de Olavide, se encuentra dirigiendo los trabajos de colonización de nuestra Sierra Morena, otros destacados personajes peninsulares llevan los principios e ideales ilustrados a
tierras americanas. Es esta una época inquieta; las ideas y los postulados científicos que parten de Europa, regresan de las colonias con nuevas connotaciones, después de haber dejado en ciertas capas de la sociedad criolla un poso de inconformismo que no tardará en convertirse en ansias de
emancipación.
No son pocos los estudiosos del periodo ilustrado que han destacado los proyectos expedicionarios españoles como la parte más brillante y única faceta realmente equiparable de la ilustración española, a los logros de este movimiento
en el resto de la Europa ilustrada. La política, la ciencia y el arte se unen en estas empresas con el objetivo declarado de hacer avanzar el conocimiento científico necesario para racionalizar la explotación del medio natural y de esta manera mejorar
las condiciones de vida de la humanidad. Es en la gestación y desarrollo de las mismas, donde el carácter universalista que caracteriza a este movimiento se pone de manifiesto, tanto en las propias ideas que los generan como en la actitud y trayectorias vitales de sus protagonistas.
Las reformas imprescindibles para situar a España en la órbita de las potencias europeas del momento, debían comenzar por la puesta al día de los conocimientos científicos necesarios que permitiesen aumentar el rendimiento de los campos y las industrias de todos los territorios
pertenecientes a la corona española. Sin embargo, esta labor no iba a resultar nada fácil, ya que gran parte de los postulados científicos y los cambios sociales necesarios para las tareas de modernización del país, chocaban frontalmente con el pensamiento y los intereses tradicionales de la
nobleza y el clero. Es por esto, por lo que las distintas soluciones ideadas por los ilustrados españoles para intentar solventar las contradicciones y paradojas surgidas de este conflicto, se convertirán en las notas distintivas del movimiento
ilustrado en nuestro país.
La Ilustración y la explotación de los territorios ultramarinos.
Conforme España va abriendo sus fronteras, los ilustrados peninsulares pueden comprobar la enorme ventaja de algunos países europeos en materia de investigación y aprovechamiento del mundo natural de las colonias. En el
siglo XVII, las potencias europeas se habían lanzado a la exploración de los territorios ultramarinos; las grandes empresas exploradoras financiadas por Francia, Inglaterra y Holanda, se convirtieron en este siglo en los motores de sus respectivas economías. A mediados del siglo XVIII, resulta
paradójico que el país que posee mas territorios en el Nuevo Continente, sea el que menos beneficios obtiene de sus posesiones. Esta circunstancia, además de privar al país de unos ingresos vitales para su desarrollo, supone una situación vergonzante para la que dos siglos atrás había sido la
nación más poderosa de Europa.
Los iniciales viajeros-aventureros que recorrían las tierras exóticas recogiendo toda clase de curiosidades y materiales naturales de manera poco sistemática, para abastecer las vitrinas y gabinetes de reyes y eruditos, habían dejado paso, en la segunda mitad del Siglo XVII, a
profesionales bien preparados dedicados a explorar sistemáticamente territorios de Asia, África, América del norte y multitud de islas de todos los mares conocidos, e incluso, habían hecho algunas incursiones en las posesiones españolas insulares y continentales.
En España, la nueva dinastía reinante se apresta a recuperar el tiempo perdido. Felipe V, integra en su programa reformador, una serie de actuaciones encaminadas a desarrollar las ciencias y
tecnologías necesarias para un mejor aprovechamiento de los recursos de las colonias. Para este fin, se requirieron los servicios de algunos científicos y naturalistas extranjeros, ya que el país no contaba con
el personal ni con la infraestructura necesarios para conformar expediciones a imitación de sus adversarios europeos.
La élite intelectual que pretende la implantación de las ideas iluministas, confía la ejecución de sus postulados al soberano. Esta será la función del Despotismo Ilustrado. Con esta nueva fórmula, el primer
Borbón marca el camino para la modernización del país, que continuará su sucesor, Fernando VI, y alcanzará la madurez con Carlos III. Con este último monarca, las ciencias y las artes ilustradas, férreamente dirigidas desde el poder, conseguirán su grado máximo de esplendor. No obstante,
los apoyos gubernamentales para con la ciencia y el arte, estuvieron condicionados al beneficio político más que al propio interés de ambos campos. Es bajo esta perspectiva donde los esfuerzos realizados y los avances conseguidos - y los no conseguidos
- adquieren su verdadera significación. La conciencia de atraso general, y el desprestigio que esto suponía con respecto al resto de las potencias europeas, fue el motor que impulsó la mayor parte de las empresas promovidas por la monarquía en la
segunda mitad del siglo XVIII.
El desarrollo científico imprescindible - dado el inmovilismo del sector universitario - hubo de gestarse necesariamente en los centros de nuevo cuño ligados al ejercito. La tendencia a vincular las nuevas
instituciones al ejercito, comenzada por el primero de los Borbones y continuada por sus sucesores, favoreció en un primer momento los intereses de la monarquía, al permitir la rápida implantación y el control directo de los establecimientos científicos
ilustrados, pero terminaría convirtiéndose en un corsé para la propia ciencia. El autoritarismo y la rigidez propias del ámbito castrense, desvirtuaron no pocos proyectos e iniciativas que tuvieron la poca fortuna de no concordar con los intereses de la clase militar.
Así las cosas, las expediciones, viajes y comisiones científicas españolas que con diversos fines y motivos se sucedieron - en su mayoría - a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, nacerían
ligadas de una u otra manera, a las distintas instituciones militares, bien por la heterogeneidad de los fines de gran parte de las expediciones, que muchas veces contemplaban entre sus objetivos los
relacionados con el control o la defensa del territorio, o bien porque gran parte del personal científico se había formado en instituciones militares. A esto habría que añadir, claro está, que para los desplazamientos expedicionarios, era necesario recurrir, en la mayoría de las ocasiones, a
los barcos de la Armada y los servicios de intendencia militares.
Además del personal científico, las expediciones debían contar entre sus miembros con artistas capaces de representar todo aquello que los científicos considerasen de interés.
La nueva ciencia proclama la observación directa y detallada de la realidad como único método de desvelar los secretos naturales, ya no son aceptables las descripciones vagas, exóticas o alegóricas; solo el dibujo preciso y exacto es capaz de captar con la suficiente
minuciosidad y fiabilidad la multitud de seres y objetos que pueblan la tierra. Más aún, siguiendo esta filosofía, al acabar el siglo, los nuevos postulados científicos ya no admitirán la sola plasmación de los productos naturales, por muy fielmente representados que aparezcan, si no va
acompañada del estudio analítico de los mismos.
Este siglo ha sido definido por algunos autores como el siglo de oro de la botánica española. De la importancia que al dibujo botánico se le otorgaba en este momento, nos da una idea el hecho de que el plan de estudios botánicos que impartía el Real Jardín Botánico de Madrid, contemplaba la asistencia de los alumnos a las clases de dibujo de la Academia de San Fernando como parte importante de su formación. Todas las disciplinas artísticas de la España de la segunda mitad del
siglo XVIII están íntimamente ligadas a las renovadas academias, por lo que gran parte de los dibujantes que acompañaron a las expediciones científicas salieron de entre los alumnos formados en ellas.
En la segunda mitad del “Siglo de la Razón”, la Academia de San Fernando de Madrid se constituye en una institución dirigida contra los antiguos gremios de artesanos,
rígidamente controlada por la burocracia real y por la nobleza, y con una estética única y muy reglamentada. La inclusión de las distintas actividades que entraron a formar parte de la nueva academia ilustrada, tenían al dibujo como nexo común;
junto con la pintura, la escultura y la arquitectura, un número considerable de oficios, además de la ingeniería, compartían la enseñanza del dibujo en los diferentes niveles en los que esta se había dividido. La importancia dada al dibujo como enseñanza fundamental y base imprescindible para
todas las artes y todos los oficios comprendidos en la institución, es puesta de manifiesto desde la redacción de los estatutos y remarcada en muchos de los discursos académicos, donde se le califica de herramienta indispensable en todas las ciencias.
Entre 1735 y el comienzo de la Guerra de la Independencia, la corona española promovió más de sesenta empresas con el propósito general de avanzar en el conocimiento científico para mayor gloria y
progreso de la nación; diez de ellas tuvieron como principal finalidad investigar el campo de la historia natural, y de estas, seis estuvieron dedicadas fundamentalmente a la disciplina botánica. Conviene aclarar que como historia natural, se entendía en el siglo XVIII la ciencia que describía y
clasificaba los objetos de los tres reinos naturales: animal, vegetal y mineral, pero también, otros campos y objetos que se englobaban bajo el epígrafe de curiosidades, entre los que se incluían disciplinas que actualmente disfrutan de nombre y
tradición propios, como la arqueología, la etnografía o la antropología. Las distintas expediciones, aun respondiendo a este mismo planteamiento de partida, fueron muy dispares en cuanto a su concepción, organización, campo de actuación, desarrollo, resultados y aprovechamiento de los mismos.
En orden cronológico, las expediciones de carácter eminentemente botánico fueron las siguientes:
Fecha
|
Nombre
|
Reinado
|
Lugar
|
|
|
|
|
|
|
1754 - 1756 |
Loefling |
Felipe V |
Cumaná (Venezuela) |
|
1777 - 1787 |
Ruiz - Pavón |
Carlos III |
Perú - Chile |
|
1783 - 1810 |
Mutis |
Carlos III |
Nueva Granada (Colombia) |
|
1785 - 1798 |
Cuéllar |
Carlos III |
Filipinas |
|
1787 - 1797 |
Sessé - Mociño |
Carlos III |
Nueva España (México) |
|
1790 - 1793 |
Parra |
Carlos IV |
Cuba |
Como antes apuntábamos, si algo caracteriza estas expediciones es su diversidad, desde su concepción hasta la evaluación de sus resultados, por lo que, incluso dentro de las que se pueden considerar
con una finalidad eminentemente botánica, hubo grandes diferencias y particularidades. El gran auge que la botánica conoció en este siglo, en el que se erigió como la ciencia útil por antonomasia, no consiguió separarla - al menos en lo que a
intereses expedicionarios se refiere - del campo genérico de la historia natural, y aún las seis expediciones citadas, teniendo como principal objetivo el estudio botánico, no dejaron de contemplar en mayor o menor grado, otras disciplinas de la historia natural.
La enorme tarea que supuso la conformación de estas expediciones nunca obtuvo los resultados apetecidos, ya que tan importante proyecto nunca fue planificado globalmente; no se articularon los pasos ni se coordinaron los diferentes
organismos y personajes implicados. La convulsa vida política del momento, el cambio de intereses, la precaria situación económica del país y la desaparición o caída en desgracia de las personas que promovieron y apoyaron dichas empresas fueron otros tantos factores que propiciaron el fracaso
- en términos de rendimiento científico - de las expediciones. No es de extrañar por tanto, que el fruto de estas empresas –colecciones, herbarios, dibujos, escritos, etc. - haya permanecido olvidado e inédito durante muchos años, habiéndose
perdido irremediablemente parte de un material que tantos esfuerzos institucionales y sacrificios personales había costado.
No obstante, no todo fueron pérdidas. Si bien es cierto que los proyectos expedicionarios no rindieron los frutos esperados en su momento, no es menos cierto que se convirtieron en elementos dinamizadores de la cultura de las posesiones
españolas ultramarinas, y que aún si pretenderlo, formaron parte del germen de las grandes transformaciones sociopolíticas que se desarrollarían en estos territorios a principios del siglo XIX.
Este es el caso de la Real Expedición Botánica de Nueva Granada; empresa esta, que llegaría a convertirse en el alma y motor de la capital neogranadina durante el último cuarto del siglo XVIII. Y todo gracias al genio y al tesón de
un ilustre gaditano, que supo encontrar su propia fórmula para compatibilizar los principios ilustrados con sus intereses profesionales y sus convicciones monárquicas tradicionalistas.
Mutis y la Real Expedición Botánica de Nueva Granada.
José Celestino Bruno Mutis y Bosio, nació en la ciudad de Cádiz el 6 de Abril de 1732. En esta fecha, Cádiz es la ciudad más cosmopolita del reino, gracias al monopolio del comercio indiano que
ostenta desde 1720, año en que fue trasladada desde Sevilla la Casa de Contratación. Habitada por comerciantes procedentes de las más importantes ciudades europeas y transitada por viajeros y aventureros de muy diversa procedencia, Cádiz habría de
convertirse hacia mediados de siglo en uno de los principales focos de difusión del copernicanismo, de las teorías newtonianas y en definitiva de las mas avanzadas ideas que la Ilustración había afianzado en las principales naciones del continente europeo.
Examinando la biografía de Mutis, se pone de manifiesto que nos hayamos ante un personaje que encarna como pocos el espíritu de su tiempo; su formación, sus aspiraciones e intereses, las diversas disciplinas que cultivó, las múltiples
tareas que desempeño, las amistades que frecuentó, y hasta sus errores y contradicciones, son un claro exponente del apasionante, y al mismo tiempo difícil, periodo histórico que le tocó vivir. Nacido en el seno de una familia pequeñoburguesa, lucho
desde sus modestos orígenes por hacerse un nombre, ascender en el escalafón social, ganar fortuna y obtener reconocimiento y prestigio explotando su talento y ejerciendo su profesión.
A los 18 años ya se encontraba simultaneando estudios de medicina en Sevilla y de cirugía en Cádiz, consiguiendo
ser una de las primeras personas en obtener el doble título de médico y cirujano, hecho de gran importancia, teniendo en cuenta que en esos momentos, estos dos campos significaban dos posturas distintas y hasta contrapuestas de la manera de entender la medicina; los cirujanos representaban
el ala innovadora, defendiendo la experimentación sistemática y la observación anatómica como métodos para conocer y vencer la enfermedad, en contra del inmovilismo de la medicina tradicional que permanecía anclada en la memorización de los viejos textos galénicos.
En el Colegio de Cirugía de Cádiz, Mutis se inició en el conocimiento de las plantas y sus virtudes medicinales. Dada la importancia que el Colegio concedía a la aplicación medicinal de las
plantas, este contaba con jardín botánico, y su biblioteca disponía de un gran número de libros dedicados a ese tema, donde Mutis pudo adquirir los conocimientos que marcaron su temprano interés por esta rama de la Historia Natural. Terminados sus estudios en Cádiz, Mutis marcha a Madrid para
examinarse y conseguir el título de médico, titulación que obtuvo el día 5 de julio de 1757. Desde esta fecha, y hasta 1760, se establece en la capital del reino donde le es concedida la cátedra de Anatomía del Hospital General, al tiempo que prosigue sus estudios y espera obtener una beca
para viajar al extranjero.
Serán estos, años decisivos para su definitiva vocación botánica; durante tres años asistirá a las clases de la recién creada cátedra pública de botánica del Jardín Botánico del Soto de
Migas Calientes, donde se instruirá en un momento en que la institución se debatía entre el conservadurismo de los partidarios del sistema de clasificación de Tournefort y la modernidad representada por los seguidores del método de Linneo, y donde
conocerá a los más reputados botánicos españoles y a algunos ilustres visitantes extranjeros.
En esos momentos se le ofrece la oportunidad de acompañar al recién nombrado Virrey de Nueva Granada, Pedro Messía de la Cerda, en calidad de medico de cámara. Los motivos por los que Mutis decidió
acompañar al virrey, abandonando las comodidades de la Corte y la posibilidad que se le ofrecía de completar sus estudios en Londres, no han sido aún suficientemente aclarados. Probablemente, en su decisión debió de influir sobremanera, la idea de poder dedicarse al estudio de la naturaleza de
ese enorme territorio, abonada por sus continuas lecturas de los viajeros a América y por el trato que tuvo en el Botánico con naturalistas y viajeros prestigiosos. Estos encuentros reforzarían el creciente interés que Mutis experimentaba por las ciencias naturales; el joven Celestino, consideró
sin duda, que se le brindaba una excelente ocasión para ganar fama y prestigio dedicándose a una actividad que le era especialmente atractiva.
Tomada la decisión, Mutis sale de Madrid con destino a Cádiz el 28 de Julio de 1760. En este viaje desanduvo el arduo camino realizado tres años antes; en su itinerario hubo de atravesar nuevamente los aún despoblados y peligrosos
pasos de Sierra Morena, que unos años más tarde serían colonizados bajo la supervisión del superintendente de las nuevas colonias de Andalucía Pablo de Olavide. Una vez llegado a su Cádiz natal, se unirá a la comitiva de Messía de la Cerda,
embarcando en esta ciudad el 7 de Septiembre. El 31 de Octubre desembarcaron en Cartagena y continuaron camino hacia Santa Fe, llegando a la capital el 24 de Febrero de 1761.
A partir de este momento las actividades emprendidas por el ilustrado gaditano son múltiples, y aunque pronto se daría cuenta de que sus proyectos
naturalistas no iban a ser tan fáciles de realizar como en un principio preveía, nunca los abandonaría; tanto es así, que este viaje que en un principio él había concebido como de ida y vuelta, terminó siendo solo de ida.
Dos años después de su establecimiento en Nueva Granada, Mutis envía a Carlos III un primer memorial en el que solicita el patrocinio real para la conformación de una expedición científica.
La ocasión no debió ser aún propicia, puesto que el memorial no obtuvo respuesta. Mutis esperó un año más y volvió a dirigir al monarca el mismo texto aunque algo reformado. En las alegaciones de ambos documentos están expresadas las inquietudes y anhelos del ilustrado naturalista: la
necesidad de continuar la labor iniciada por anteriores expedicionarios, la preocupación por el atraso de las ciencias las artes y el comercio en España, la urgencia por descubrir y explotar las riquezas naturales de las posesiones españolas antes de que se perdiesen en manos extranjeras, y en
definitiva, la necesidad de ver al país situado a la cabeza de las naciones ilustradas en el estudio y aprovechamiento de los recursos naturales del continente americano.
Las expectativas de Mutis se vieron por fin cumplidas con la llegada del nuevo Virrey-Arzobispo Antonio Caballero y Góngora. Gracias al firme apoyo de este ilustre personaje, Mutis pudo conformar su expedición aún sin el permiso de la corona, refrendo que el propio Virrey conseguiría un año después. La
Real Cédula que sancionaba oficialmente la expedición fue firmada por el Rey Carlos III el 1 de noviembre de 1783, a los 23 años de la llegada de Mutis a América y 20 años después de que el ilustre botánico pusiese su proyecto, por primera vez, a los pies de la Corona.
Para cuando comienza oficialmente la expedición, Mutis ya ha herborizado en varias regiones del nuevo reino y ha remitido parte de sus colecciones a Linneo. Celestino había contactado con el sabio sueco a través de su discípulo el barón
Alströmer, con el que coincidió en Cádiz en los días previos a su embarque. Desde ese mismo año Mutis había iniciado una fructífera relación, en la que el se comprometía a surtir de raros especimenes el gabinete del sueco, y este a cambio, daba a
la luz pública los hallazgos del neogranadino, haciendo sonar su nombre en los círculos eruditos europeos. Cuando Linneo fallece en 1778, Mutis continúa la relación con su hijo primero y con Bergio, uno de sus discípulos, después, al menos hasta 1786 fecha de la última carta conocida de esta
correspondencia.
Arte y ciencia; el perfecto matrimonio colonial.
Con el profundo conocimiento del país y de sus gentes y la experiencia acumulada en dos décadas, Mutis pudo dotar a su proyecto expedicionario de un soporte ideológico y humano adaptado a la realidad neogranadina y a sus propios
intereses, y concretado en la creación de un taller y una escuela de dibujo y pintura. Estas creaciones son sin duda los elementos diferenciadores que encierran las claves de esta particular empresa; ninguna otra expedición de la época –ni española
ni extranjera- contó con instituciones similares, creadas especialmente y con unos objetivos tan concretos.
La escuela fundada con el objetivo declarado de abastecer de mano de obra cualificada al taller expedicionario, llegó a acoger 32 alumnos simultáneamente. Además de dibujo, se enseñaba a los alumnos otras disciplinas básicas, dotándolos
así de una formación a la que no hubiesen podido acceder buena parte de los alumnos que allí asistían, ya que algunos de ellos procedían de familias con escasos recursos económicos.
El taller proporcionó a la Expedición de Nueva Granada el soporte imprescindible sin el cual no hubiese sido posible elaborar un lenguaje propio e investigar y crear la refinada técnica que dio lugar a la magnifica colección de láminas
que actualmente se conserva en el Real jardín Botánico de Madrid. Ya fuesen procedentes de Quito, Popayán, Cartagena, o de la misma capital neogranadina, pasaron por el mismo muchos pintores, dibujantes y aprendices, llegando en sus mejores momentos a contar con veinte artistas trabajando a la
vez. Treinta y tres son los pintores y dibujantes que han dejado su firma estampada en las láminas, de un total de sesenta y tres que han sido identificados entre oficiales, aprendices y alumnos de la escuela de dibujo.
Arte criollo y ciencia europea, pintura americana y botánica linneana; en ninguna otra parte se realizó una unión similar. La botánica ilustrada europea encontró en esta tierra los artífices ideales que consiguieron plasmar las
producciones vegetales locales con un estilo propio, unas formas deudoras en gran parte de las tradiciones artísticas indígenas reelaboradas por la cultura criolla.
Para encontrar otro ejemplo de colaboración equiparable entre un científico europeo y varios artistas americanos, habría que remontarse dos siglos atrás,
a la expedición de Francisco Hernández, médico enviado por Felipe II en 1570 a Nueva España, en lo que fue el primer gran intento de la Corona española por racionalizar la explotación de los productos naturales de los territorios españoles de ultramar. Para la ilustración de sus hallazgos botánicos, zoológicos y minerales, recopilados en diecisiete grandes tomos, Hernández contó con la colaboración de
varios pintores indígenas que produjeron cientos de ilustraciones en un estilo a medio camino entre el arte precolombino y los dibujos europeos de la época. Desgraciadamente los dibujos perecieron, junto con el resto de la obra, en el incendio de El Escorial en 1671, desapareciendo así las
primeras representaciones con carácter científico de la naturaleza americana realizadas por artistas nativos. No obstante, podemos hacernos una idea de lo que debió de ser la magnífica colección de dibujos hernandianos, por las copias directas que se hicieron de algunos de ellos y que se
encuentran en el Códice Pomar.
En las láminas de Mutis, podemos contemplar el producto de un mestizaje único que no ha sido hasta el momento suficientemente valorado, donde las teorías del “Bello Ideal” propugnadas por los estetas ilustrados se materializan.
Salvando las distancias geográficas y temáticas, los pintores botánicos del taller neogranadino, realizaron una síntesis que mantiene un paralelismo con la producción de algunos de los mejores artistas peninsulares, los cuales encontraron su propia fórmula para fusionar el academicismo
clasicista con la tradición y la idiosincrasia nacionales. Los pintores criollos –aún sin pretenderlo- consiguieron para el dibujo botánico, lo que solo los más destacados artistas de este periodo lograron para la pintura, la escultura o la arquitectura: abstraer
las formas, desnudándolas de elementos superfluos o perturbadores para plasmar solo la esencia. Esto es debido, a que algunos de los rasgos característicos del arte colonial barroco heredados del arte prehispánico, como la tendencia a simplificar y estilizar las formas, junto con la capacidad
para combinar elementos provenientes de culturas y lenguajes distintos, casaron bien con los requerimientos de la ciencia botánica del momento y también con el concepto de belleza neoclásico.
Los conceptos de proporción, simetría, orden estructural, claridad representativa y armonía de las partes con relación al conjunto
propugnados por los estetas ilustrados, encontraron en los delicados y exquisitos dibujos iluminados del taller de la expedición neogranadina su más firme expresión. Según los postulados academicistas, uno de los principales fines de las bellas artes consiste en servir de ejemplo - ético y estético
- para el perfeccionamiento de las mecánicas; resulta ciertamente paradójico, que sea precisamente en la obra de artistas que no provenían de los círculos académicos, donde se encuentren algunos de los mejores exponentes de estos principios.
Evidentemente, al igual que sucedió en las “artes mayores”, no toda la producción del taller neogranadino refleja los rasgos específicos de la estética ilustrada con la misma nitidez, con más razón aquí si cabe, dado el elevado
número de artistas que intervinieron, la diversa procedencia de los mismos y el dilatado periodo de producción. No obstante, gran parte de los casi 2500 originales coloreados participan de una serie de rasgos exclusivos que nos hacen percibir el conjunto de la obra como uno de los
mejores exponentes de las teorías artísticas ilustradas en el campo de las entonces llamadas “artes mecánicas”.
Para finalizar, y haciendo válido el viejo dicho que reza: “para muestra, un botón”, incluimos reproducciones de varias láminas en las que, a nuestro juicio, se observa con mayor claridad las
características que hemos señalado.
Bibliografía.
ALVAREZ PELAEZ, Raquel. 1987 “La obra de Hernández y su recuperación ilustrada” en La Real Expedición Botánica a Nueva España 1787-1803. CSIC, Madrid.
AMAYA, José Antonio. 1986 Celestino Mutis y la Expedición Botánica. Debate/Itaca, Madrid.
FRÍAS NUÑEZ, Marcelo. 1994 Tras el dorado vegetal: José Celestino Mutis y la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1783-1808) Diputación de Sevilla.
GONZALES, Beatriz y AMAYA, José Antonio. 1996 “Pintores de la Expedición Botánica” en Revista Credencial Historia, Febrero 1996, Bogotá.
GUIRAO DE VIERNA, Ángel. 1987 “Clasificación de las expediciones españolas a América durante el siglo XVIII según su finalidad y disciplina científica” en La Real Expedición botánica a Nueva España 1787-1803. CSIC, Madrid.
HENARES CUELLAR, Ignacio. 1977 La teoría de las Artes Plásticas en España en la segunda mitad del siglo XVIII. Universidad de Granada
HERNANDEZ DE ALBA, Guillermo. 1983 Escritos científicos de D. José Celestino Mutis. Instituto Colombiano de cultura Hispánica, Bogotá.
LÓPEZ PIÑERO, José maría. 1991 “El Códice Pomar (ca. 1590): El interés de Felipe II por la Historia Natural y la Expedición de Hernández a América” en Cuadernos Valencianos de Historia de la Medicina y de la Ciencia.
Instituto de Estudios Documentales sobre la Ciencia, Valencia.
MARTINEZ SHAW, Carlos. 1996 “El Siglo de las Luces: Las bases intelectuales del reformismo” en Historia de España nº 19, historia 16 temas de hoy.
PUERTO SARMIENTO, Francisco Javier. 1988 La ilusión quebrada. Botánica, Sanidad y Política científica en la España Ilustrada. Serval/CSIC, Madrid.
SOTOS SERRANO, Carmen. 1992 “Aspectos artísticos de la Real Expedición Botánica de Nueva Granada” en Mutis y la Real Expedición Botánica del Nuevo Reyno de Granada (Catálogo exposición celebrada en el Real Jardín Botánico de
Madrid, Tomo I)



